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lunes, octubre 9

El amigo gay

Un restaurante madrileño ha rechazado celebrar el banquete de una boda gay por “política de empresa”. El responsable del local dice que se les admite en el restaurante (también entran las moscas), y que ya el viernes “ha estado comiendo aquí una pareja” (una pareja muy efusiva, porque fue rápidamente detectada). Sin embargo, para alejar el fantasma de la homofobia ha esgrimido este señor un argumento irrebatible: “Tenemos muchos amigos gays”. O los gays eligen muy mal a sus amigos o hay un gay en España contratado por esta gente para brindarles su amistad. En aquella manifestación “en defensa de la familia” que devolvió a España a los años 40 a la gente se le llenaba la boca hablando de sus amigos gays. La frase más repetida era “yo tengo un amigo gay, pero eso no quita para...”. Un chaval incluso presumió de compartir aula con uno: seguro que no le importaba darle la mano cuando era menester. El amigo gay ha dejado de ser amigo para convertirse en una figura literaria: un subterfugio, un escudo de los exterminadores de la convivencia y de los enemigos de la tolerancia que en el fondo conciben al gay como un enfermo: y, además, un enfermo diferente. Es, el gay, el hecho diferencial de la moral de la derecha, que luego no se priva de meterse entre sábanas con el primero que pueden. Han querido revestir los propietarios del restaurante su decisión con la sagrada libertad de criterio. Quiere decirse que pueden negar un banquete de boda gay como impedir el banquete de hombres circundados. Ellos tienen amigos de todo tipo: pueden hacer lo que quieran. También Luis Aragonés defendía su derecho a llamar “negro de mierda” a Henry porque era amigo de Etoo. La misma farsa: la misma impostura. No se fíen del que presume tener un amigo gay en lugar de un amigo a secas: excusatio non petita.

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