David Álvarez, aquí en sus balazos
miércoles, abril 1
Sólo uno
David Álvarez, aquí en sus balazos
miércoles, marzo 25
Todos persiguen algo
–He oído comentar que has hecho una fortuna con tu último libro.
–¿Qué? No les hagas caso –te dicen, a pesar de que todo el mundo sabe la verdad.
De cerca ves que los zapatos están hechos a mano. El dueño ostenta una abundante mata de pelo. Su rostro es enérgico, y su frente, y su larga nariz. El suyo es un rostro doloroso, duro como una piedra. En quien le ha interpelado reconoce a alguien que ha publicado varios relatos. Sólo dispone de un momento para hablar con él.
–El dinero no significa nada –le dice-. Basta con mirarme. No puedo siquiera permitirme un corte de pelo decente.
Habla en serio. No sonríe. Cuando regresó de Londres y le pidieron que respaldara la novela de un joven conocido suyo, contestó: “Dejadle que lo haga tal como lo hice yo. Por sí solo".
–Todos persiguen algo –añadió.
En un relato de Anochecer, de James Salter, citado aquí por Desierto Polaco
martes, marzo 17
Tenga en cuenta que usted sigue vivo
¿Qué hacer cuando ha de escribirse una necrológica?Por Arcadi Espada (Periodismo Práctico. Espasa, 2008)
1. Tenga en cuenta que usted sigue vivo.
2. Evite ponerse, por si acaso, en el lugar del muerto, tipo «a él le habría gustado así».
3. Evite las cartas a tumba abierta, tipo «allá donde estés, amigo, quiero que sepas».
4. Evite convertir una muerte natural en un suicidio, tipo «se fue tan discretamente como había vivido».
5. No espere una mejora de su conducta, tipo aquel necrologista que riñó a su muerto.
6. Sobre todo, no hable de su sonrisa, tipo «nos acompañará siempre».
7. Si siempre ocultó lo que realmente pensaba sobre él, haga ahora un pequeño y postrero esfuerzo.
8. Examine si supone un acto de respeto haber esperado a su muerte, tipo «ahora ya se puede desvelar cómo».
9. No olvide jamás que la necrológica que está escribiendo puede ser lo único vivo que quede de él.
10. Y dado que en algún caso, aunque escaso, el muerto se ha levantado y ha leído, escriba usted siempre con las precauciones del que espera réplica.
domingo, marzo 8
Sin gomina
Suele decir que sus platos favoritos son "las xoubas [sardinillas] fritas y los huevos fritos", aunque siempre que puede acude al restaurante Estrella, del municipio pontevedrés de Bueu, en el que trabaja su amigo Andrés Pérez, percebeiro de mañana y cocinero por las tardes. "Es de buen diente", asegura Pérez, "suele pedir percebes, centollas, arroz con bogavante, rape y lenguado". En verano, con éste y con otros amigos, Feijóo suele pasar unos días en la isla de Ons. (...)
El de Os Peares sigue haciendo alarde de su origen y llama "señoritos" a sus contrincantes. Nunca se arrepentirá lo suficiente de aquella foto, durante los terribles incendios del verano de 2006, que lo mostraba sosteniendo una manguerita vestido de domingo. Combatir su fama de estirado es tarea difícil. Tras una encuesta entre los alcaldes del PP, concluyó que tenía que cambiar de imagen. En la precampaña, el candidato que de niño se lavaba en una palangana se cortó el pelo y abandonó la gomina para siempre".
Silvia R. Pontevedra firma un perfil estupendo de Feijóo, hoy en El País
viernes, febrero 27
Lazkao
Ernst Jünger, citado estupendamente por José Antonio Montano
miércoles, febrero 11
El idioma bilingüe
El Mundo, bilingüismo extremo
sábado, febrero 7
A un lado
Historial de un libro, Luis Cernuda
martes, febrero 3
En la muerte de Atilano, actor
Texto de Mario Iglesias
El cine chico acaba de perder a uno de sus guerrilleros, alguien que había entendido a la perfección un cine que se quiere fundir con la vida para recrearla y contar cosas. Atilano Franco Parada, un hombre cuyo método consistía en colocarse en situación y creerse completamente lo que estaba sucediendo de modo que toda su mente y su cuerpo lo rezumaban por todos los poros. Y ya está, fin del método.
Tenía un amigo, ya fallecido, al que llamaban El Yeti. El nombre venía del apodo de guerra que le había puesto en comisaría la propia policía y que él asumió en cuanto lo conoció. El Yeti era el amo de las tascas de mala muerte, antros, tugurios, noches de calles mojadas bajo farolas macilentas y bajos fondos en general. Acudí a él cuando necesité actores para la historia de la tasca de delincuentes, una de las de la película De bares. El Yeti consiguió unos cuantos personajes que eran del color de las paredes donde se desarrollaba la acción: la tasca El Cisne, especialidad vinos de pasa, galletas revenidas y packs de papel albal, limón y agua mineral, el complemento perfecto para la jornada de un yonki.
Me dejé llevar por la aventura de aquel reclutamiento, librando a la Providencia el pequeño detalle de que lo que allí se simulase suceder debería resultar perfectamente creíble. Pero faltaba el personaje central del drama, el hampón de pulso templado y rostro impasible que llevaría el baile que el esforzado e inocente protagonista debería bailar en la historia. El Yeti me llevó a la Verdura, en plena zona antigua de Pontevedra, y allí me presentó a Atilano. No daba crédito a mi buena fortuna al ver aquel rostro de rasgos duros y gesto de no andarse con coñas. Era perfecto, quedamos directamente para el día del rodaje. Seguía la técnica de que los actores, más si se trataba de actores naturales, no tuvieran guión ninguno antes del momento del rodaje, que llevaríamos acabo planteando las situaciones con sus giros y una improvisación controlada por parte de ellos.
En el set de rodaje (la tasca Ríos), estábamos apenas las personas justas. No tenía ni idea de lo que iba a suceder, sencillamente tiré para adelante y ya iríamos corrigiendo sobre la marcha. Poco había que corregir: de repente se desató delante de mí un torrente interpretativo que me dejó desbordado. Todos habían entrado sin ningún problema en ambiente y situación, pero Atilano, que tenía que llevar la iniciativa, estaba impresionante, era pura naturalidad, toda la fuerza arrolladora de su personalidad estaba intacta jugando al rol del tipo duro que se las hacía pasar al pobre infeliz salido de una galaxia diferente.
En una segunda parte de la historia, Rosa Álvarez hacía de yonki talludita en pleno síndrome de abstinencia que se mete un pico por la vena y queda con tremendo cuelgue en una charla ida con el infeliz en cuestión (personaje estupendamente llevado por Secho Torres). Rosa nunca había interpretado a una yonki y le faltaba información para construir su personaje; para nuestro asombro, Atilano (que ya para entonces se había apuntado a seguir de cerca toda la aventura del rodaje), tuvo a bien ilustrarnos sobre los detalles. Comenzó a sujetarse el cuerpo con unos temblores como de frío, el rostro demudado, convulsiones angustiosas y los ojos tan desencajados que ganas nos dieron de llamar a una ambulancia: delante de nuestros ojos estaba un yonki en lo peor del mono. Acto seguido, sus ojos se entrecerraron y su expresión se desprendió de todo rastro de contacto con el mundo que le rodeaba, las mejillas le pendían fláccidas y las palabras se arrastraban perezosas, como en lo más enajenado de un subidón de heroína. Estábamos pasmados. Rosa Álvarez tomó buena nota e interpretó a una colgada en los dos estados extremos, del mono al subidón, que le valió el Mestre Mateo a la mejor actriz secundaria por un papel de apenas un par de minutos.
A partir de entonces lo tuve claro: siempre que pudiese, trabajaría con Atilano. Y así fue: de cinco largometrajes que hice, en tres actúa Atilano; uno de ellos, Cartas Italianas, como protagonista, e incluso en un cuarto, Relatos, no pude resistirme a que su rostro asomase y, como si de una premonición se tratase, aparece como la foto de un difunto. En todos llevó el personaje más allá de lo que estaba planteado sobre el papel, aportó ideas y creó en el momento del rodaje magníficas interpretaciones que hacían absolutamente creíble la historia.
Nuestra relación, como puede imaginarse, se tornó en una relación de amistad y pude ir conociéndole como persona.
Su pasado fue duro y turbulento, valga la frase novelesca, y repetidos accidentes dieron al traste con lo que él mismo calificaba como una mala vida. Su pierna quedó tan destrozada que tuvo que guardar cama por espacio de años. Es curioso que, pese a lo maltrecho que quedó (su pierna derecha perdió la rótula y varios centímetros, quedando atravesada de por vida por un hierro rígido que la recorría de arriba abajo), mantenía la mente lúcida sobre el beneficio que en el fondo le había reportado y siempre agradecía al cielo el suceso.
Semejante actitud le hacía incombustible a la autocompasión y recorrió toda clase de oficios, desde la pesca de altura al cavado de cunetas, dando en convertirse finalmente en pulpeiro y actor, actividad que le apasionaba y a la que quería dedicarse a tiempo completo. Nunca pidió una pensión de invalidez ni cosa semejante y, aunque era incapaz de doblar la pierna, se las apañaba para conducir un coche normal sin problemas. Era un tipo con un coraje que inspiraba simpatía, porque no consistía en demostrarlo sobre o a costa de nadie, sino en afrontar llanamente las cosas sin culpar a terceros.
Platón decía que el bien y la belleza eran la misma cosa, lo ético y lo estético, y me parece que en el caso de Atilano ese pensamiento se justifica plenamente, porque su actitud ante la vida le confería una fuerza, una energía y una legitimidad en todo lo que hacía que se trasmitía a sus interpretaciones, llenas de fuerza y de verdad. Y el cine que hacemos se basaba en eso, la verdad del personaje; si eso falla, no hay película.
Como director, me siento muy afortunado de haber trabajado con un actor de su talla, Ahora más que nunca veo sus momentos interpretativos, de una carrera truncada en sus comienzos, perlas de inestimable valor.
Pero sobre todo me siento afortunado de haberle conocido como persona y me siento contagiado muy positivamente por su influencia. Es increíble que un rostro tan severo perteneciera a una persona tan afectiva, sociable y amistosa. Me queda mucha pena de todo el buen cine que nos hubiera dado, pero sobre todo de todos los buenos ratos que nunca ya podrán ser y en especial el gran e inevitable vacío que queda a los muchos que le queremos. Un cáncer de hígado fue el responsable. Pero confío muy sinceramente en que nos veremos en la otra vida.
Mario Iglesias (Pontevedra, 1962) es director de cine
lunes, enero 19
"Perdone. ¿Come carne de caballo?"
(...)
Arcadi Espada: Perdone. ¿Come carne de caballo?
Fernando Savater: ¿Cómo? ¿Yo voy a comer carne de caballo? Ni me subo a un caballo por respeto, me lo voy a comer... Por Dios: me parecería antropofagia. A veces tengo pesadillas pensando que a lo mejor me han dado alguna vez carne de caballo sin decirme que era de caballo. Vamos, por Dios. Me mareo. ¡Cómo voy a comerme a un pariente! Aquello de ¡Viven!, de los Andes, que se comieron unos a otros, me parece más tolerable.
A. E. Ya sabrá que Dalí creía en la antropofagia como supremo acto de amor.
F. S. Nada, ni hablar. Mire, Levi-Strauss tiene una cosa muy bonita al final de El pensamiento salvaje diciendo por qué en Occidente nunca nos comemos a los animales a los que ponemos nombre.
A. E. Bonito, pero no completamente cierto. A los toros les ponen nombre, los estoquean y luego se los comen.
F. S. Levi-Strauss no debe de conocer el caso. Pero es verdad que los perros, los gatos, es decir, el animal al que tú pones un nombre y de alguna manera lo sientes, lo personalizas... Es muy difícil luego que te lo comas.
A. E. Sí, desde luego. Suele ser cierto.
F. S. Es interesante… Con el nombre ya lo excluyes del rebaño de la muerte.
A. E. ¿Los caballos tienen derechos?
F. S. No. Los animales no tienen derechos, porque no tienen obligaciones. Es así de sencillo. La idea de derechos de los animales es como, por ejemplo, los «derechos de los cuadros». Yo creo que estaría muy mal meterse en el Prado y quemar obras de arte, por ejemplo. Pero eso no quiere decir que piense que Las Meninas tienen derechos.
A. E. ¿De verdad cree que es lo mismo?
F. S. Bueno, siempre se habla de la idea de que hay animales que pueden ser de algún modo conscientes de la vida.
A. E. Sí, así parece en los bonobos y en otros primates.
F. S. Sí, pero digamos que los animales no pueden hablar en subjuntivo. No pueden distanciarse del yo.
A. E. La verdad es que yo he entendido siempre esa proposición de Peter Singer como una llamada de atención sobre la unidad de los seres vivos. Hay mucha gente que jamás se ha planteado esa unidad.
F. S. De acuerdo, pero lo que pasa es que más bárbaro que el que maltrata a un toro es el que no distingue entre los toros y las personas. La gran diferencia entre unos y otros es que nosotros no tenemos un papel totalmente asignado, mientras que los animales no tienen la necesidad de elegir su papel o, por lo menos, la tienen en una forma infinitamente menor. Es bueno recordar esa unidad. El problema es cuando la ética se proyecta exclusivamente sobre la salvaguardia de lo sensorial. En Singer parece que lo importante es que se salvaguarde del dolor, del proceso del dolor, a los seres que pueden descubrirlo. Lo cual yo no creo que sea verdad ni entre los seres humanos. Ni siquiera de los humanos creo que la única ética sea la de evitar sin más el dolor.
(...)A. E. Singer plantea algún asunto ético interesante. Defiende, por ejemplo, la legitimidad del infanticidio en los casos en que se demuestre la absoluta incompatibilidad con la vida del bebé. Lo plantea, creo yo, de una manera provocadora para comparar el acto con los experimentos científicos y médicos que se hacen con algunos animales superiores, experimentos a los que él se opone. Dice que hay más conciencia en cualquiera de esos grandes animales que en un bebé de tres meses, malformado para siempre.
F. S. Sí, Singer critica el especieísmo, que yo sí defiendo. Nosotros, con los animales, no tenemos nada ni personal ni impersonal, ni a favor ni en contra, pero los seres humanos tenemos que tener algo impersonal a favor. La Humanidad no tiene grados. Si la Humanidad dependiera de si uno es negro o es listo... O eres humano o no eres humano. Eso es el especieísmo. Es decir, yo a los seres humanos los trato como humanos porque pueden llegar a serlo, o lo han sido. No los trato como casos especiales que hayan surgido, como el de un nabo que se pusiera a hablar. Los seres humanos están hechos para hablar.
A. E. Sí, pero en todo eso, y como usted sabe, hay muchos y graves problemas contemporáneos. Entre otros, la pregunta que fue la estrella en el World Science Festival, de hace unos meses. ¿Qué es, exactamente, lo que nos hace humanos?
F. S. La capacidad simbólica.
A. E. Y un bebé, ¿qué capacidad simbólica tiene?
F. S. La que va a tener. Aristóteles, cuando hablaba de la potencia, estaba refiriéndose a eso. La Humanidad no es un programa genéticonatural. La Humanidad es una cosa que nos damos unos a otros. Porque el ser humano nace sin nacer. Tú coges un chimpancé bebé y un niño bebé y lo que te asombra es, desde pequeñito, lo listo que es el chimpancé y lo tonto que es el niño. Pero claro, el chimpancé cuando tiene cuatro años se ha acabado, y el niño empieza. ¿Por qué empieza? Porque cada uno nacemos dos veces. Una en el útero materno y otra en el útero social. Y ese útero social es el que nos hace humanos. Hay disposiciones innatas. Incluso el lenguaje, de creer a Chomsky. Pero disposiciones que no se cumplen salvo que las active la sociedad. Es decir, por muy innata que sea la capacidad del lenguaje, nadie se pone a hablar en una lengua solo.
A. E. Eso de la potencia aristotélica... Si lo humano fuese lo que puede ser humano hay serios problemas. El aborto, por ejemplo. No hay plazos que valgan.
F. S. Es verdad que en el terreno del aborto hay gente que piensa que cuando una cosa es legal ya no hay nada moral ni éticamente que discutir sobre ella. Y es completamente absurdo. Una cosa es que uno cumpla las leyes, porque de alguna manera agavilla a personas con morales diferentes y otra cosa es que tú obligatoriamente tengas que renunciar a tu moral y decir que lo que dice la ley está bien. Yo creo que hay que razonar. No hay un código moral. Hay una vocación, un proyecto moral, pero no un código. Sería muy cómodo que nosotros pudiéramos llamar a los cielos y que se abrieran y apareciera un señor que nos dijera lo que tenemos que hacer.
(...)
A. E. La pregunta es si la ciencia nos puede ayudar en esos dilemas morales a la hora de distinguir, o a la hora de objetivar, lo que es malo. Porque puede llegar un momento en que se distinga claramente en el proceso de creación de la vida un instante en el que exista conciencia.
F. S. La ciencia no fundamenta la ética, sino que ayuda a saber las cosas en que tenemos que pensar. Aristóteles basaba sus lecciones morales en la ciencia que él tenía. Porque la ciencia era la descripción del mundo y la moral actúa en el mundo existente, en el mundo real. Entonces Aristóteles no hacía reflexiones de biogenética porque no había biogenética, pero nosotros sí, porque sí la hay.
A. E. La cuestión es cómo ese conocimiento va a cambiar nuestros patrones morales.
F. S. Básicamente, los patrones morales no cambian. Uno puede decir que hay que respetar la vida humana, lo que pasa es que ahora entendemos que vida humana es hasta aquí y no hasta allá. Pero lo que quiero decir es que nunca la ciencia puede decidir un problema moral.
A. E. No lo creo. La ciencia crea y destruye éticas. La relación que uno tenga con los animales, y con los hombres, y con Dios, antes o después de Darwin no es la misma.
F. S. Bueno la verdad es que Cioran tiene un hermoso aforismo que dice: «El gorila es un animal melancólico. Yo desciendo de su mirada». Uno ve al gorila, y esa mirada del gorila, y en efecto uno se dice: «De ahí venimos».
Fernando Savater y Arcadi Espada, ayer en el Magazine de El Mundo
domingo, enero 18
El comienzo del mundo
Guillermo Altares, hoy en Babelia: 'El crash de Zelda y Scott'
Más:
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Scott Fitzgerald: jazz, martinis y sombreros blancos
No debiste vivir más de treinta años
miércoles, diciembre 31
sábado, diciembre 27
martes, diciembre 16
viernes, diciembre 12
Está escrito que alguien llegará un día hasta tu frente y te llamará fascista
Empezaba a hablar la otra tarde sobre nacionalismo y periodismo, en un aula de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona, cuando alguien gritó «¡Fascista!» y acto seguido corearon esa voz unos quince. Con discreción miré a un lado y otro de la mesa, pero en la mesa todos mis compañeros me miraban. Como seguían los gritos y aún dudaba de que fuera a mí a quien estaban llamando fascista, tuve la postrera tentación de ir hacia el grupo de muchachos y adherirme para gritar todos juntos contra el cabrón fascista. Pero no podía ser, de ninguna manera, porque el cabrón, ya lo sabía, era yo. Realmente todo era muy, muy confuso. Hacían explotar algunas bombas fétidas -yo las fabricaba de niño con el Cheminova- y luego gritaban «¡Vuestra democracia hiede!» (traducido libremente del catalán), sin atender a la evidencia de que no olía así antes de que ellos entraran. En esa danza estuvieron unos minutos y luego se largaron escupiendo, y yo aproveché para hablar sobre el tema previsto.
Por la noche dormí mal. No creo que fuera por ellos, sino más bien por las copas de un gran Hermitage que mi mujer y yo bebimos para cambiar de trago. Puesto en el insomnio y para hacer algo, y dado que tenía las uñas muy crecidas, me fui rascando el brazo con ritmo cada vez más vivo. Estaba tumbado en la cama, con la oreja pegada al brazo y las uñas arriba y abajo. Las uñas acabaron siendo las botas y mi brazo los adoquines, y lo que escuchaba, un siniestro rac-rac, era el ruido de un batallón fascista desfilando. La noche es el reino de muy tétricas ilusiones, pero si yo era capaz de marchar sobre Roma con mis uñas y mi brazo, algo de razón debían de tener los muchachos.
Pensé en mi vida. La primera vez que le grité fascista a alguien fue a don Florencio Caballero Valladares, se deduce que más que hombre, medieval fortaleza. Nos tuvo seis años formando en el patio del instituto -sin otra dispensa que la lluvia- mientras subía al mástil la bandera roja y gualda, sonaba la Marcha Real y se rezaba la oración de la mañana, a san Fernando, patrón de la juventud española. Todo eso pasó durante seis años y nos pasó por cobardes, pero la lección la aprendí luego y no va con esto. La última vez, coreada, fue en febrero de 1981. Aquella noche llovía y hacía viento y frío, y éramos muy pocos en las calles de Barcelona los que le gritábamos fascista al guardia civil Tejero. El Departamento de Estado norteamericano y el nacionalismo catalán habían coincidido en considerar que el golpe era un asunto interno de los españoles.
Entre esa noche despoblada y la otra tarde pasaron algunos años y mientras tanto aprendí a restringir el uso del apelativo fascista. Se trata de una de esas palabras demasiado grandes. El vulgo cree que las grandes palabras hacen gran daño, y se equivoca. Cuando las palabras no tienen la medida justa del concepto ocultan más que evidencian. Por eso es mucho mejor, para el entendimiento de las cosas, llamar nacionalistas o independentistas a los muchachos antes que radicales, extremistas o -justamente- fascistas: al fin y al cabo, de la bandera catalana que estaban ondeando al compás de sus insultos no prendía ningún fascio.
Pero, bueno, el asunto es que me lo habían llamado a mí. Tal vez no les faltaran razones. De las paredes, en el aula, habían colgado carteles con la siguiente sentencia: «El catalán es un dialecto del castellano. Arcadi Espada». Es verdad que cuando, en otro tiempo, alguien decía esa frase yo creía que estaba delante de un fascista. No podía negar, tampoco, que la frase era cierta: ritualmente la pronuncio ante mis alumnos de la Pompeu Fabra cuando quiero ilustrarlos acerca de la relación entre lengua y poder. Luego les añado: «... 0 el castellano es un dialecto del catalán. Depende de quien mande». Pero ni la frase cabía entera en el cartel, ni se puede ir por el mundo provocando. Sé que esto último es lo que ha querido decir el presidente Jordi Pujol, mirándonos la minifalda: «Es que van provocando... y luego pasa lo que pasa».
Todas esas razones presuntas empalidecen, sin embargo, ante la esencial razón cronológica: está escrito que alguien, en cualquier circunstancia, llegará un día hasta tu frente y te llamará fascista. Te lo llamarán en la oficina, en el aula, o en la cama. Tú quizá estés, como yo, en torno a los cuarenta años, y cuando lo oigas también buscarás al cabrón con la mirada, sin hallarlo. Entonces te sentirás un Villar Palasí o un GarcíaValdecasas. Al reponerte, copiarás estos versos:
Fue un verano feliz.
Ahora bien, voy a darte un consejo, ya por viejo: procura siempre que los que te llamen fascista sean un grupo de niñatos subvencionados, que no se pagan la bandera ni las bombas fétidas; unos niñatos eximidos por la autoridad máxima del gobierno: sus lactantes; procura que quien te lo llame sea el poder, aun en su versión de falange y muchachada; fascista serás, pero en la intemperie.
miércoles, diciembre 10
Capuletos e Montescos odiábanse, si, pero con xeito
jueves, diciembre 4
Doblez
La borra del café
Mario Benedetti
martes, noviembre 25
Como o quere? Cru, se fai favor
En Manuel e Elisa non hai música, voz en off, actores nin movementos de cámara expresivos. Ao contrario que a maioría dos filmes, no canto de acumular elementos prescindes de case todo...
miércoles, noviembre 19
Jamás hombre más nacido para el placer fue al dolor más derecho
Un bohemio a todas luces
Manuel de la Fuente (Abc, 19-11-08)
martes, noviembre 18
Aves de plumaje tan distinto
Los restos de la comida fueron retirados de las mesas a la una de la madrugada. Joyce –ha contado el crítico Clive Bell, quien oyó la historia de boca de Sydney Schiff– siguió sentado, sin hablar, con una mano en el mentón y la otra ocupada con una copa de champagne. A las dos de la mañana estaba completamente borracho y de a ratos soltaba bufidos sonoros.
Quince, acaso veinte minutos después, los Schiff vieron entrar a un hombre pequeño y sigiloso, enfundado en un abrigo de pieles, que se movía –según Clive Bell– como una rata. De lejos parecía pringoso y húmedo. Era el autor de En busca del tiempo perdido. Ya había terminado de escribir su gran novela y todavía la estaba corrigiendo y añadiendo frases. Era entonces mucho más célebre que Joyce, y sus largas frases perfectas, encadenadas unas a otras por una música inimitable, se repetían en los salones con devoción sacramental.
Aunque Joyce no vio a su colega como un hombre enfermo (diría, por lo contrario: “Se queja, pero está más sano que yo”), las drogas que Proust se inyectaba o bebía con frecuencia asesina estaban acabándolo. Seis exactos meses después de la reunión en el Majestic, una septicemia veloz acabaría con él. Dijera Joyce lo que dijera, era un agonizante en lucha contra la muerte.
Cuenta Davenport-Hines que se ubicaron en sillas contiguas. Registra seis versiones de lo que hablaron –una de ella es la de las trufas–, y en todas persiste la incomprensión. Joyce contó años más tarde que la única palabra memorable de aquel encuentro fue un monosílabo, “no”. “Proust me preguntó si yo conocía al duque tal o cual. Le dije: «No». Madame Schiff quiso saber si Proust había leído éste o aquel capítulo de Ulysses. Respondió: «No». La situación era insoportable.”
Otras veces, en sus años de gloria, Joyce pagó la indiferencia de Proust hacia su obra maestra con sarcasmos envenenados. Uno de los apuntes de su diario es revelador: “Los lectores llegan al final de las frases de Proust antes de que él termine de escribirlas”. Y luego, en una carta a su editora Sylvia Beach, que era también la dueña de la célebre librería Shakespeare & Co, cuenta, con un juego de palabras difícil de traducir: “Acabo de leer En busca de las Sombrillas Perdidas por varias Muchachas en Flor en el Camino de Swann con Gomorrea et Cie., escrito por Marcella Proyst y James Joust.” Los dos grandes hombres no volvieron a verse. Eran aves de plumaje tan distinto que sólo se habrían lastimado (...)".