En una de sus frases más logradas, Valdano dijo de él que, cuando atacaba, atacaba la manada. Las leyendas suelen forjarse con dolor, y exigen para llegar al cielo un violento paso por el infierno. Ronaldo volvió con una Copa del Mundo. Ya no era el extraterrestre de Barcelona: era la manada. Conservó la sutileza y la potencia, pero perdió la fibrosa liviandad de aquel chico de 19 años que se filtraba entre la defensa del Valencia en el Nou Camp como un delgado, fabuloso chorro de agua. En su debut el Bernabéu se puso en pie cuando salió del banquillo, le recibió con un estruendoso aplauso al entrar en el campo y se vino abajo a los pocos segundos: tocó el primer balón y lo metió para dentro. Marcó otro más y al día siguiente ocupó toda la portada de L´Equipe. El defensa que le marcó aquella tarde dijo: “Sabía que lo tenía detrás, y quizás me puse nervioso”. Oyó su agitada respiración: la de un búfalo hambriento. Si el gol al Compostela fue el resumen del primer Ronaldo, del segundo se conserva el que le marcó en dieciséis segundos al Atlético en el Bernabéu. Partió la defensa en tres zancadas, recortando la línea de cuatro, y se presentó delante del portero con la frialdad de un asesino: dejó pasar unos segundos eternos antes de tirar al Mono y levantársela con un toque excelso. De él dejo dicho Santiago Segurola en El País, en la memorable crónica que testificó el duelo Manchester-Madrid en la Copa de Europa de 2003: “A Ronaldo se le ha discutido más allá de lo prudente, y su respuesta fue atronadora en Old Trafford. Marcó los tres goles del Madrid, el último de ellos de una violencia que dejó mudo al estadio por un instante. Luego comenzaron a levantarse los hinchas ingleses de sus asientos para saludar al genio, que se despidió poco después del campo entre las ovaciones de la muchedumbre. Toda la dignidad del fútbol, la que se deriva del reconocimiento del enemigo, presidió el lento camino de Ronaldo hacia el vestuario”.
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domingo, febrero 17
viernes, febrero 8
Hijos de Satán
Al presidente del Madrid le gustó una frase que vio en un cartel (“Si luchamos, podemos perder; si no lo hacemos, estamos perdidos”) y decidió, con ese ejercicio del poder tan particular que le llevó a meter un speaker en el Bernabéu y desenterrar el himno de las mocitas madrileñas, adoptarlo como lema. Que los males proyectados por el Madrid son muchos es sabido: por sostener hasta sostuvo la dictadura franquista con sus triunfos. Lo que ya se desconocía era la filiación merengue con los nazis, aunque era un paso casi coherente. Lo reveló ayer el Sport, con gran tipografía: “Un aviador nazi inspira el nuevo slogan del Madrid”. El lema se refiere a la frase que vio Calderón, que es una frase a la altura de su simpleza. Pero el diario quiso ir más allá: ¿quién está detrás de esta conjura? Sus fuentes hablan de “una pintada que había en Barcelona durante la Guerra Civil”. Pero un lector les abrió luz (“un lema similar marcó la vida del nacionalsocialista Hans Ulrich Rudel”). Observen ese “similar” haciendo tambalear la noticia y esa fuente traída por los pelos: para llenar la página publicaron la biografía del espléndido ejemplar nazi. Visité luego, buscando calma, la prensa seria: El Periódico. Y fui a Internacional, lo más lejos posible de Deportes. Aquí el titular: “EE UU atribuye a Al Qaeda un vídeo de entrenamiento de menores como terroristas”. Y aquí el subtítulo: “Chicos armados y con prendas deportivas, algunas con el escudo del Madrid, simulan asaltos”. Terroristas islamistas con pasamontañas y sudaderas del Madrid, club inspirado en el nazismo: hijos de Satán. Me quedé leyendo la noticia, desolado. Y luego vi el entrenamiento de los chavales: ahí estaban, con sus pistolas, y no lo hacían mal. Osamitas crueles, rápidos y eficaces. “Mira cuál era la cantera buena”, pensé. Y con la mala suerte que tenemos, ya verás como sale de aquí el nuevo Messi.
domingo, diciembre 23
Barça-Madrid
En la prensa barcelonesa o barceloní le dicen Real, como en la Gazzetta. Debe de ser que “Madrid” entre los culés provoca los mismos ejercicios gimnásticos que “España” entre el nacionalismo: un día se le empezará a llamar Estado merengue, si no ya. El Madrid llega al clásico protegido por la leyenda: tiene peores jugadores, peor juego y peor ambiente (Telecinco se está pasando la imparcialidad por el forro a cuenta de un conflicto personal con Calderón, la Cope y Marca -tan pedrojotizado como el propio Pedro Jota, o más-, arrean sin compasión y Schuster, ese maravilloso alemán que duerme con las ventanas abiertas, insiste en ser quien es, y no fingirlo: seria provocación a la tarambana prensa madridista). Pese a todo, el Madrid gana, a veces machaca, y tiene en sus filas a las que podrían ser, con esfuerzo y suerte, estrellas en 2010: desde Robinho hasta Gago pasando por Ramos, Higuaín, Sneijder, Pepe y Raúl, por supuesto. Habría que estudiar eso. En su momento, con los fastos de la Novena, L´Equipe tituló sus cinco columnas con un estimulante: “El Real es eterno”. Algo de eso habrá cuando el año pasado, con una plantilla cinco veces por debajo que la del Barça y un juego tan horrible que despertaba piedad, se ganó una Liga marcando en las últimas seis jornadas goles en los descuentos para remontar desde 0-1 hasta 1-3: daba igual. ¿Y el Barça? Allí juega Messi, que es el mejor jugador del mundo de largo, y tiene un estadio eléctrico que entiende el clásico como lo entendió Argentina cuando salió al campo a jugársela con Inglaterra en el 86: una cuestión personal que se resume en esta deliciosa frase que encontré ayer: “Mañana me desplazaré a provincias siguiendo al nonacampeón”. La soberbia, en efecto, tan madridista. Qué quieren: somos así.
martes, noviembre 20
Luz de Federer
Yo he hecho muy pocas cosas bien en la vida, pero tenía una buena derecha. Quiero decir que de niño le pegaba muy duro. Llevaba la raqueta atrás, flexionaba las piernas y elevaba el cuerpo pegándole a la pelota mientras subía. Era un golpe plano y ganador que aproximaba a las líneas. La bola andaba deprisa y yo me metía dentro de la pista para buscarla y no dejarla bajar. Aquel ejercicio gimnástico me dio muchas alegrías a nivel doméstico y llenó mi habitacion de trofeos que colocaba a uno y otro lado de los pósters de Marta Sánchez y Samantha Fox: en perfecta armonía la raqueta y la teta.
Con el tiempo, de la misma forma que otros dejan de crecer o les empieza a caer el pelo, mi derecha mudó a un golpe en exceso liftado que seguía aproximando a la línea, pero de fondo. Ya no había dureza, más que para envolver la bola con furia y que ésta botase lo más alto posible manteniendo al rival junto a la verja: un golpe formidable de peloteo y defensa, pero sin la contundencia ganadora del golpe plano. Nunca fui un deportista de excelencias, y dejé de competir cuando me di cuenta de que, ante un rival más débil, sentía más su derrota que mi victoria. El tenis es uno de esos deportes en los que la cabeza tiene que funcionar mejor que las piernas, y yo me estaba convirtiendo en una Amelie patética.
Pensaba en ello el domingo, calentándome las manos con leche hirviendo a las ocho y media de la mañana. Me había despertado media hora antes, estaban repasadas ya las portadas del día y Federer y Ferrer debían de estar estirando en los vestuarios de Shangai. De las entrevistas y reportajes anteriores sobre el español se desprendía una idea cercana: Ferrer se quiere lo justo, se tiene poco en cuenta y atribuye a los milagros sus victorias. Pasto para el crédulo ganado. Ferrer entra en la pista con un martillo y se deja en el bolsa, junto a los efectos personales, el cargo de conciencia. Los dos juegan de modo natural: Ferrer como un herrero y Federer como Nureyev. En ese matiz no sólo está la diferencia de Federer con el resto del mundo, sino del propio deporte concebido no como espectáculo, sino como arte.
Cada golpe de Roger Federer es una celebración, pero es la sucesión de todos ellos la que convierte su juego en algo distinto, sólo apreciable ya bajo las luces de la Historia. Ayer mismo lo dijo él, sin quererlo: “Podría jugar de forma más entretenida y hacer más golpes geniales, pero estaría jugando para el público y no para ganar”. La naturalidad de Federer, esa exquisitez genial que traslada el tenis a un estado superior, no es infrecuente a otros niveles. Miguel Casal lleva nueve años ganando el campeonato gallego de tenis sin renunciar a unas señas muy concretas: despojar a su tenis de artificios, a la manera que un escritor poda su hojarasca, y explotar su físico en la pista moviéndolo casi dulcemente, incorporando los golpes a esa coreografía majestuosa. Así era cuando me ganaba a mí y así debe de seguir siéndolo.
Cuando Federer sale a la pista la luz de la Historia lo ilumina desapasionadamente, con la furia con la que Zeus obsequiaba a Ulises en su retorno a Ítaca. Pero viéndolo correr con la raqueta levantada para ejecutar una derecha ya sabe uno que está delante de algo diferente. Sólo conduciendo la pelota por el campo el cuerpo de Zidane obedecía a una danza casi invisible que reducía voluntades: no era mejor que Maradona, pero era otra cosa. La clase siempre ha estado más cerca de la emoción íntima que del espectáculo de masas. Y si Federer es ya un mito bañado en oro es porque ha sabido colocarse los laureles de todos los tiempos dándole al público un tenis no demoledor ni sacrificado: un tenis diferente y de una pureza extrema que aún quemará cuando alguien lo toque después de muchas décadas.
viernes, septiembre 28
La trampa

Cuando era pequeño llevaba al colegio una carpeta azul con una portada perfectamente reconocible: una fotografía, quizás la más célebre, de la legendaria carrera de los 100 metros lisos de las Olimpiadas de Seúl 88. La imagen es conocida: Ben Johnson levanta su índice musculoso al cielo, y detrás de él sobreviene el abatimiento de Carl Lewis. Se mire por donde se mire las imágenes son desalentadoras. La preparación de ambos, estirando a unos metros de los tacos. Johnson colocándose en su calle, con la cadenita de oro al cuello, y aquellos brazos inmensos deslizándose al tartán para sostener su cuerpo. Lewis más enjuto, zancudo, mirando aquí y allá como una gacela que huele la presencia del león. No tuve tiempo para ver al detalle los momentos previos de la salida de los 100 metros de los Mundiales de Osaka, pero probablemente la carrera se decidió en esos minutos agonizantes: el lenguaje de los signos, las respiraciones pesadas, trascendentales, y el momento en el que uno se está agachando para poner los pies en los tacos y en el destino. En los 100 metros lisos la Historia se escribe muy rápido: en menos de diez segundos. La carrera de Johnson fue un banquete de principio a fin: se los comió a todos desde el pistoletazo, y batió el récord del mundo con un récord abrasivo: 9.79. Al final de la carrera, Johnson entró en trance y se acercó al público. Lo persiguió Lewis unos segundos hasta que, incapaz de llamar su atención, le dio un toque en el brazo. Johnson se dio la vuelta y se estrecharon fríamente las manos. La cámara luego sigue a Lewis, que continúa en shock, caminando sin rumbo por la pista. Días después se hizo público el positivo de Johnson por esteroides. Lo perdió todo con la misma violencia con la que lo había ganado, pero atrás quedó el instante: la carrera, la medalla de oro, la reverencia mundial y las portadas de los periódicos de todo el universo. ¿Cuánto cuesta ser Dios? Por más que haya sido la vergüenza, nadie podría ya arrebatarle eso, pese al alto precio que tuvo que pagar. Tampoco a Lewis se le curaron las heridas del espanto en el que se sumió: la estampa del derrotado que no entendía las razones de aquella soberana paliza, y el desconcierto absoluto con el que se pasea por un estadio abarrotado. No es descabellado pensar que días después, y al conocerse la trampa, Lewis debió sentir aún más rabia. Había perdido en la pista y había sido engañado fuera. Le dieron el oro, pero le quitaron el instante y la gloria. Tampoco su nombre luce lustroso en el palmarés: la final de los 100 metros de Seúl será siempre recordada como uno de los grandes escándalos de las Olimpiadas. Pensaba todo esto mientras trataba de adivinar qué clase de satisfacción le produce a Óscar Pereiro el Tour 2006. Y qué clase de ceremonia le reservará el Tour para subirse al cajón: ¿llenará de nuevo los Campos Elíseos y convocará a los medios de todo el mundo, como si el tiempo no hubiese pasado? No: el tiempo es algo que la Justicia no repara. Un papel dirá que Pereiro es el ganador, pero le será muy difícil encontrar una victoria más amarga. Le arrebataron la gloria. Le arrebataron, por decirlo de una forma más exacta, la esencia de la gloria.
martes, agosto 14
David Cal
David Cal fue invitado esta primavera a Fitur por el pabellón de Turismo Rías Baixas. Cal sufre esos peajes que hay que pagar por practicar un deporte tan exigente como desconocido: dejarse manosear por los políticos, sonreír sin muchas ganas y atender a la prensa para proyectar una imagen que atraiga a un patrocinador. En aquella ocasión, cuando las grabadoras se dirigieron hacia él, un pobre diablo que no había visto en mi vida se dio la vuelta hacia mí con una sonrisa y me dijo algo así como que “éste no tiene ni puta idea”. Ni siquiera fue pionero: ya en Marca hace tres años hubo un genio que se refirió a Cal como “Forrest Gump”. El debate es muy viejo: se le exige al deportista que tenga soltura delante del micrófono y regale titulares a tanto el kilo. En 2004 dio igual que la fama le estallara a David Cal en las manos. Se le pedía estar preparado para dar el pego y exhibir una locuacidad argentina: ocho horas en la piragua y tres, por si acaso, ensayando ruedas de prensa. Como a Cal aquello le pilló con el pie cambiado, se confundió rápidamente timidez o aturdimiento con torpeza o, incluso, cierto retraso. Es la clásica presunción idiota de unos pocos periodistas que no entienden que hablar con los medios no es una asignatura obligatoria de la vida. Quien haya conversado con David Cal sin la presión de un micrófono sabrá que es una persona perfectamente normal (o sea, perfectamente divertida) con una cualidad extraordinaria: ser un deportista de élite. Como han pasado ya tres años de su doble medalla olímpico, le ha salido callo y asume su popularidad sin rubores y sordas estridencias. La experiencia le ha desentumecido el músculo mediático, pero no abusa, porque sabe cuál es su sitio: en la piragua, David Cal es de oro.
martes, enero 23
La doctrina Capello
En su primera etapa en el Real Madrid, Fabio Capello aceptó ser entrevistado por un semanario dominicial de cierta enjundia. Fue una de esas entrevistas en las que se habla muy poco de fútbol y mucho de Capello: como ya es sabido, ambos conceptos entran en conflicto. Y la figura de Capello es fantástica: levanta pasiones. En aquella entrevista, que fue hace diez años y que misteriosamente no logro olvidar, a pesar de que nunca guardo recortes ni fotocopio nada de lo que me gusta (bueno estaría si lo hiciese: yo no tengo la casa de José Luis de Vilallonga), Capello responde a cuestiones trascendentales: el jamón ibérico, las corridas de toros y la moda. El entrenador italiano está ducho en ese estilo de vida tan mediterráneo que aconseja volcar con pasión hacia la vida el espíritu hedonista que nos domina. Por eso a Capello se le ve entusiasmado, y en aquellas imágenes en color reluce su poderosa figura y el férreo encaje de su mandíbula se desengrasa de vez en cuando para sonreír. Le tengo simpatía a Capello. No tiene nada que ver con el Real Madrid: de hecho, su concepto del fútbol es asqueroso y si la Federación Española estuviese dirigida por gente seria la doble pareja Diarra-Emerson que mantuvo durante meses en el once le llevaría directamente al penal de Burgos. Pero me cae simpático. En aquella entrevista dijo una cosa a la que no he dejado de dar vueltas desde entonces. El entrevistador, curioso, le plantea a Capello su gusto por el buen vestir. “Tengo entendido que es usted un verdadero apasionado de la moda”, le cuestiona. Y su respuesta, maravillosa, tal y como la recuerdo: “¡No, no, no! Yo no soy una persona obsesiva ni le doy importancia a la moda. Ahora que, claro, lo que tampoco voy a aceptar es ver a alguien sentado enfrente de mí al que se le vea un trozo de carne entre el calcetín y el pantalón”, contesta el entrenador, casi indignado. Desde entonces divido a la Humanidad en dos, siguiendo la doctrina Capello: los calcetineros chungos y los que, como el italiano, suben los ejecutivos hasta la rodilla para evitar el espectáculo vergonzante de los pelos de sus tobillos. Que Capello no extrapole su certera concepción de la moda al campo, y castigue a los aficionados al fútbol con las fealdades de su sistema, es algo que se nos escapa, pero ya sabemos por Billy Wilder que nadie es perfecto. Y, bien mirado, quizás por ese refinamiento podría interpretarse como venganza el que Ronaldo anunciase que quiere marcharse del Madrid en la mismísima pasarela de moda de París. Le faltó allí bajarse los calcetines, a modo de peineta.
martes, diciembre 5
El día del gañán
Corría el minuto no sé cuantos de un Real Madrid-Racing de hace unas jornadas, y un tal Garay clavó un golazo en la escuadra de Casillas poniendo el balón a trescientos kilómetros a la hora. Probablemente Juninho Pernambucano soñase algún día con marcar un gol así. O él, o Koeman, al que también le gustaban las cosas de las faltas. Al silencio del Bernabéu le siguió el silencio de la cafetería, hasta que el colega que tenía al lado apuró el mosto y dijo: “¿Tú te fijaste que en todos los partidos contra el Madrid siempre aparece un gañán haciendo algo que no va a volver a hacer en su vida?”. Lo pensamos ambos en silencio, mientras el bar ya masticaba el gol: era verdad. Es un hecho científico incontestable. No es que ya los rivales se crezcan en el Bernábeu y saquen lo mejor de sí mismos y sea un escaparate formidable y todas esas cosas, que también: es que hay un gañán por equipo que se convierte, automáticamente y por obra de un milagro, en un Maradona de noventa minutos. Hay casos inolvidables, pero uno de los más llamativos (por las consecuencias funestas que tuvo para el Madrid) es el de Munitis. Munitis es un jugador tirando a Paco Llorente pero sin llevar la sangre de Gento: o sea, uno del montón. Contra el Madrid montó cada espectáculo verbenero que no hubo más cojones que ficharlo. Ya con la camiseta blanca, Munitis perdió el origen de su talento: enfrentarse al Madrid. Y se diluyó en carreritas sin sentido por el prado madrileño, amagando de vez en cuando con regatear a Salgado, que eso sí lo sabía hacer muy bien, hasta que le dieron puerta. Por supuesto, al año siguiente y de nuevo en el Racing, Munitis jugó el mejor partido de su vida y marcó dos golazos... contra el Madrid. Hay más casos que deberían ser estudiados con profundidad. El último de ellos es el de Carew: un gigante torpón que pasó sin pena ni gloria por el Valencia y que calienta banquillo en Lyon. Salió hace dos semanas a jugar en el Bernabéu y parecía haber bajado de Marte. Destreza, calidad, fuerza, desmarque y puntería. Un Van Basten fusionado con Romario: la locura. Pasó el Madrid y volvió Carew al baúl de la mediocridad, de la gañanería, donde se amontonan las cenicientas incapaces de vivir otro sueño dorado que no sea el de machacar al Madrid.
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