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lunes, abril 14

Creador

Recibo con satisfacción noticias del nuevo Gobierno (hay una ministra de 31 años, pero Alejandro conquistó el mundo con 27) y la continuidad de César Antonio Molina, protagonista hace unas semanas en La Opinión de una de las entrevistas más sonrojantes que se hayan leído nunca en democracia: una tasación en bruto. Me llegó por mail, como las viagras y los alargamientos de pene, con la salvedad de que a la entrevista ni le hizo falta un milímetro de extensión: no la toques ya más, que así es la rosa. El titular de campaña es furibundo: "Soy muy conocido y popular y no necesito hacer un gran esfuerzo". El antetítulo primoroso: "Zapatero siempre dice que, además de ser un gran intelectual y un gran gestor, soy más político de lo que creo, que es una manera de decirme que lo iba a hacer igual de bien en el ministerio". Y hay que auscultar bien, sin embargo, para hallar el tesoro del ministro. Está en el texto, sin destacados, agazapado entre la maleza de apocada modestia: "No tengo una actividad deportiva física y el poco tiempo que tengo lo dedico al aspecto creador. Es una rutina que cultivo desde la infancia". La rutina de la creación en mandilón: el niño César Antonio imitando a Lloyd Wright con la plastilina. Estos ministros son buenos para el periodismo y en general para la vida. Del escritor César Vidal se dice si hubiera leído todos los libros que ha escrito sería un hombre cultísimo. Del inmortal creador César Antonio Molina nos quedamos con su currículo. De profesión, sus rutinas.

domingo, abril 6

Leche y pan

Con el nombramiento de Soraya como nueva Zaplana parlamentaria del PP, portavoz de la cosa y rostro del partido, se ha sabido que la chica fue en años panadera a tiempo parcial en su pueblo. Lo primero que se le mira a un político es su pasado, a ver si está a la altura. Pocos pueden compararse al de Zaplana, a quien se le atribuye en una grabación telefónica una cita devota: “Yo he venido a la política para forrarme”. Soraya no ha ido tan lejos, pero hay una coherencia casi religiosa en que quien haya repartido panes tenga que dedicarse ahora a repartir hostias. A Rajoy le han dejado de temblar las rodillas, y anda apartando los moscones con silencios. Le ha dado la espalda El Mundo, pero nos hubiera gustado saber si también se la hubiera dado Umbral. La oposición del PP entiende Rajoy que ha de hacerse hoy con levadura y masa, y el oficio de Soraya con la harina la ha disparado al estrellato. Los oficios entrañables despiertan la infancia, o sea la ternura, del votante. Hace un mes se descolgó Feijóo con una confesión radiante: su primer amor fue una niña leiteira de su aldea a la que acompañaba de ruta por las casas a repartir botellas. Tenía que haber dicho, zaplanescamente, que él se metió en política para conquistar a una leiteira. Prefirió usar el romance para defenderse de Touriño, que dijo de él que no conocía a las vacas. Al menos hoy sabemos que cuando la gente corría delante de las lecheras, Feijóo corría detrás.

jueves, febrero 28

Cuando seamos reyes

No hubo debate en las autonómicas gallegas, porque sólo los muy adeptos al Gran Líder entendían el fragués ya en los últimos años de mandato (también el cruyffés es una lengua que se pierde si no se practica diariamente, dijo hace poco Agustí Fancelli) y todo hay que decirlo: tampoco tenía Fraga mucho interés en hacerse entender. Llega un momento en la vida, sobre todo en la vida de Fraga, en que lo más interesante se lo dice uno a la solapa. Así que los líderes autonómicos, retirado ya el patrón a la calceta del Senado y de la Historia, se vieron con ganas en las elecciones generales. Que no iba con ellos es evidente: posaron culpables, con cara de haber montado una fiesta ilegal. Pero todos tuvimos siempre la tentación de adelantar los Reyes Magos, y el poder permite ciertos caprichos. Hay que contar que el pasado lunes, con esa previa espectacular de Zapatero y Rajoy llegando al estudio en coches blindados como si fuesen a fundar la ONU, no fue difícil imaginar a nuestros políticos saltando en el sofá, señalando con el dedo la tele incapaces de articular palabra, paralizados por la ilusión.

Animado por la frustración del Barcelona en el Camp Nou y la corbata de Núñez Feijoo, a caballo entre el Milán y el Barça, zapeé con gusto entre Alfonso Hermida y JJ hasta el gol del Valencia. Ahí se acabó el debate y empezó lo bueno, que duró hasta que se cansó el árbitro. Del acontecimiento realizado con brío por la TVG constaté varias ideas. Para ser un buen orador, por ejemplo, es imprescindible hablar bien no en general, sino en el idioma que uno decide utilizar. Se le critica con razón a Rajoy su alergia al gallego (esta campaña se presenta con carteles en este idioma, y el efecto es el mismo que el de mi abuela dirigiéndose a mí en ruso), pero habría que hacer algo para que, después de tantos años, socialistas como Touriño y Louro, con tantas tablas y cicatrices de tantas guerras, se esfuerzen por limpiar expresiones como "verdá" o "tranquilidá" de su gallego, sin ir más lejos. Una manera, muy sutil y poco agradecida, por cierto, de pasar de Zapatero y la espabilada zeta con la que blinda su programa.

Quintana, bien. Quintana (porque yo he asistido a todos sus mítines en Pontevedra desde que Quin es Quin y yo su cronista) es muy buen orador y se presta mucho a la cosa de la imagen, algo que Beiras detestaba. E incluso, con ambos aún en el poder, contrató en 2003 una jornada de puesta en escena para los candidatos a las principales alcaldías a espaldas del histórico líder. Allá fueron todos, algunos con reticencias, a que les modularan la voz, les vigilaran la barba y les manosearan la campaña. Campaña como la de la candidata nacionalista por Ferrol, que quería centrarla en la normalización lingüística, algo que como todo el mundo sabe es más un proyecto de país que de un municipio, sea Ferrol todo lo Ferrol que sea.

Con Núñez Feijóo, que matizó que el sexo de los hijos de Rajoy es macho, por lo que lo de la niña es una metáfora ("todos vimos o debate", matizó Touriño, apuntalándose las gafas), los líderes ofrecieron un debate que tuvo marchamo histórico, y así insistieron en subrayarlo los medios. También hubo, por supuesto, quienes escrutaron a los candidatos en términos de evaluación. Anxo Lugilde, probablemente tras Barreiro Rivas el analista más lúcido de la política gallega, le puso ayer en este periódico una nota histórica a Quintana: 6,1. Ni una décima más. Para que luego digan que no se siguió con pasión el debate.

miércoles, febrero 27

El debate (y II): la niña de mi vida


De la niña de Rajoy no quedan ya ni los huesos. No hay rastro siquiera de lo que fue: la ñoña metáfora de una España orgullosa de sí misma. No pasó ni un minuto para saber la profundidad del pozo en el que Rajoy había metido el pie. Fue decir "niña" y pitar el móvil: "Pero esa niña, ¿es lesbiana?". Y otra vez, pasados unos segundos: "Y sigue con la niña, ¡ay cómo le empiecen a brillar los ojitos... de la Moncloa a la Lama!". Si esto pasó en unos segundos con dos queridos desalmados armados con un teléfono, qué no sería de la niña cuando abrieron de forma inmediata los blogs y colgó Paredes los periódicos del día. Está tan agotado el tema que la prensa ya busca al padre, también para devorarlo. Siguiendo la máxima del fracaso y sus tutores, nadie se arroga a la niña: es huérfana para el PP, lesbiana para el PSOE y camina por el bosque con una cesta de legumbres, pollo y garbanzos, según el discurso de Rajoy, esquivando al depravado lobo Zapatero.

Dentro del análisis que ha provocado la ñoñería (a veces tan profundo que resulta ridículo) llama la atención, por su lucidez, el que hace Jesús García en el digital La Voz de Salamanca: "Ayer, en su alocución final, Mariano Rajoy nos recreó la imagen de la niñita que nacerá bajo su futuro mandato. Una imagen romántica, tierna y paternal de la personificación femenina de España. A muchos esa imagen nos recordó a aquella famosa foto en la que Stalin sostenía entre sus brazos de hierro a una delicada niña soviética, la encarnación de la nueva época". En otros lares, alguien daba una interpretación más optimista: "Esa niña, recibiendo una educación sana dentro de una familia equilibrada donde impera el sano juicio y el amor, es la niña que dará a luz a españoles sanos, justos y nobles, no la que pagará dos mil euros a una clínica de asesinos para organizar un aborto inmediato, o la que desorientada por la falta de una educación (...) se echará a las drogas o al botellón y al sexo con desconocidos y no estará capacitada para criar hijos sanos".

La niña, a la que nadie pone cara, se ha hecho de repente con la campaña electoral: pónganle unas siglas y legalícenla. Uno de los argumentos del PP para restar su descarnada influencia es que Rajoy no escribiría jamás algo así. Pero en el perfil que José Luis Barbería publicó en El País se vendían sus expresiones casi decimonónicas ("ni hablar del peluquín", por ejemplo) como rasgo identitario de su carácter, y en ese perfil, aunque no fuese él el autor, encaja bien la metáfora escolar de una España encarnada en una niñita que crece, española y feliz, bajo el cálido manto de un país renacido.

domingo, febrero 10

Contrato

Rajoy quiere que los inmigrantes firmen un contrato (¡si a eso vienen!) de integración en España. Quien quiera saber en qué consiste eso que vea al propio Rajoy en televisión felicitándonos por ser españoles el doce de octubre: los demás días también, pero ése hay que serlo un poco más. La cláusula que más polémica ha despertado ha sido la de “respetar las costumbres españolas”: les vamos a cronometrar las siestas. Aquí el apuro ha llegado por varios frentes. Gabilondo insistió mucho en eso (por cierto: su exquisita violencia periodística con Rajoy, rayando otra vez los malos modos, me parecerá ejemplar si la despliega con Zapatero) y Rajoy balbuceó un poco. Balbucear es algo muy gallego, pero poco español: el líder no da ejemplo. Arias Cañete ya dio pistas sobre las costumbres patrias: los camareros de toda la vida. Luego están los dichos populares, a los que también se puede atener el inmigrante: picha española, por ejemplo, no mea sola. Pero oficialmente quien se animó un poco fue Pizarro. Para él, una costumbre española es "no robar", a diferencia de los países en los que es tradición, y "que no te corten la mano por hacerlo", como en Irán. Así que si allí no hay homosexuales, en España no hay ladrones, o por lo menos no es costumbre: a veces se pilla algo, pero por necesidá. Teniendo en cuenta que uno de los más lustrosos españoles del último medio siglo, por aclamación popular, fue aquel Dioni que se largó a Brasil con un furgón de trescientos kilos (“ay Dionisio / mucho visio”), Pizarro va desencaminado: en España no sólo hay grandes manguis, sino que los hacemos héroes.

jueves, febrero 7

É por iso que...

A negativa do BNG a condenar o Holocausto (!) se non se inclúe no documento a repulsa da ocupación militar de Palestina é un movemento fabuloso que corre en dúas direccións: a electoral, porque en España nada lle dá máis votos ás esquerdas nacionalistas que os insultos da dereita episcopal; e a inmoral, porque a postura deste portavoz Aymerich consegue bater records de inmundicia nun país xa afeito a tales cousas. “É por iso que", di o BNG despois de recoñecer o malo que foi o Holocausto para mandarlle un recado ao Estado de Israel. “Pero xa estaban planeando a ocupación de Palestina no gueto de Varsovia?”, pregunta un comentarista de Vieiros. O texto que quería propoñer o BNG, ademáis de parvo, é dun racismo xa non impropio dunha democracia, senón da especie humana: mataron millóns de xudeus, mais os xudeus están a matar agora. Sangue da mesma sangue. “É por iso que…”, di axitando o dedo o portavoz nacionalista, nun exercicio de incultura que, ben visto, ten máis de sectarismo que de racismo. A simpleza argumental, no entanto, anima tamén aos militantes de base (de moita base: básicos) que apoian a postura nacionalista cunha coartada intelectual de altura: “Fica clara a cousa: PP-Ultradireita mediática-AGAI por unha banda e o BNG pola outra”, di outro comentarista en Vieiros. E por aí anda a pregunta tan perigosa sobrevoando o debate: ¿cal é o límite de mortos que necesita o Bloque Nacionalista Galego para non condicionar o rexeitamento dun exterminio?

martes, enero 29

Nunca nos tiraremos a Carla Bruni


Los relucientes calcetines morado obispo de Pedro J. apoderándose de la portada de El Mundo aventuraban una entrevista gloriosa a Mariano Rajoy. Sólo podía cerrarse de una manera, con una foto para la Historia y un pie antológico al día siguiente. Tras ocho horas de exhausta conversación se ve al líder del PP dirigiéndose a una chaqueta colgada de una silla, y el periódico avisa: “Rajoy argumenta una de sus respuestas en su despacho de la calle de Génova. En primer plano, la americana del director de El Mundo”.

Acabaron el debate en Santiago (tiempo les dio a hacer el Camino), y allí hubo secretas confesiones de carácter más íntimo. Surgió, por ejemplo, Carla Bruni, y eso que se empezó aceptando Sangenjo como lugar de veraneo. Fue para que Rajoy nos sacara de dudas: dice Sangenjo por “esa manía de cambiarle los nombres a los sitios”, que curiosamente es la misma razón por la que, en realidad, hay que decir Sanxenxo. Sin embargo, apartada la hojarasca de la política e incluso su delicioso factor humano, Pedro J. le habló a Rajoy de mujeres. Probablemente a esas alturas las preguntas ya las estaba realizando la americana. Por eso la marea trajo algo aún más desconcertante: ¿haría él en el amor, Mariano Rajoy, registrador de la propiedad con plaza en Santa Pola, lo que Sarkozy? “Tenga en cuenta que soy de Pontevedra”, contestó el candidato sin inmutarse. “Allí no hay modelos-cantantes: o son modelos, o son cantantes”, tuvo que seguir.

La frase parece una variante formal de aquella dicha por Carmina Ordóñez para sacarse las preguntas de encima: “A mí plín / soy una Ordóñez Dominguín”. Rajoy, en cambio, prefiere apelar a su origen para negar futuro de donjuán, como si nadie en Pontevedra se hubiese divorciado alguna vez y se emparejase luego, respetando o no el luto, con una gachí más joven. O viene muy poco Rajoy o no le informan bien. Una de las gozosas obligaciones para con nuestros emigrantes es informar de los cuernos, los abandonos y las separaciones que se producen, para escándalo y sonrojo, en la querida sociedad local: son esos felices chascarrillos, muchas veces exagerados por el acervo popular, con los que no suele atreverse Clara Aldán, y mejor para ella (y peor para el Diario). Otra cosa diferente es que Rajoy, con su frase, quisiese subrayar sus escasas probabilidades de éxito: “¿Carla Bruni? Oiga, pero si yo soy de Pontevedra. Después de las pirámides, a dónde la llevo yo: ¿a los petroglifos?”.

Poco importaba: se había evaporado Bruni, y con ella el bravo perfume de su pasión. Quedó el ya famoso “yo soy de Pontevedra”, que con su éxito se postula a comodín de cualquier cosa, desde impuestos a terrorismo: será el particular “no tengo el chocho para farolillos” del PP. Claro que era el titular de la entrevista (¡de la campaña!), pero Pedro J. no lo vio muy claro. En lugar de eso, le regaló a Rajoy un cupón de los ciegos, agradeciéndole la entrevista y deseándole suerte, y le dejó torero la chaquetilla para que Rajoy se explayase con ella mientras él fue a estirar sus largas, poderosas piernas sin dar explicaciones. Al fin y al cabo, es de Logroño.

jueves, enero 17

Sarkozy guillotinado


Personas que lo han tratado de cerca hablan de él como de un seductor insaciable, no sólo de los votantes sino también de las mujeres. Nada malo en un hombre casado: seducir no es follar. Consta que es el primer aficionado a sí mismo: su hincha más fiel. Y cultiva con descaro la imagen de centrista apercebado: selecto, enjundioso y de tronío. En los últimos tiempos se ha dejado ver por Pontevedra, tierra madre de Rajoy, para darle aliento a Telmo Martín, que gusta de compañías modernas. Y llevó su cortesía hasta acoger en la capital del Reino a una delegación local del PP para contarle los misterios de la obra de la M-30, que Martín quería trasladar a Pontevedra: ese día se desprendió parte de la estructura, para chufla de BNG y PSOE. En nuestra ciudad disfrutó Gallardón de horas felices. Mediada la tarde se refrescaron Feijóo, Martín y él con las tres cervezas más grandes de un bar. Entre sus exhibiciones más conocidas, la de su ambición es la que más ha dado que hablar. Todavía retumba su frase: “No hay nada que yo no haya conseguido”. Ha sido tan precoz en todo que debería haber pensado en serlo también en la derrota. Últimamente lo he asociado íntimamente, con las graves diferencias que van de Francia a España, con Sarkozy, más allá de la sangre compartida con Cècilia bajo el auspicio de Albéniz: también Gallardón necesita sus chutes periódicos de notoriedad, el aire épico de un gobernante hiperactivo que no renuncia a nada y, peor aún, lo anuncia sin complejos. En las últimas semanas se supo que los ratones merodeaban su despacho. No se arrugó y siguió luchando: le rodeaban molinos más grandes. Ahora se emociona en público (otra de sus burguesas aficiones) lamiéndose con inteligencia las heridas. Como es listo, sabe que las derrotas más duras abonan a menudo las victorias más sorprendentes. Y si hoy traga el veneno inoculado, mañana encontrará dónde expulsarlo.

domingo, enero 13

Parados

Ha habido un cierto regocijo con el autor de la letra que El Mundo y Marca quieren ponerle al himno español para que la selección no se duerma antes de las pachangas. Resulta que el señor es un parado: un leproso casi hubiera sido más discreto. El periodismo no ha dado tregua y le ha dado rango de titular: ¡el himno era la banda sonora de Los lunes al sol! Desde que el Madrid pagó 30 millones por un Pepe no se había visto conmoción igual: un país en decadencia. Tampoco ayudó mucho el señor. En un arrebato existencial se confesó “un fracasado”: esa clase de cosas que se cuentan entre copas a los íntimos pasados los sesenta, pero que no suelen vocearse en la primera rueda de prensa que uno da en la vida. Y luego, claro, está la Historia. A finales del siglo XVIII, antes de la guerra con Austria, un capitán francés compuso una canción para animar a la tropa: con el tiempo y alguna variación aquellos versos se convirtieron en La Marsellesa. El God Save the Queen guarda un misterio épico: su autor es desconocido, data también del siglo XVII y nunca ha sido adoptado oficialmente. La defensa del Fuerte McHenry inspiró en 1812 a Francis Scott Key el himno de Estados Unidos. Y dos siglos después un parado de 52 años, jaleado por el director de un periódico, firma el himno español para que los futbolistas de Luis Aragonés vayan a la Eurocopa. Ya lo había intentado Trillo después de Perejil, entonando ‘Al alba, con viento duro de Levante’, pero no pudo ser. La radiación metafórica necesitaba madurar el mensaje: España es una nación cosida por el paro y el fútbol.

viernes, enero 11

Salvar a la familia

Uno de las noticias más conmovedoras que puede deparar 2008 es la victoria del PP: su triunfal llegada a La Moncloa entre cornetas, aplausos y pañuelos al viento arrastrados por muchedumbres bañadas en incienso clamando venganza y pasión y victoria. El espectáculo se ganará mi voto, y seremos unos cuantos: mi juventud se apaga, y las pocas emociones fuertes que me quedan necesito vivirlas con exagerada intensidad. Para irme complaciendo, Mariano Rajoy prometió ayer la creación del Ministerio de la Familia. Y aún mejor: lo hará para defenderla. La noticia es un salto cualitativo poderoso: el PP hizo oposición desde la imaginación, sembrando entre la población una ficción digna de Berlanga, y se propone seguir el modelo en el Gobierno. Si Zapatero tiene a Petit (y en sus mejores días, a Suso de Toro) Rajoy apuesta por los guionistas de 7 vidas: otra manera de entender España. Ítem más: si Sarkozy ha levantado, entre las felices humedades de su divorcio, el Ministerio de Inmigración, por qué no va a poder Rajoy implantar el de la Familia, sobre todo ahora que Rato, alejado del PP, disfruta a su católica manera de las bondades de la laxa moral que han traído a la democracia las veleidades progresistas. Tengo en duda que vaya Mariano Rajoy a defender a la familia mejor que cualquier Corleone (no cuenta con la misma variedad de ofertas), pero su concepto se asemeja: un núcleo fuerte formado por un matrimonio heterosexual que se haga acompañar de entre dos y tres niños vagamente felices. Eso es algo que en España necesita protección, tanta o más que el lince, porque ese concepto de familia está mal visto, cuando no es agredido directamente en la calle: yo he visto a familias saliendo apedreadas de restaurantes cuando se ha descubierto su oscura filiación. La prioridad nacional es conservar las más puras esencias: es urgente que en España siga habiendo padres, madres e hijos. Rajoy, que conserva una de las pocas familias tradicionales que ya quedan por Doñana, lo sabe, y se propone defender la institución a través de un Ministerio. O sea, que Álvarez Cascos vuelve a la política, y por la puerta grande.

lunes, diciembre 17

Empate a cero

En una alegre muestra más de vulneración sistemática de las tablas de la Ley que Moisés bajó, no sin esfuerzo, a sus desesperados fieles, esta semana Federico Jiménez Losantos le pidió a Mariano Rajoy que en los debates con Zapatero recurra a la mentira, el arma sobre la que ha instaurado precisamente Losantos su dulce aura. Que acabe la legislatura exigiéndole actos impuros o pidiéndole que no vaya a misa es lo de menos: allá la Iglesia y sus pastorcillos. Lo curioso es la doctrina: “Los datos en la tele los desmientes y dices: ese dato es falso. (…) Vamos a suponer que es verdadero: es igual, o tú o yo, empate a cero”. Por lo demás, el catecismo viene a ser un poco lo mismo: “No toleran la democracia, no me dejan defender España y están con la ETA”. Con el espíritu navideño empapando ya la Conferencia Episcopal, cuya radio ha ido desmontando con la verdad por delante uno a uno los bulos del 11-M hasta llegar a la sagaz conclusión de que ese atentado sólo lo pudo hacer E.T., Zapatero le regala El País a Sarkozy (y de paso la portada al propio diario) y le dice: “Siempre nos sacan juntos” con chiribitas de enamorado. El presidente quiere que Sarkozy sea lo que Blair fue para Aznar y despojar a Rajoy del influjo de su magnetismo macho y bravo. Lo que tiene que hacer el PP es desmentirlo y punto: ese dato es falso, empate a cero y el balón es mío. Qué más da. A estas alturas sólo faltaba ya que el Gobierno nos pidiera, solemnemente, que en estas Navidades comamos conejo: claro que sí, hombre, cómo no vamos a comer conejo.

sábado, noviembre 24

El viaje a ninguna parte

En la muerte de Fernando Fernán-Gómez (Fernando Fernán-Fer decía yo de pequeño: sepan disculparme) ha habido una fenomenal catarata de adjetivos en los periódicos y en las televisiones. Nada nuevo: cada cinco meses suele morirse el más grande (quizás con la diferencia de que éste, probablemente, sí lo fuera). El diario Público dedicó su portada precisamente a todo eso que inspiraba Fernán-Gómez, incluso un tierno “pelirrojo” que casi me hace llorar. Sin embargo, ninguno de los periódicos nacionales ha sido capaz de detectar la más genial de las virtudes del gran cómico. Ha sido el diario Gara el que ha publicado la exclusiva: en tiempos de tantos patriotas y abanderados, Fernando Fernán-Gómez no vivía en ninguna parte: cumplió entera la profecía de una de sus mejores películas. Nació en Lima “accidentalmente” y “fue inscrito en el consulado de Buenos Aires, durante una gira que su madre, la actriz Carola Fernández Gómez, realizó por Latinoamérica” (¡desde dónde, desde dónde!: huuuuy, al palo) pero no era de ningún país ni vivía en ninguna ciudad. Resulta imposible que en el elocuente obituario del periódico, donde se informa puntillosamente de su vida (mujeres e hijos incluidos) se pase por alto algo como el país en el que vivió y trabajó durante más de ochenta años el finado. Pero nada se cita, aunque hay por donde tirar: fue miembro de la RAE, se nos dice, y la noticia se fecha en un misterioso lugar llamado Madrid. Ocurrió así, y así hay que contarlo. Delante de Fernán-Gómez se encuentra uno un “veterano”, “maestro de escena”, “indómito” o “reputado cineasta” en diferentes tramos del texto. ¿Dónde vivió Fernán-Gómez? ¿Dónde rodó sus películas? ¿Dónde obtuvo sus grandes reconocimientos? ¿Dónde murió, dónde fue largamente llorado y dónde está ya enterrado? En nuestros jóvenes y nobles corazones vascos.

jueves, noviembre 22

Un lugar incómodo

El pasado domingo Suso de Toro se presentó con un artículo en El País sobre la tragedia del Prestige. Había por allí un alto contenido dramático, fruto de los tiempos por los que pasa un escritor sobre el que está abierta la veda. Pero uno nunca puede bajar la guardia ante la poesía: en el texto hay que prestar una singular atención a esa libreta impregnada de chapapote sobre la que se fue cimentando la heroica literatura que exigió el Prestige. "Me juré que iba a contar aquello y un juramento tiene sus formas así que mojé la pasta del cuaderno en el chapapote", dice el autor ya sin aliento. Algo después añade que nunca "escribí tan bien", lo que me llevó a recordar a esa pareja de voluntarios que se enamoró en las playas gallegas y que hace poco dieron un hijo. A ver si cinco años después, pensé desolado, fue a merecer la pena el Prestige.

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Hace sólo una semana Suso de Toro fue entrevistado en el mismo diario a propósito de su libro Madera de Zapatero, que ha supuesto un duro desafío para su ojo crítico e independiente. Las disecciones entomológicas del libro en internet se han sucedido desde el primer día, y hasta en el propio periódico en el que colabora el autor gallego no han tenido mucha paciencia con él. Ya Suso de Toro avisó antes que nadie: el libro es una alfombra roja que él extiende sobre el presidente. Ayer mismo en un foro con internatutas se le instó a decir (¡por favor, por favor!) algún "defectillo" de Zapatero: "Sus defectos más que por defecto son por exceso. Tiene grandes virtudes: un carácter fuerte, es decidido, arrojado, confiado en sí mismo y sus defectos pueden ser el exceso de esas virtudes". El titular de aquella entrevista, por lo tanto, es antológico: "Sempre me sitúo nun lugar no que son incómodo para o poder".

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A Suso de Toro no se le puede negar cierto sentido del espectáculo.

domingo, noviembre 11

Por qué no te callas

Fernando Fernán Gómez después de una mala siesta no podría hacerlo mejor. La reacción del Rey con Chávez lo tuvo todo: Zapatero templando gaitas (“por supuesto, por supuesto”), un bruto interrumpiéndole fuera de micrófono, creyéndose Nacho Villa, y el monarca desesperado, con mala digestión, inclinándose hacia delante y soltando la mano: “¡Por qué no te callas!”. Fue un “váyase a la mierda” en versión real, bañada por la sangre azul. Pero si llega a tener la corona puesta se la tira a la cara.

El Rey lo que ha hecho fue llevar al extremo ese graciosete dicho de que es muy campechano y que pasa mucho del protocolo: le faltó un lapo ejecutor después de la frase y una pedorreta antes de pirarse a cazar osos. Consta que lo fabricó, el lapo, y lo bajó a galerías, pero finalmente lo debió de engullir: una lástima.

Por lo demás, quedémonos con la trascendencia del momento. Por primera vez en muchos años España recibe una frase a la altura de las que forjaron, no sin mérito, el imaginario popular. Tras “se sienten, coño” y el célebre “Andreíta, cómete el pollo”, llega a los politonos el “por qué no te callas”, del que se espera una versión remix para amenizar las pistas de baile. El destino natural de las sentencias históricas es su comercialización: vulgar, pero rentable.

Eso sí, el PP ha reprochado a Zapatero su tibieza. Se le riñe por no haberle pegado dos tiros a Chávez. Y subrayan su ridículo porque el Rey sí defendió la patria, encarnada insólitamente en Aznar. Pero miren, pudo ser peor: pudo aparecer Sarkoman volando con el último azafato del Chad agarrado en una mano y cosiéndole la boca a Chávez con la otra antes de tomar rumbo a París. Vive la France!

miércoles, noviembre 7

Eso dicen

Tony el Gordo, el célebre mafioso de Los Simpsons, se despide en las escaleras del Tribunal de Justicia de su viejo amigo Bart, al que en el juicio acaba de llamar, implorándole perdón, Don Bartholomew. Le presenta sus disculpas y luego le anima a continuar la senda del chantaje y la extorsión. Bart le replica airado: “No. He aprendido que el crimen se paga”. Y Tony suspira (“Sí, eso dicen”) antes de entrar en una limusina de la que surge el brazo de una rubia extendiendo una copa de champán. Por la familia Simpson no pasa el tiempo: sus episodios envejecen tan bien como el vino, y no será porque Antena 3 lo tenga ya bien exprimido. Pero sus metáforas presentan una salud envidiable. En mayor o menor medida, la impunidad a la que se refiere Tony el Gordo, escenificada en ese gran coche y una rubia de burbujas, lo simboliza todo: el sospechoso que se va con la música a otra parte dejando atrás un reguero de calamidades. No pudo ser casualidad que después apareciese por la televisión José María Aznar presentando uno de esos libros por los que Planeta le pagó 100 millones de las viejas pesetas. Su título es estomagante: Cartas a Santiago, un joven español. Aznar quiso hacer de España su pequeño imperio recurriendo a bodas políticas repletas de invitados tan ajenos a su vida privada como provechosos para su vida pública y una asociación criminal con los Estados Unidos con un objetivo placentero, aún a costa de la guerra: poner los pies en la mesa del patrón y dejarse fotografiar por el Destino. Luego el Destino le retrataría con la mano de Bush en el hombro, con esa sonrisa boba que se nos pone a todos cuando el jefe tiene con nosotros un detalle cariñoso (que en su caso, por representar a un país, es puramente humillante). En el suplemento Crónica de El Mundo se han publicado ya varios párrafos deslumbrantes de este templado biógrafo de nuestro tiempo. Nada más emocionante ahora mismo que leer a Aznar escribiendo sobre España: sus episodios nacionales pasados por la aspereza de su bigote y su fino cabello pucelano. “España es, no sólo una nación, sino una de las grandes naciones del mundo”. El aldeanismo ideológico de la afirmación es enternecedor: Aznar se quedó en Villatripas de Arriba y Villatripas de Abajo. Todavía se enfada porque haya ciudadanos a los que les importa un pito haber nacido en la nación más gloriosa que vieron los siglos, y que prefieren ser felices en su barrio y a veces en su casa, porque son conscientes de que pudieron haber nacido en la Casa Blanca o en una patera. Yo puedo nacer rubio y ponerme a defender la causa de los rubios, pero para eso ya está Isabel Tocino, que ni me consta que naciese rubia. El alegato de Aznar a Santiago, que tiene pinta de ser la respuesta del de Savater a Amador (quizás porque Amador era el hijo de Savater, y Santiago son las manifestaciones madrileñas de Aznar que luego Esperanza Aguirre multiplica como panes), sigue por la senda de la autoafirmación nacional. Que Aznar sea después el gran azote de los nacionalismos no deja de tener su encanto: él, el más desesperado de todos ellos. La impunidad hoy en España le debe mucho a Aznar, aunque lo suyo en Irak todavía no haya sido tipificado como delito. Bien mirado, el delito sí está tipificado: lo que aún no está tipificado es él.

jueves, noviembre 1

Xoguetes

Houbo algo estupendo despois do pico de audiencia do xuíz Gómez-Bermúdez nas televisións dando conta dos acusados do 11-M. Cando acabou de recitar ese felis “debemos condenar y condenamos”, a publicidade cuspíu de repente unha morea de xoguetes. Foi tan rápido que por un momento pensei que Gómez-Bermúdez finalizara o resumo da sentencia cun elocuente “bi-bi-bizak”. Saín automáticamente á porta e Pontevedra seguía a locer un sol espléndido, pero a publicidade xa dictara a súa particular sentencia: comezou o Nadal. Con todo, eu non podía prescindir da casualidade. Había algunha oscura relación entre o xuízo (o seu efecto final) e os xoguetes. Non tardei en sabelo despois de ir, da man dos acontecementos, aos foros paranoicos da nosa máis querida extrema dereita (“he leído en algún sitio que la esposa del juez Bermúdez contará en un libro lo que no diga su marido en la sentencia, ¿me estoy volviendo loco?”, pregunta un). Pasou que o xuíz acababa de cargarse un xoguete político, e a moitos tocáballes recoller os cascos vacíos da Fanta para liscar dese cumpreanos infame. Do 11-M queda xa, amais do silencio dos mortos, algunha condena fantástica. A Zougam caéronlle 40.000 anos. Isto é, tería estado en prisión antes da derradeira glaciacion (e aínda seguiría dentro) e, no entanto, só se lle fai cumprir 40 e con sorte. Países máis serios, mediciña mediante, faríalles cumprir a sentencia íntegra: 400 séculos, e ollo que non lla amplíen.

domingo, octubre 14

Los normales

Mariano Rajoy se hizo muy famoso en su país, España, cuando proclamó la apabullante doctrina de su organización política, el PP. Dijo que a la gente no le importa la memoria histórica sino las hipotecas, el precio del pan, los sueldos y el día a día. En otro momento dijo algo brutal que todavía resuena en los salones de la Historia, como el I have a dream de Luther King: “Queremos ser un país normal de gente normal. Éste es un partido normal”. Y esto último lo dijo Rajoy señalando las siglas, por si alguien pensaba que hablaba del Betis-Palamós. De aquella normalidad trascendental, de la que se empaparon los acólitos en manifestaciones repletas de cánticos normales, tipo “Zapatero terrorista” y “santo, santo, santo / yo te canto / santo de mi devoción”, llegó en pocos meses el éxtasis: un vídeo estremecedor en el que Rajoy volvió a hablar de lo que realmente le importa a los españoles. Ésta es su normalidad, vista en perspectiva: que por un día los españoles manifiesten su orgullo de serlo y que hagan algún “gesto que muestre lo que guardan en su corazón”. Ahí está el precio del pan y la subida de las hipotecas: el día a día, vamos. Y sobre todo el orgullo de haber nacido en España, después de nueve meses de dura lucha. La avalancha de normalidad se cerró con una petición: honrar y exhibir la bandera. Yo debo estar entre los españoles que prefieren honrar a un váter: me ha sacado de muchos más apuros. Pero esto probablemente no es normal: más bien, lesa traición. Sí lo es ver a Rajoy envuelto en naftalina en ese vídeo que a tantos le chirría. No va a chirriar, si le faltaba el bombo.

sábado, septiembre 29

Dinamarca

El Mundo informaba ayer con luctuosa solemnidad de una nueva quema de fotografías del Rey. Ya tenía poco dinero la Casa Real para que ahora se ponga de moda comprarles los souvenirs: acabaremos agotando la vajilla oficial de la boda del Príncipe y de paso la del Real Madrid para romperlas en la calle. Este es un país desnortado que mira de vez en cuando a Cataluña para que la derecha pierda los nervios: ¡queman fotografías del Rey! Qué carajo: mientras no quemen al Rey. Aquí la cuestión es que se le da rango de noticia y debe de serlo. Las noticias, que antes se producían de forma natural, como un parto, ahora las señalan los periodistas en función del entremés. Como toca crispación, y hay dos tontos en Cataluña que le sigue el juego a la derecha, salimos a la calle a quemar fotos del Rey. Yo si viviese en Madrid saldría hoy mismo a quemar un foto de Oleguer. ¿Por qué? Para joder. “No porque me importe mucho”, diría al atento periodista: “es que es muy malo”. Así se cose la actualidad y por ese camino hierven hoy los titulares. No conviene informar de los suicidios, por aquello de la emulación. Y ahí salen los olegueres después de leerse El Mundo a encenderle el mechero a la corona para verse en televisión y señalarse con el dedo. Lo que no entiendo es de dónde se saca tanto souvenir monárquico: ¿guarda papá los posters de Su Majestad debajo de la cama? Recuerdo que cuando se montó aquello de las caricaturas danesas de Mahoma, al día siguiente salían miles de palestinos recorriendo Gaza y quemando banderas de Dinamarca. Yo me preguntaba: ¿pero quién carajo vende banderas de Dinamarca en Gaza? ¿Es una industria floreciente en la Franja? De ese sospechoso hilo hay que empezar a tirar.

lunes, septiembre 24

Lengua y patria

La escena es singular y hasta diría uno que sintomática, sino fuera porque Boadella despejó el diagnóstico hace tiempo y catalogó aquello como una enfermedad, lo que bien mirado no deja de tener hasta su gracia: sobre todo desde la distancia. El chico castellano llega a la facultad de Medicina de una capital catalana y allí el profesor le saluda con un expresivo, o algo así porque ellos no saben el idioma, bienvenidos a Cataluña y esto es una nación y aquí hablamos catalán. Después del calor de la bienvenida y del fuego amigo, porque el chico es de izquierdas y no vota a IU y PSOE por “blandos”, la clase (que ha entendido cuatro o cinco palabras sueltas de la primera perorata enmascarada de lección, tanto da si de medicina o si de ideología) se empieza a conocer con franqueza, en los pasillos y en las cafeterías, y se da cuenta de que allí hay cuatro chicos catalanes, y el resto (el 97%, más o menos) son alemanes en Mallorca. Las clases transcurrirán en catalán, eso tanto tiene: para el año viajarán a Bolonia, a por otro Erasmus, y acabarán sabiendo tres idiomas. El tacto poco importa, y si el catalán tiene que entrar a pelo, de un solo golpe y batiendo las puertas, que entre. Más vale así. Y si el vino es bueno y percibo algún fachilla, digo que a mí me parece bien, aunque no lo piense. Si Cataluña tiene un idioma no es para meterlo en el cajón a conveniencia, digo, y luego busco con la mirada algo que me relaje mientras masco el desconcierto de la tertulia y le prendo lumbre al pito. La cosa es que el chico ha hecho unos amigos que su padre, con cariño, llama independistones: gente maja y protectora que no se separa de él. En la última llamada a casa pidió que le trajesen la bandera de la Castilla Comunera, pero no la de la España republicana. Y la bufanda y la camiseta del West Ham, su segundo equipo: la del Madrid para el verano, que es blanca. Todo esto se cuenta al calor de la tertulia familiar, entre risas, bajo las chanzas de gente muy trabajada en la cosa de la ideologías, sobre todo cuando las huelgas universitarias del franquismo y la pelea de algo que ahora parece tan vano como la libertad. El problema, deducen ellos, es el profesor que entra en una clase de Medicina y proclama, a modo de Viva España, que Cataluña es una nación: la más de todas. E imparte las lecciones de la Medicina sostenidas por el hilo subterráneo de las consideraciones políticas, como si a la pulmonía, a la hora de atajarla, haya que presentarle batalla con el espíritu imbuido por la barretina: y prosigue, él y los suyos, como un ejército arrollador que todo lo puede con el verbo, porque en el principio efectivamente era el verbo y luego probablemente ellos. El problema, deducen, es la clase pesebrista (en el profesorado, en la medicina y en la vida) que desde hace ya muchos años crece imparable bajo el paraguas de una cierta idea que muchos han acogido como propia no por un asunto sentimental, sino puramente económico. Y se hacen fuertes a medida que arrinconan a todo lo que huela a España, que desprecian en su ignorancia inútil, pero no pierden el tiempo a la hora de abrazar a un alemán y llevarlo de ruta para que comprendan la grandeza de la nación, su naturaleza torturada y la épica que se respira en el Catalonia is not Spain. Para medrar, saben desde hace años, basta presumir de tener la nación más larga que la del vecino y esforzarse en el adoctrinamiento para el día de mañana vislumbrar la blanda luz de un despacho que ilumine de noche las tetas grandea de una secretaria orgullosa de servir a uno de los más eficaces y lustrosos señoritos de la nació. Pura nomenclatura, pero hasta a veces eso garantiza alguna mamada suelta. Como las chupadas artísticas de la dulce exaltada que cada año promueve, untada en subvenciones, el porno en catalán atendiendo a razones morales: el cunnilingus patrio. Porque ni siquiera en la cama hay tregua. Ya lo comprenderá mi primo.

jueves, septiembre 6

Afíliate

Despois de tantos anos de PP, estes tempos vexo, entre a preguiza e o desconcerto, os vicios dun nacionalismo que algúns, poñéndome a man no lombo, me din que “é noso”. Eu nunca tiven ‘espíritu nacional’. Nin ese solemne plural maiestático que me empuxa directo a unha misión divina. “Gañamos”, escribíronme nas eleccións. Pero non gañara: eu non gañei nunca. A miña opción era sacar de aí a dereita: non vela paseando a súa faciana polos vilas recollendo os lambetóns dos seus caciques. O peor foi escoitar (¡e entender!) as reaccións. E sacarse a etiqueta para saír de novo a intemperie. Hai xente que pensa que un se retrata cando escribe, pero nin iso. Hai que restarlle trascendencia: ás veces un escribe por non poñerse directamente a calcetar. Unha prosa feitiña, claro: hai que traballala. Pero logo está a Brunete, que non descansa. Só hai algo peor que os nacionalismos periféricos: o nacionalismo central e o seu exército marcial encomendado a Deus, nin máis nin menos. A mín xa me dá un pouco de pudor meterme co BNG por se acaso ao día seguinte a Cope vai e coincide comigo. Non vou deixar de facelo, se hai razóns e ganas, pero esta xente mete moito medo. O outro día cheguei aquí e citábase a un tipo que fala do adestramento ideolóxico dos nenos galegos feito a través... do ¡Xabarín! Os argumentos non teñen prezo, pero a conclusión é grandiosa: chámase directamente á revolución. O condenado porco.