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viernes, septiembre 1

Arriba España

Una de las grandes rémoras del franquismo es la apropiación exclusiva, en delicioso copyright añejo, de la bandera española y del Viva España. Tampoco los herederos han hecho mucho para que el acceso de la población a estos curiosos símbolos sea universal: los muchachos de polos azul marino con cuello rojigualda y la charanga ultra que crece en los barrios altos de Madrid vela por su legado con el mismo celo que un cerdo vigilando sus bellotas. Pero no es excusa: que a la izquierda le acompleja España es un hecho demostrado no sólo por la permisividad con que se observa las cacicadas fascistas de Esquerra sino incluso por el peso de la Historia: hasta no hace mucho el problema, grave, ya no era que a la izquierda le acomplejase España, que tiene un pase, sino que le acomplejaba ETA, lo que bien mirado es terrible.

Recuerda uno una larga y sentida entrevista a Joaquín Sabina hace quizás un lustro en la que el cantautor reconocía su complejo personal con la banda, ya sacudido, e instaba a la sociedad, en especial a la izquierda, y más aún en especial a los artistas, a denostar en público a los terroristas. A Sabina le hicieron poco caso. La canción-protesta en España siempre ha mostrado interés por asuntos más serios que el asesinato indiscriminado: el paro, la policía, incluso el cadáver Franco. Quiere decirse que la canción protesta pero no es tonta, y no era cosa que los descarriados empezasen a cargarse músicos. Hace poco he visto que Sabina reemprendía su personal batalla no contra ETA sino contra el miedo a España, y le dedicaba a una dolorosa canción en su último álbum, Mater España, escrita por Francesco de Gregori. "Mater España, más guapa que ninguna", se atreve Sabina.

Pero treinta años después de la feliz agonía del dictador todavía hay un miedo reverencial al concepto de España: como si las cadenas de la dictadura todavía arrastrasen sus amenazas por los sótanos de la Historia. En Galicia, por ejemplo, los nacionalistas no suelen pronunciar la palabra España (uno juraría que no la pronuncian nunca). Por miedo, por complejo o porque, en el mejor de los casos, niegan la existencia de España, al menos lingüísticamente. Una de las grandes atracciones del Mundial de fútbol será observar los esfuerzos de contención de muchos nacionalistas si a la selección se le da por ganar más de un partido: al final de la tanda de penaltis de los octavos de final del Mundial de Corea, en la que Casillas hizo unas paradas de infarto, se formó rápidamente en un bar una cola de gente que se iba metiendo en el baño, cerraba por dentro y apretaba los puños en silencio con evidente furia española.

Viene todo esto a cuento porque el partido Ciutadans de Catalunya, una plataforma de intelectuales de izquierda antinacionalistas, realizó su puesta de largo en Madrid. Y allí, Arcadi Espada finalizó así su discurso: "Y ahora me permitirán que firmemente, aunque sin énfasis. Con frialdad y en caja baja. Seco, sinecdótico y sin música les diga viva españa". No estoy por los vivas ni por las naciones. Si algún día soy objeto de una de esas entrevistas telefónicas en las quete preguntan si me siento más español que gallego les diré la verdad: me siento flex. Desde hace tiempo soy pasto de la banalidad. Uno se limita a criticar la intolerancia y a defender sus puntos de vista, a menudo contrarios a todos. No espero decir nunca Viva España, pero no por miedo o por complejo, sino porque a mí, como a Savater, España me la suda. Y si algún día lo digo, que no lo diré, espero ser como Cela, que al ver en un cóctel en Argentina a una elegante dama rajando de la España de Franco logró llevársela, horas después, a la cama, y cuando estaba ella a punto de llegar al orgasmo, entre gritos imposibles, el escritor le chilló: "¡O gritas ahora mismo Arriba España o te la saco!". Un patriota, el caballero.

Los nuevos amos de la grifería

Tiene uno la sensación de que la única forma de hacer justicia con Juan Antonio Roca, el asesor de Urbanismo de Marbella, es utilizar la piel de su espalda a modo de alfombra a la entrada de cualquier Audiencia provincial. Todo el recauchutado millonario de sus cuentas corrientes empalidece cuando la televisión reposa sobre sus bienes animales: su oso polar disecado, la cabeza de su cervatillo, la piel de cebra sobre el suelo y esa maravillosa pata de elefante auténtica haciendo de paragüero: el paragüero de la democracia. Pero el mal gusto no es insólito. No es casual que sea la costa española la que más especies acumule de esos trasnochados ladrilleros que no dudan en colgar un Miró encima de un jacuzzi: lo primero que hizo Tony Montana con sus montañas de millones de dólares ganados con la cocaína fue comprarse un tigre y decorar el recibidor de su patética mansión con un gran centro en el que se eleva un globo terráqueo sobre el que podía leerse The World Is Yours.

No he dejado de darle vueltas al figurón de Montana retratado por Brian de Palma en Scarface mientras leía artículos y reportajes sobre el figurín de Marbella. Aquello eran los setenta en Miami, pero en los ochenta Laureano Oubiña todavía manejaba Pazo Baión en Cambados y disponía de una flota de automóviles de lujo tan exagerada como su impunidad. Después de la Nécora de Garzón se hizo imposible construir un imperio ampuloso y puramente recreativo al amparo de la cocaína: los grandes narcos de hoy no tienen grifería de oro y palacios de diamantes, y si los tienen, no los exhiben. Ha sido el ladrillo el que ha tomado el testigo de esa jauría de depredadores a los que los millones estéticamente les quedan como a un lord inglés una boina. De todos ellos, unos han logrado sobrevivir y otros se han quedado tirados en la cuneta del mal gusto, mordisqueados y ninguneados por la jerarquía de la alta cuna, zarandeados por los medios e injustamente estigmatizados a causa de su escasa educación por una sociedad incapaz de comprender que muchas veces el dinero es una cuestión de instinto y no de másters acumulados sobre carreras inservibles. Los que ha intentado sobrevivir lo han hecho refugiándose en la comodidad de la discreción y entre los segundos hay quien ha respondido al rechazo comprándolo todo, incluido el rechazo mismo, o quien se ha retirado a sus cuarteles de invierno empapados en oro con la herida del resentimiento sangrándolo todo. Los más son los que mejor uso han hecho del dinero: comprarlo todo y convertirse en amo, porque al amo no se le muerde la mano.

Roca era de éstos. Que un ingeniero en minas en paro llegue a Marbella y en quince años conserve un zoo disecado en cualquiera de sus palacios y se desplace en helicóptero no es algo que pueda hacerse con una discreción exquisita por más que se haya mostrado reacio a salir en los medios (salvo que ahora nos enteremos de que la policía investiga delitos financieros leyendo el Hola!). Si antes no sacaron al pájaro de la cueva ha sido porque tenía a un ejército de siervos plegados ante él por unas pocas migajas de sus millones conseguidos gracias al más viejo oficio del mundo: extender la mano antes de hacer un servicio. A quiénes les ha hecho el servicio y por qué la pirámide corrupta han gangrenado todo el eje administrativo y policial de Marbella va a ser algo digno de una curiosa atención ahora que empieza a descubrirse. Sobre todo desde Galicia, con su larga costa atada históricamente a las cadenas de las grandes promociones urbanísticas y la recalificación interesada bajo la pesada tiniebla de la sospecha.

domingo, julio 9

Familias

Una de las cosas más coherentes de la estancia del Papa en Valencia fue la visita a los Reyes de España después de defender en su discurso el "valor insustituible" de la familia: "núcleo esencial de la vida". Probablemente no haya familia en España que encarne tantas virtudes vaticanas como la Familia Real: perfectos matrimonios heterosexuales sellados ante los ojos inescrutables de Dios y niños rubios por doquier sonriendo en los fotomontajes. Fue una lástima que Benedicto XVI no repitiera esas palabras delante de ellos para ver la reacción de Iñaki Urdangarín o Jaime de Marichalar: probablemente le hubiesen cubierto de besos el Anillo del Pescador. En este país nadie sabe tanto del valor insustituible de la familia o del núcleo esencial de la vida como ambos. Ni siquiera los Corleone tenían un concepto tan alto de la prole. Es Urdangarín, y no Letizia Ortiz, que bastante tiene con el futuro peso de la corona, el prototipo del señor católico que llega al paraíso antes incluso de morir gracias a la Familia: núcleo esencial de la vida. No son los únicos: bajo el sagrado cobijo de la sangre azul de los Borbón se mueven hoy tal cantidad de millones que haría empalidecer al propio Papa. Familias como ésas ya van quedando pocas en el mundo. El tintineo del apellido es el de una caja registradora, y primos terceros, cuñados de cuñados y familiares políticos se aferran a él como a un clavo ardiendo para adquirir posición, ganar influencia y verse obsequiado: ninguna de las tres cosas implica trabajar, que es un sacrificio muy católico, pero ya bastante hacen con formar sus propias familias tradicionales, hoy en peligro de extinción por la acción de Zapatero y los homosexuales. Que son, y esto lo piensan pero no lo dicen, como una plaga

jueves, junio 1

Salieron putas como su padre

Cuatro emite ahora, de madrugada, en homenaje a Maradona y a su audiencia más friqui (la de Cuatro y la del propio Maradona), el programa La Noche del Diez, que arrasa en Argentina. Obviamente, llega a España con unos meses de retraso, pero ofrece momentos intemporales, que se pueden disfrutar seis horas o seis siglos después. El programa comenzó el martes a las dos de la mañana, y hubo que zapear en el porno de las cadenas vecinas hasta llegar, de sorpresa, al momento cumbre: Maradona recibió como invitado a Joaquín Sabina. Se abrazaron y se besaron mientras Sabina celebraba: "¡Yo también me he quitado de todo!": parecía un reencuentro familiar a la salida de A Lama. Se sentaron en una mesita cubierta por un cristal sobre las banderas argentina y española, firmadas por ellos mismos. En sus buenos tiempos allí estaría acumulado el 70% del Producto Interior Bruto de la República colombiana. Algo así no se podía deber a la casualidad, y cuando empecé a preguntarme por dónde andar ía el 30% restante, apareció una caja gigante en el plató, y de ella salió Charly García.
La entrevista no tuvo un sólo segundo de desperdicio. Sabina aportó su lucidez habitual, su deshuesado sarcasmo, su canallería socarrona, todo ello regado de cierta demagogia a la que los argentinos tanto deben y con tanta euforia celebran ("¿en Nueva Orleáns no prevén los huracanes y en Cuba sí?", dijo el artista). Maradona, sin embargo, dio mucho más juego: llegó al programa en helicóptero, quizá en homenaje de sus tiempos desmadrados, se maquilló como Marlene Dietrich y desvió todo cuanto pudo la mirada de Sabina para atender al apuntador, o las tetas de una de las minas ("menos mal que vengo solo", dijo el bribón de Úbeda rodeado de azafatas). Las preguntas de Diego tuvieron milagrosamente la misma coherencia que él: empezó queriendo saber cómo se había tomado Madrid el 11-M y, después de una pausa para consultar con la mirada al apuntador, o las tetas de la mina ("éste, Joaquín..., che, éeeeste...."), le preguntó por Argentina. Ahí Sabina estuvo poco ágil. "¿Argentina después del 11-M, quieres decir?", tuvo que haberle preguntado.
Además de Charly García saliendo de una caja gigante, el programa tuvo un ramillete de momentos patéticos. Uno de ellos, para mi desilusión, lo protagonizó Sabina recitando una canción fulera a Maradona, que tan mala era que el poeta se disculpó ("la hice corriendo en el camerino con Baglietto", dijo poniendo al uruguayo en la picota). El otro momento es ya parte de la escenografía legendaria de Maradona: el plató se inunda de grandes cartelones que cuelgan del techo, el público se saca la camisa para mostrar unas camisetas con la misma frase ("papá: te queremos") y aparecen corriendo dos mozas bien alimentadas para colgarse del cuello de papá: Dalma y Gianina. Lo que sigue ya salió en la tele muchas veces, tantas como el gol de la mano de Dios. Los tres se abrazan gritando frases ininteligibles mientras caen ríos de lágrimas. Maradona olvidó el maquillaje: la Dietrich tenía más clase. ¿Lo mejor del programa? Joaquín Sabina, por supuesto. "¿Qué tal las niñas, Joaquín?", le pregunta Diego. "¡Estoy aterrorizado!", dijo con una carcajada el cantante: "Salieron putas como su padre".

sábado, mayo 20

Los fantasmas de Almodóvar


Cannes ha resuelto miserias: envuelve en las tinieblas del ridículo al oficialista Howard (blanco y menesteroso, le dicen los popes) y cubre de oro a Almodóvar, el cineasta al que, llamando a las puertas de Gardel en homenaje a su película, las mieles del tiempo platearon su sien. La crítica se levantó ayer a ovacionar Volver, esa película con la que Almodóvar rastreó las raíces de una cultura densa y húmeda: la cultura de la muerte, a la que La Mancha (¡y Galicia!) le deben tanto. Se respira en Volver el aire marchito de un cementerio mal cerrado. Es una película hecha de momentos a la que uno dejaría flotando en la ambigüedad del desasosiego, sin preocuparse de apretar las tuercas del argumento y ofrecer coherencia: el arte ha empezado a dejar de lado la coherencia y abrazarse al destino, que no tiene nada de coherente, ni siquiera de destino. Por eso, bajo este peculiar prisma de aficionado tercermundista, yo acabaría la película atando a los tobillos de la Maura unas largas cadenas oxidadas para que, en sus paseos nocturnos por las desiertas calles de los poblachones manchegos, resonasen con furia enterneciendo a las que, como la maravillosa Portillo, siguen creyendo que hay vida más allá de la muerte, y muerte más allá de la vida después de la muerte.
Me gustó Volver y, como siempre me ocurre con Almodóvar , me gustó desde la lejanía, una vez pasado el tiempo, para ir encontrando el poso que el cine de este hombre deja en los vasos aparentemente vacíos de carmín y aire. Decidí que la melena negra de Penélopeatizada por el viento, las hojarasca furiosa arrastrada por la tierra del cementerio y pegándose con fuerza a las lápidas, y los gritos en mitad del vendaval entre las mujeres el Día de Difuntos, con esos letrones que anuncian una película de Almodóvar bajo esa pátina tan sutil (ALMODOVAR) era la escena (ESCENÓN) de la película. Recuerda uno de esa forma el comienzo aunque ya no esté seguro de que haya sido así: lo que ha hecho grande a Almodóvar es la libertad, para sí y para los suyos, que somos los nuestros. Por eso recreo una escena que creo haber visto de una manera pero que (quizás, ojalá) la he reinventado de otra.
El caso es que después va estallando la primavera de la nostalgia desgajada en una canción a la que Morente pone voz y Penélope ojos en otra de esas escenas condenadas al patibulario de la eternidad (Tengo miedo al encuentro con el pasado / que vuelve a enfrentarse con mi vida / tengo miedo de las noches que pobladas / de recuerdos encadenan mi sufrir), con su madre agachada en el asiento del coche, tan orgullosa que no parece un fantasma, y el cine, nuestro cine de Eliot (Abril es el mes más cruel / criando lilas de la tierra muerta / mezclando recuerdos y deseos / removiendo turbias raíces con lluvia de primavera), vomitando lágrimas secas. Así transcurre Volver y así nos ha ido transcurriendo Almodóvar, redibujándose una vez más en un ejercicio artístico que funde el narcisismo estético con una moral ejemplarizante y desnuda. Almodóvar (en fin, Pedroooo) ha saqueado Cannes de aplausos y ha cubierto con oro la infamante y previsible banalidad (¡y yo adoro la banalidad!) del mamporreo millonario de Hollywood.

lunes, abril 24

Vicios de periodistas

Como era de prever, Bernardo Provenzano alentó el grueso de grandes reportajes de la prensa internacional el pasado domingo. La historia se prestaba: un capo invisible detenido en un cobertizo donde malvivía amasando una fortuna para la Cosa Nostra con la ayuda de papelillos de papel: unos los fuman, y otros prefieren engrasar la mafia (es muy probable que la policía española encarcelase a los primeros). Uno de nuestros enviados especiales, sin quererlo, retrató a (parte de) la profesión. Relata con candor: "Un carabineri detuvo nuestro coche. Le dijimos que éramos periodistas y nos disculpamos por no llevar el cinturón...". Aunque patética, no es inusual la coartada. Yo ya conozco algún caso en Pontevedra, tipo "perdóneme, es que soy periodista". "Ah, muy bien, pues nada. A tope. Mire, allí adelante está cruzando una señora. Si se da prisa igual se la lleva por delante".

La práctica debe tener su orígen en el suceso, el acontecimiento periodístico por excelencia. Uno llega al derrape y deja el coche donde puede: ahí adquiere el pecado categoría de venial. Lo que no se termina de entender es que el pasaporte se le extienda a las narices del agente cuando la velocidad es inadecuada o el coche se deja en segunda fila (en primera, si hablamos de ciertas calles de Pontevedra). Habría que explicar a la sociedad por qué la impunidad del periodista al volante es mayor que la del panadero o la del abogado. A lo peor incluso lo que hacemos al escudarnos con nuestra condición es la de no estar a la altura.
-Mire, ya sé que voy a más velocidad de la normal, pero es que soy periodista.
-Ah, pues nada: usted perdone. Si nos necesita para interpretar alguna otra señal, no tiene más que pedirlo.

Al final, los días inciertos de la Semana Santa han desembocado en una entrevista-río entre Pedro J. Ramírez, director de El Mundo, y el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que se ha prolongado dos días. Cuando Pedro J. Ramírez acude a La Moncloa para hablar con un presidente del Gobierno nunca se sabe quién está entrevistando a quién. Si uno se atiene a la fotografía de portada no se despejan las dudas: los dos de tú a tú, a un lado y a otro de la mesa. El titular parece de Zapatero. Dentro, una foto de ambos paseando por los jardines de Moncloa, habitual estampa del periodista desde los tiempos de Aznar. Cuando el bombardeo gráfico del presunto entrevistador es de tal calibre, uno tiene una prueba infalible para saber quién es el protagonista: acudir a la última respuesta. "Por cierto, podría usted decirme por qué no hay una mujer dirigiendo un gran periódico nacional". "Por la misma razón por la que no ha habido una mujer presidenta del Gobierno... ni siquiera secretaria general del PSOE". ¡La entrevista era a Pedro J!