Me he trasladado! Redireccionando...

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lunes, enero 26

Malkovich

Yo no sé si soy Anxo Quintana, porque he flaqueado siempre en las cosas de la identidad, aunque sé que hay mucha gente que lo es y aún más que aspira a serlo. Hubiera estado bien ser Beckham, qué sé yo, o Woody Allen. Pero la nación exige, y denantes mortos que escravos por mucho que alboroten las mujeres. Miren el vídeo del BNG, en el que aparece Quintana como un Espartaco de elegante traje sin corbata entre sucios esclavos: un Espartaco Santoni. Hay cosas que no encajan, pero en la imperfección está el encanto y además se trata de la primera obra audiovisual madura, aunque tendrán que hablar los críticos, de Antón Reixa. Por lo demás, cualquiera que tenga dos dedos de frente sabe que cuando el profesor se da la vuelta después de un gomazo y pregunta quién ha sido, la clase entera, ceñuda, señala al culpable. Y si resulta que por un extravagante ataque de dignidad todos somos uno, lo primero que se hace es subirse a la mesa, que eso lo tenemos muy aprendido. De momento algunos aún andamos buscando la gatera por la que colarse para ser Anxo Quintana y meterse en la complacida barba del líder, como aquel Cusack feliz que encontraba la prodigiosa manera de ser John Malkovich. Cómo ser Anxo Quintana: gobierne también usted el departamento.

viernes, enero 23

La vida inversa de Maika Bernal

La Primera lleva dos semanas recordando el crimen de Fago, aquel en el que apareció una mañana el cadáver del alcalde. A uno le gustan las cositas que la ficción hace con la realidad, muy en contra de la ortodoxia periodística. La verdad atrae, pero también la verdad en diferido, si sólo ésa puede ser la única manera de contemplarla. Fago (el de los periódicos y los telediarios) era un Gran Hermano voraz que todo lo consumía. Uno siempre creyó que si en lugar de dejar a diez personas en Guadalix de la Sierra durante tres meses en una casa común los dejasen en un pueblo alejado del mundo durante cincuenta años, el ganador del concurso sería el primero en morir de forma natural. La soledad engrendra odios profundos y también alianzas tan enternecedoras que derivan en criminales. No hace falta ir al Pirineo ni a Puerto Hurraco: también en las comunidades de vecinos, en su endogamia, se recrean las pasiones más bajas.

Todo transcurría con normalidad en la serie de la Primera (ya había un fiambre: se veía venir que el carácter de Vilches, fuese en un hospital o en el Pirineo, le iba a traer algún disgusto; un acusado y un guardia civil atormentado por la muerte de su "amigo especial", en expresión insólita), cuando apareció la jueza encargada del caso. Paca Gabaldón, ni más ni menos. Yo no sé a ustedes, pero Paca Galabón será siempre Maika Bernal, la malísima de El Súper. El Súper fueron las tardes de mi juventud eclosionando como una radiante primavera. Julia, aquella cajera amargada que parecía vivir dentro del funeral de una madre. La alborotadora Teté, con la sonrisa estomagante colgada del estólido jeto de aquel personaje suyo, tan insoportable. Ernesto, el hombre a medio afeitar de mandíbula de mamut, que siempre llegaba al súper después de pastorear cabras: ¡se olían las cabras en salón! Maika, acechando como una Channing pasada de vino. El terrible Alfonso; la azucarada Asun con su desquiciado buen rollito. Y por supuesto, Santiago: Chisco Amado. Hay un antes y un después en la interpretación española desde la irrupción de Chisco Amado en nuestras vidas. No diré más.

Aquellos noventa los despachó uno zapeando entre El Súper y Médico de familia, y luego salió lo que salió. Que la jueza de Fago fuese la alcohólica Maika Bernal cerró el círculo que el destino trazó en los últimos diez años: al revés que ella, iba uno para juez y opositó a dipsómano. Una nacionalidad, que dijo Bogart, como otra cualquiera.

jueves, enero 22

El Madrid y otros demonios

A los jóvenes insurgentes madridistas nos robaron la ilusión hace ya dos años, concretamente el día en que las autoridades estadounidenses soltaron a Ramón Calderon cuando había sido retenido a su llegada a suelo americano. Alegó entonces EE UU que se le había confundido con un delincuente pero se ve que no indagaron bien su identidad: era el presidente del Real Madrid que eternizó in corpore sepulto la carrera de Raúl en el Madrid y echó el resto un verano por Cazorla tras vender a Robinho, cuando antes se echaba el resto por Zidane tras vender a Iván Campo. Nada sabía Bush, y a Calderón lo dejaron libre y volvió raudo al Bernabéu, a seguir gobernando. Hace ya mucho tiempo que a la raza blanca no se le convence con liguitas y con Champions: tenemos mucho de todo. Por eso Lorenzo Sanz, aquel presidente al que siempre se le veía sobreimpresionado el traje a rayas y la bola negra atada a los pies, llegó a unas elecciones tras ganar dos Champions en tres años y se le mandó caliente para casa. Al Madrid, con perdón, los títulos le sobran. Calderón levantó dos ligas muy bonitas pero una ganada de chiripa, como tres de las que ganó Cruyff, y otra sin rivales: a la calle con tus copas, presidente, y tus seis mil idiomas. Se queda Boluda, del que sólo sabemos que es un empresario naval de primer nivel (también lo era el del Titanic) y que gasta ese perfil Sanz tan peligroso de tipo grandote con papada y ojeras, primo hermano de Tony el Gordo. Que no toque nada hasta julio, por Dios, a ver si viene Florentino con aquella exquisita soberbia y aquellos cracks del demonio, y volvemos a ser los reyes.

miércoles, enero 21

Obama: save the world / save the children

La puesta en escena ayer de Obama, y todo ese simbolismo new age que acompañan los fastos fundacionales del tipo save the world / save the children, me puso otra vez delante de la Historia. De la generación posterior no sé qué rescoldos quedarán en las enciclopedias, pero de nosotros se podrá decir que hemos estado viendo cambiar la Historia más veces de las que deberíamos soportar. Desde la caída del Muro y el desguace yugoslavo hasta el desenfreno de los últimos años con el 11/S, la muerte del Papa y la victoria de Obama parece que el mundo se cae o empieza a girar más rápido, según la intensidad del momento. Tiene uno la sensación de que la Historia anda cambiando a su bola cuando uno pasea por la calle, así mire a la izquierda o a la derecha. Ayer volvió a hacerlo, como era de esperar. Fue algo encantador, con el Capitolio cubierto por tantos y tantos millones de personas: parecía una manifestación del Foro de la Familia. Obama estuvo en su sitio, con esa elegancia de gamo suelto y el habla fácil. Hay gente que se acostó pensando que hoy mismo va a abolir la pena de muerte, pateará la segunda enmienda, cerrará Guantánamo e Israel y ordenará el envío de aviones cargados de perfumados claveles a aquellos lugares en los que los Estados Unidos caigan mal. Y si los enemigos disparan, los soldados americanos harán, sólo en peligro real de muerte, un marcial corte de manga. La megalomanía del acto fue también la misma que la del imperio: la coronación de un César moderno con salvas de cañones incluidas. Y por allí en medio, gordo como un bisonte (algo que ya se estaba viendo venir), el bueno de Al Gore. Probablemente todas las focas que están desapareciendo del Ártico se las esté comiendo él.

martes, enero 20

Nadie lee el segundo párrafo


Como periodista en Viena, Billy Wilder se entrevistó con varias celebridades, aunque ningún encuentro fue tan famoso como el que tuvo con Sigmund Freud. Lo relató el propio Wilder y constituye un fenomenal acontecimiento. Tras llamar a la puerta del doctor, alguien del servicio recogió su tarjeta y lo hizo pasar al salón. Al momento, vino Freud del comedor con la servilleta aún anudada al cuello y le preguntó: «¿Es usted el señor Wilder?». «Sí, señor profesor». «¿Y trabaja para la prensa?». «Sí, señor profesor». «Pues ya sabe dónde está la puerta».

La alergia al periodismo del gran psicoanalista no era compartida por Wilder, que dijo muchos años después que aquella había sido su cumbre como reportero, pues consideraba un honor haber sido largado de casa por Sigmund Freud. Cuando rodó Primera Plana, Wilder incluyó un personaje delirante que propicia la huida del condenado a muerte sobre el que gira el filme. Procedente de Viena, el eminente profesor interroga al preso: «Dígame, señorrr Williams: ¿tuvo usted una niñez desgrrraciada?». «Pues no, tuve una niñez perfectamente normal». «¡Ja, deseaba matar a su padrrre y dormir con su madrrre!». A las conclusiones sólo les falta la servilleta anudada al cuello: «Así que su padrrre llevaba uniforrrme. Al igual que el policía al que usted mató. Cuando sacó la pistola, símbolo fálico inequívoco, usted crreyó que era su padrrre, y le disparró». El profesor acabará rodando calle abajo tumbado en una camilla y gritando: «¡Marricas, sois todos unos marricas!».

Primera Plana es una película que reconcilia a cualquiera con el periodismo. Con el periodismo en su versión original e infalible, que es el periodismo de sucesos. Wilder, desde una posición magnífica, imparte las lecciones fundamentales del oficio, representadas en ese Walter Burns / Walter Matthau que entiende su periódico, el Examiner, como una prolongación natural de su cuerpo. Resulta conmovedor verle desenvolviéndose como una anguila feroz en una tarea titánica: la de ir adaptando la realidad al fabuloso prisma de sus titulares, la de ir reajustando la historia salvando principios con el objetivo sagrado de vender periódicos. Walter Burns encarna los vicios y las virtudes de esa profesión que lleva a cualquiera a ocultársela a su madre «porque ella cree, pobre, que soy pianista en un burdel». Y la pasión con la que se mueve ese totémico director con el que no hace mucho se comparaba Pedro J. Ramírez es la misma que obliga a su redactor Hildy Johnson / Jack Lemmon a olvidar que tiene una prometida con la que coger el tren si en sus manos cae una «gran historia». ¿Hay algún reportero que no dejaría todo lo que tuviese entre manos si se topa de repente con el fugitivo más buscado de la ciudad?

Si algo debe mover al periodismo es la verdad, en su razonable pureza. En segundo lugar hay que contarla antes que nadie y después saber hacerlo con cierta calidad (el espectáculo, o sea). Y sin embargo, todo el esqueleto se agrieta ante el primer mandamiento de la profesión que Wilder pone en boca de Walter Burns, dispuesto a dar una nueva lección escandalosa en tributo memorable a las nuevas generaciones: «¿Dónde se cita al Examiner?», pregunta furioso señalando la crónica. «Está aquí, en el segundo párrafo», contesta Johnson. «¡Olvídate del segundo párrafo! ¡Nadie lee el segundo párrafo!».

lunes, enero 19

"Perdone. ¿Come carne de caballo?"

(...)

Arcadi Espada: Perdone. ¿Come carne de caballo?

Fernando Savater: ¿Cómo? ¿Yo voy a comer carne de caballo? Ni me subo a un caballo por respeto, me lo voy a comer... Por Dios: me parecería antropofagia. A veces tengo pesadillas pensando que a lo mejor me han dado alguna vez carne de caballo sin decirme que era de caballo. Vamos, por Dios. Me mareo. ¡Cómo voy a comerme a un pariente! Aquello de ¡Viven!, de los Andes, que se comieron unos a otros, me parece más tolerable.

A. E. Ya sabrá que Dalí creía en la antropofagia como supremo acto de amor.

F. S. Nada, ni hablar. Mire, Levi-Strauss tiene una cosa muy bonita al final de El pensamiento salvaje diciendo por qué en Occidente nunca nos comemos a los animales a los que ponemos nombre.

A. E. Bonito, pero no completamente cierto. A los toros les ponen nombre, los estoquean y luego se los comen.

F. S. Levi-Strauss no debe de conocer el caso. Pero es verdad que los perros, los gatos, es decir, el animal al que tú pones un nombre y de alguna manera lo sientes, lo personalizas... Es muy difícil luego que te lo comas.

A. E. Sí, desde luego. Suele ser cierto.

F. S. Es interesante… Con el nombre ya lo excluyes del rebaño de la muerte.

A. E. ¿Los caballos tienen derechos?

F. S. No. Los animales no tienen derechos, porque no tienen obligaciones. Es así de sencillo. La idea de derechos de los animales es como, por ejemplo, los «derechos de los cuadros». Yo creo que estaría muy mal meterse en el Prado y quemar obras de arte, por ejemplo. Pero eso no quiere decir que piense que Las Meninas tienen derechos.

A. E. ¿De verdad cree que es lo mismo?

F. S. Bueno, siempre se habla de la idea de que hay animales que pueden ser de algún modo conscientes de la vida.

A. E. Sí, así parece en los bonobos y en otros primates.

F. S. Sí, pero digamos que los animales no pueden hablar en subjuntivo. No pueden distanciarse del yo.

A. E. La verdad es que yo he entendido siempre esa proposición de Peter Singer como una llamada de atención sobre la unidad de los seres vivos. Hay mucha gente que jamás se ha planteado esa unidad.

F. S. De acuerdo, pero lo que pasa es que más bárbaro que el que maltrata a un toro es el que no distingue entre los toros y las personas. La gran diferencia entre unos y otros es que nosotros no tenemos un papel totalmente asignado, mientras que los animales no tienen la necesidad de elegir su papel o, por lo menos, la tienen en una forma infinitamente menor. Es bueno recordar esa unidad. El problema es cuando la ética se proyecta exclusivamente sobre la salvaguardia de lo sensorial. En Singer parece que lo importante es que se salvaguarde del dolor, del proceso del dolor, a los seres que pueden descubrirlo. Lo cual yo no creo que sea verdad ni entre los seres humanos. Ni siquiera de los humanos creo que la única ética sea la de evitar sin más el dolor.

(...)

A. E. Singer plantea algún asunto ético interesante. Defiende, por ejemplo, la legitimidad del infanticidio en los casos en que se demuestre la absoluta incompatibilidad con la vida del bebé. Lo plantea, creo yo, de una manera provocadora para comparar el acto con los experimentos científicos y médicos que se hacen con algunos animales superiores, experimentos a los que él se opone. Dice que hay más conciencia en cualquiera de esos grandes animales que en un bebé de tres meses, malformado para siempre.

F. S. Sí, Singer critica el especieísmo, que yo sí defiendo. Nosotros, con los animales, no tenemos nada ni personal ni impersonal, ni a favor ni en contra, pero los seres humanos tenemos que tener algo impersonal a favor. La Humanidad no tiene grados. Si la Humanidad dependiera de si uno es negro o es listo... O eres humano o no eres humano. Eso es el especieísmo. Es decir, yo a los seres humanos los trato como humanos porque pueden llegar a serlo, o lo han sido. No los trato como casos especiales que hayan surgido, como el de un nabo que se pusiera a hablar. Los seres humanos están hechos para hablar.

A. E. Sí, pero en todo eso, y como usted sabe, hay muchos y graves problemas contemporáneos. Entre otros, la pregunta que fue la estrella en el World Science Festival, de hace unos meses. ¿Qué es, exactamente, lo que nos hace humanos?

F. S. La capacidad simbólica.

A. E. Y un bebé, ¿qué capacidad simbólica tiene?

F. S. La que va a tener. Aristóteles, cuando hablaba de la potencia, estaba refiriéndose a eso. La Humanidad no es un programa genéticonatural. La Humanidad es una cosa que nos damos unos a otros. Porque el ser humano nace sin nacer. Tú coges un chimpancé bebé y un niño bebé y lo que te asombra es, desde pequeñito, lo listo que es el chimpancé y lo tonto que es el niño. Pero claro, el chimpancé cuando tiene cuatro años se ha acabado, y el niño empieza. ¿Por qué empieza? Porque cada uno nacemos dos veces. Una en el útero materno y otra en el útero social. Y ese útero social es el que nos hace humanos. Hay disposiciones innatas. Incluso el lenguaje, de creer a Chomsky. Pero disposiciones que no se cumplen salvo que las active la sociedad. Es decir, por muy innata que sea la capacidad del lenguaje, nadie se pone a hablar en una lengua solo.

A. E. Eso de la potencia aristotélica... Si lo humano fuese lo que puede ser humano hay serios problemas. El aborto, por ejemplo. No hay plazos que valgan.

F. S. Es verdad que en el terreno del aborto hay gente que piensa que cuando una cosa es legal ya no hay nada moral ni éticamente que discutir sobre ella. Y es completamente absurdo. Una cosa es que uno cumpla las leyes, porque de alguna manera agavilla a personas con morales diferentes y otra cosa es que tú obligatoriamente tengas que renunciar a tu moral y decir que lo que dice la ley está bien. Yo creo que hay que razonar. No hay un código moral. Hay una vocación, un proyecto moral, pero no un código. Sería muy cómodo que nosotros pudiéramos llamar a los cielos y que se abrieran y apareciera un señor que nos dijera lo que tenemos que hacer.

(...)

A. E. La pregunta es si la ciencia nos puede ayudar en esos dilemas morales a la hora de distinguir, o a la hora de objetivar, lo que es malo. Porque puede llegar un momento en que se distinga claramente en el proceso de creación de la vida un instante en el que exista conciencia.

F. S. La ciencia no fundamenta la ética, sino que ayuda a saber las cosas en que tenemos que pensar. Aristóteles basaba sus lecciones morales en la ciencia que él tenía. Porque la ciencia era la descripción del mundo y la moral actúa en el mundo existente, en el mundo real. Entonces Aristóteles no hacía reflexiones de biogenética porque no había biogenética, pero nosotros sí, porque sí la hay.

A. E. La cuestión es cómo ese conocimiento va a cambiar nuestros patrones morales.

F. S. Básicamente, los patrones morales no cambian. Uno puede decir que hay que respetar la vida humana, lo que pasa es que ahora entendemos que vida humana es hasta aquí y no hasta allá. Pero lo que quiero decir es que nunca la ciencia puede decidir un problema moral.

A. E. No lo creo. La ciencia crea y destruye éticas. La relación que uno tenga con los animales, y con los hombres, y con Dios, antes o después de Darwin no es la misma.

F. S. Bueno la verdad es que Cioran tiene un hermoso aforismo que dice: «El gorila es un animal melancólico. Yo desciendo de su mirada». Uno ve al gorila, y esa mirada del gorila, y en efecto uno se dice: «De ahí venimos».

Fernando Savater y Arcadi Espada, ayer en el Magazine de El Mundo

Oh, Presidente!


En sensacional despliegue, el PSdeG ha sembrado Galicia de vallas publicitarias por las que asoma un Touriño en perfil, mirando el horizonte bajo una luz sombría. Nada más, sólo un aviso: O Presidente. Hay niños en la calle que señalan el cartel y preguntan cuándo se estrena. En Galicia estamos preparados ya para cosas así. Cada cuatro años el PP exhibía una foto de Fraga aún más joven que en la anterior, hasta que todo se frenó en seco cuando aquel rostro se dirigía, imparable, al del ministro que fue. Fraga era un antepasado de sí mismo y Touriño promete subirse al Air Force One para salvar a un mundo acosado. Los expertos lo muestran en expresión de sutil éxtasis y con la faz iluminada para fortalecer, dicen, su posición de capitán, pero se prefirió llamarlo O Presidente a Querido Líder, que es un poco más lo que los gallegos andamos buscando. Dijo una vez alguien que este país no quiere un gobernante sino alguien que le castigue, y si uno se fija hay un deje severo en ese gesto de Touriño con los labios apretados, como pensando en dar unos azotes para que el electorado entre en calor. “Votadme no vaya a ser el cuento”, podría soltar en los mítines, pero Touriño no es Fraga y el rural desconfía de quien no le grita. Oh, Presidente!

domingo, enero 18

El comienzo del mundo

"(..) Fue un noviazgo complicado. Se casaron el 3 de abril de 1920 en Nueva York, apenas una semana después de que Scott hubiese publicado su primera novela, A este lado del paraíso, que se convirtió rápidamente en un gran éxito. Se bebieron todo Manhattan y alrededores ("Nueva York tenía toda la iridiscencia del comienzo del mundo", escribe Scott en El Crack-Up). En 1921, viajan por primera vez a Europa mientras su fama va creciendo y Scott comienza a ganar mucho dinero con sus cuentos. En 1925, publica El gran Gatsby, lo más parecido que existe a la mítica Gran Novela Americana, y conoce a Ernest Hemingway en París. "Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no entiende a la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo", escribió el autor de El viejo y el mar (...)"

Guillermo Altares, hoy en Babelia: 'El crash de Zelda y Scott'

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viernes, enero 16

Lo más suave que le decían era vaca gallega

El mejor retrato que se ha hecho nunca de Jesús Vázquez es el que reproduce el periodismo para engordar el mito del patito feo que alumbra un cisne: "Tenía acento gallego, era gordo, con gafas de culo de vaso y pluma". Se sabía que la visión de un niño gordo y con gafas de culo es motivo real de suicidio para una directora del Cosmpolitan, pero que a esas taras se le sumen la pluma y el acento gallego es ya puro ensañamiento. "Lo más suave que me decían era vaca gallega", confesó Vázquez en un momento de angustia. Este tipo de cosas el periodismo las subraya con mucho énfasis, sobre todo cuando el asqueroso de turno es hoy un chico bien dibujado al que no se le conocen pluma y gafas, y que hablando parece de Madrid mismo, hijo y nieto emigrante de Camborios.

Ya en la cresta, recuerda uno que Jesús Vázquez se vanaglorió de haberse despojado del acento gallego. Supongo que lo justificaría con el rollito del espectáculo y eso: sólo me ofrecían concursos de a ver quién le hace el nudo al rabo de un burro o papeles de arousano. También ahora alguien de quién no recuerdo el nombre vino a hablar del acento gallego y su diabólica influencia. Uno entiende que un buen actor disimula su acento natural y se adapta a otros, pero no debe ser el caso: aquí todo muy planito y masticado, que nos perdemos.

A la ministra de Fomento se le ha señalado ahora el acento con el mismo asco que se le señalan a los gordos sus gafas de culo de vaso. Fue la diputada Nebrera, del PP, que se ha protegido con la cantinela de los ‘amigos gay’. Que no me acusen de antiandaluza que mi madre es de allí, ha dicho. A mí no me parecen mal los maricones y hasta todos mis amigos lo son, por no hablar de mi padre, pero qué vamos, ¿a acabar casándonos con gatos?, decían aquellos manifestantes de la familia.

"Al pontevedrés se le exige gracia en el concepto, mientras que al andaluz le basta con el acento", escribió Julio Camba haciendo una perversa hipótesis: "Si se hubiera quitado el acento a las obras de los hermanos Quintero, no hubieran entrado nunca en la Academia". El acento neutro, despojado de pliegues, siempre fue el de los tipos que se permitían el lujo de llevar corbata en la tele: el andaluz a la cocina y el gallego a la cuadra. Quizás lo que la catalana Nebrera no termina de asimilar sea que Magdalena Álvarez, en lugar de estar lavándole la loza, sea una ministra de traje chaqueta. Seguro que si llevase cofia se le entendería mejor.

jueves, enero 15

A estación violenta (II)

"Ciertos días tenían la impresión de que no habían empezado a vivir", dice Perec en Las cosas. Y eso es lo que les parece sucederles a los personajes de A estación violenta, la primera novela de Jabois, que no empezaron a vivir, ni ganas que tienen. Natural. Si lo sé no vengo, como decía la tele, o me hago poeta, o jipi. Pues ahí están estos personajes, estirando al máximo ese paso de joven a señor y agotando todas las posibilidades. Para ello recurren a la mistificación, a la extravagancia, al alcohol, al espejo, a la poesía, al egotismo de la tristeza (...)"

Sigue en Mabalot (Empezar a vivir)

martes, enero 13

O cazador Ángel Santos Touza

"(...) Nos círculos nos que xa se moveu faláse moi ben diso, precisamente. Dese atrevemento seu.
O que pasa na obra é un pouco tamén o proceso polo que pasei eu, non? Eu cheguei a casa, escribín a historia tal e como a lembraba, e tiña a historia dun cazador cunha campesiña. Era unha ficción. E dicíame: quen son eu para facer algo cun cazador e cunha campesiña? Se me dixeras sobre dous mozos, ou dous adolescentes...
Un cazador e unha campesiña rusos, por riba.
Claro, que fago aquí? Entón tiña que deixar claro que esto era una ficción, unha construcción, e púxeme a traballar nese senso. Fixen un proceso de adaptación. Collín o texto en bruto, que é un pouco o que está na primeira parte da curta, e logo o traballo que acaba sendo a nosa ficción. Quizás por iso gusta en determinados sitios e non gusta noutros.
Ten clara unha certa idea de cine?
Si que é certo que, non por dogmatismo, penso que o meu xeito de facer as cousas ten que ser un. Non son moi heterodoxo. Póñome moitas limitacións, e funciono moi ben poñéndoas. Non cambio de rexistro, e sempre volvo ao mesmo. Eu fixen tres curtas distintas, pero son historias que se se reducen a un esquema básico son moi similares todas. Tratan sobre o mesmo e hai recurrencias. Si que hai unha forma, agochada nalgún sitio (...)"

Entrevista completa a Ángel Santos, hoxe no Diario

La noticia es el rico que se suicida

He leído este fin de semana semana con una atención excesiva los grandes reportajes que, como suponía, se desplegaron alrededor de la vida discreta de Adolf Merckle. Desde que hace ya varios meses X. dejó el periódico en un restaurante de A Coruña diciendo aquella frase («están moi divertidas estes días as páxinas de Economía») le doy vueltas a unas ideas pequeñas pero exactas acerca del dinero, y esa manera tan prodigiosa que tiene de mover el mundo. De moverlo y de hundirlo, casi sin perder la perspectiva, cada cierto número de años. Todo muy folk.

Cuando hace menos de un año empezaron las risas en Wall Street la cosa tenía una importancia casi metafórica. La crisis estaba en el salmón y en los ejecutivos de Lehman Brothers y en todos esos financieros que recogían en cajas sus pertenencias para irse a sus áticos de lujo a afilar el colmillo hasta la próxima. Incluso un paisano fue allí a subirse a un taxi a pedir que viviésemos como galegos.

Uno confiesa entonces haber asistido a los telediarios con la secreta esperanza de ver las farolas de Manhattan ocupadas por los cuerpos bamboleantes del 29 y ventanas abiertas por las que saliesen flotando las cortinas viejas de la pensión en la que alguien, un cristiano padre de familia, se acabó tirando. No hubo tal, y sin embargo la amenaza se extendió como una mancha de aceite hasta pringarnos las chancletas con un océano en medio y diferencia horaria al margen. Estaba todo tan lejos y éramos todos tan felices que aquello parecía la guerra de los mundos narrada por Orson Welles con la ventaja de que nosotros ya sabíamos que se trataba de Orson Welles.

Y este cinco de enero Adolf Merckle, el quinto hombre más rico de Alemania y el 94 del mundo (siempre me pareció entrañable el ránking de los ricos y siempre quise saber, y algún día Internet me dará la respuesta, en qué aseada posición aparezco yo) salió de su casa y se fue directamente a las vías del tren a esperar que pasase uno. Cuando lo oyó, en la oscuridad, a seis grados bajo cero, se tiró a su paso. Fue un suicidio tradicional, austero, muy acorde con su modo de vida: un señor de espíritu calvinista que se movía en bicicleta y al que disgustaban las ostentaciones. Que puestos a matarse, prefería echarse a los pies de un tren que calzarse una bala de oro en el cerebro.

Lo extraordinario sin embargo fue que aquello conmoviese al periodismo. En el último crack la noticia era el rico que no se suicidaba. Los tiempos han cambiado, pero más han cambiado los ricos. Que un tipo como Fernando Martín, aquel Evo Morales de Loewe, apenas haya acusado en su rostro (o en su ropa) el golpe de cerrar la primera inmobiliaria europea, ya dice algo. Aunque sólo fuese por decencia, e incluso decencia histórica, de lo que fueron los ricos y de lo que tienen que ser, Martín debería haberse homenajeado con ropa de Zara y un menú en el chino. Se lo debía a la prensa, y se lo debía al ciudadano: se lo debía también al periodismo, y de paso a los madridistas.

Merckle tuvo un sentido del honor acusado y eligió la poesía para morir, el viejo romanticismo de toda la vida: incluso dejó una carta a su familia pidiendo perdón, oh, perdón. Tenía 74 años y su vida fue su imperio, lo que parece suficiente. Uno siempre ha respetado mucho los imperios, sobre todo los que hace uno de la nada, aunque Adolf Merckle heredó de familia ochenta trabajadores y otros heredan, con suerte, ocho hipotecas.

lunes, enero 12

Voces

Algo en la vida no va bien cuando el presidente de los EE UU aclara en su despedida que no escucha voces. De su lapidario imbécil, la frase «no escucho voces» debería figurar ya como épico resumen de su mandato: una suerte de canto de cisne con el que entender, desde una poderosa perspectiva, los años pasados. Pongan a Touriño confesando que no ve muertos o a Fraga decirle al pueblo que en San Caetano no se abren solos los cajones. En España a lo más esotérico que se ha llegado es a escuchar a Zapatero decir, sobre la menstruación, que su hija de trece años ya ha sido «convidada a la vida». Pero Bush, amparado en su espiritualismo, ha querido matizar este tipo de cuestiones. Mística era Santa Teresa, no yo, vino a decir. Y había como un orgullo en la frase, del estilo «yo no estoy zumbado, pero qué cerca ando». Dirán que hablaba para su votante medio, que ése escucha de todo y a veces tira para el colegio con una recortada, pero es que Bush ya no está en campaña. Así que lo mismo deja caer eso para anunciar que ahora se va a su casa a escuchar tales voces, que eso ya no se lo prohíbe ninguna enmienda, y levitará y verá a Dios, y cualquier día llorará sangre y peregrinaremos a verlo, santo varón, a que nos ponga la mano en el hombro, como al otro. Ungiditos todos.

viernes, enero 9

Sacha

Nunca houbo relación máis folclórica entre a ciencia e a moral como nun caso que vén de despachar Nature na súa portada desta semana: Sacha é fillo do seu pai, Borja Thyssen. A historia é fascinante e ilustrativa. Anos despois de regalarlle un par de peitos (¡o paraíso!), a baronesa Thyssen dubidou da moral da súa nora cando lle deu o primeiro neto: unha cousa é o que saia por riba e outra, moi diferente, por baixo. Obrigou ao seu fillo a pasar unha proba de paternidade: fíxoa, e confirmou ser o pai. Fixo outra, que tamén o confirmou. E a nai, coma nos contos de fadas, fixo pasar ao fillo pola terceira. As revistas dixeron que o neno Thyssen negouse a elo, máis preocupado polas súas reservas de ADN que dos presuntos cornos, tan sachado estaba. Pero foi igual, e os resultados seguiron a ser os mesmos. Se a ciencia foxe xusta (que non o é, porque non sempre a verdade o é), nunha terceira proba a paterrnidade de quen sexa debería apuntar a Shrek. Pero nada hai máis transparente que o ADN e nada máis felino ca moral dunha nai. E Sacha xa é fillo de tres pais: do rapaz Thyssen (ese Paquirrín fashion), da sospeita da súa avoa e dun sutil avance científico que pon contra as cordas, sorprendentemente, á moral. Coma no porco, tamén na ciencia é todo aproveitable.

jueves, enero 8

Comer con él

He estado leyendo mucho rato la noticia que este periódico publicó ayer en contraportada con una idea fija que revoloteaba a mi alrededor: la de comer con Mariano Rajoy, y que eso sea además la recompensa de una competición. Siempre creí que ésa era la clase de premios que ofrecían en las madrugadas de Telecinco: el típico concurso en el que hay que adivinar ‘cómo se llama un piloto asturiano de F-1’ a partir, menos mal, de las primeras letras de su nombre y apellido. El PP ha creído sin embargo que comer con Mariano Rajoy es algo estimulante, y decenas de personas que compitieron con sus vídeos para reflejar la realidad española, también. Sabíamos de esos concursos en los que uno acaba teniendo una cita con Angelina Jolie, con la esperanza de encharcarla en vino y ver qué pasa, pero no se le acaba de encontrar la gracia a Rajoy. Con él puede uno sentarse en una mesa a escucharlo perorar delante de un café, o atizándole a un puro, pero no cortando un entrecot, porque además tampoco es Ferrán Adrià, y una barba espesa levanta sospechas frente al plato: puede pasar cualquier cosa. La cita, sin embargo, es muy propia de marianistas acérrimos, que es como se ha declarado el ganador del concurso, que es de aquí, del pueblo, y militante del PP. Que digo yo qué líder accesible es éste que los militantes suyos, vecinos de calle, tienen que andar opositando para poder comer una vez en la vida con él.

lunes, enero 5

El primer bebé del año

Hay pocos fracasos más evidentes en el periodismo que este sonrosado clásico: el primer bebé del año. Dónde nace, cómo se llama, cuánto pesa: un bombazo. Si se supone que uno debe informar acerca de lo extraordinario, pocas cosas hay más ordinarias que el nacimiento de un niño. Es una forma de acercarse a la ternura en telediarios difíciles, como los del uno de enero, pero bien se podía buscar la primera y poderosa fecundación: al menos hay ahí bastante más investigación. Con estos niños lo que hace el periodismo es ejemplificar uno de sus causales leitmotiv: la urgencia de rellenar el tiempo del gran público aún poniéndolo, en su espanto, frente a una bobería. La prueba está en el seguimiento sagrado de la noticia. ¿Alguien se ha preocupado por saber el destino del primer niño de 1982 y si ha llegado, por algún tipo de brusco camino, a ser el padre del primer niño de 2005? Esta gente ha sido portada y ha abierto con cierta fortuna los telediarios. El mérito de esa fama no es de ellos, que pasaban por ahí, sino las veloces contracciones de su madre (¡hipódromo de parturientas!) y un motivo estupendo: el sanatorio, que viene siendo la cómoda versión oficial. La Navidad (¡ah!) siempre fue tierra de tópicos. Y sus noticias, inconstatables rumores.

viernes, enero 2

Chandaleros

Ha empezado uno a observar con preocupación el uso descarado del chándal ya no en la calle, a donde uno parece que sale siempre sin vergüenza a ser afrentado por Javier Marías o el cursi de turno, sino en la casa, como herramienta de comodidad, en apabullante contrasentido. Dentro de 200 años se señalará el chándal como se señalan hoy los pololos: una suerte de degeneración colectiva en la que de vez en cuando se sume, para luego coger impulso, la Humanidad. Y será digno de estudio el uso del chándal en la propia casa, cruzándose a la familia en el pasillo y recibiendo a las visitas impertérrito, como si uno hubiese necesitado del Adidas para freír un huevo. El chándal es EGB, sudor y luego el puente de A Barca para el pico de caballo. El pijama, en cambio, es la abuela poniéndote una bolsa de agua caliente en los pies cuando dormías en el pueblo o el vispapurú de haber catarro. El pijama es la infancia y la pantufla y el chándal el acné y el acabose. El pijama es ponerse la casa encima y pasear con ella, bajo el calor de la familia, porque representa una moral, y el chándal remite a una desestructuración tremenda digna de Servicios Sociais. Su historial es casi criminal: los fundamentalistas lo han llegado a combinar con camisa. Si bien su ‘cremallerístico’ destino es incierto, la prioridad ahora (prioridad incluso gubernamental) es sacarlo de casa. No necesariamente puesto.

miércoles, diciembre 31

Agradecido



(Cortesía de Andrés Milleiro)

M. en la intimidad

lunes, diciembre 29

A estación violenta


Presentación: hoxe martes 30 de decembro, no Café Moderno de Pontevedra, ás 20.30 horas.

martes, diciembre 23

Jingle Bells

1-En Navidad, como en los entierros, los rencores están olvidados.

2-Eso se nota especialmente en el Facebook: se agrega cualquier cosa.

3-Nunca se odia a nadie sin fisuras: tampoco se acaba por querer a nadie del todo.

4-Amparo, todo lo que me gusta es caro.

5-Qué hace Papa Noel entre niños si él nunca lo fue.

6-El mundo sería un lugar mucho más apacible sin el "gordito bonachón".

7-El hilo musical navideño del Froiz de Cobián Roffignac nos recuerda que vivimos en una película con final feliz si no hay mucha cola en la charcutería.

8-La del 24 es la noche que eligen siempre los abuelos para despedirse: "Éstas ya son las últimas".

9-La vida adquiere siempre un aire nostálgico cuando el Madrid pierde, o está a punto de perder.

10-Bajo la delicada piel de los villancicos se halla, semioculto, el horror.

11-Sólo las semillas tenían ganas al empezar el mundo.

12-Sms de X. para felicitar la Navidad: "Nadie de más de 40 años debería morir naturalmente".

13-Juan Luis Panero: "Yo me siento más familia de Octavio Paz que de mis hermanos". Cuánta pedantería junta en una sola frase.

14-Un consejo para Nochevieja sería lo que le dijo Lord Winter a Joan Fontaine: "No se ponga nunca un vestido negro, ni un collar de perlas, ni tenga nunca 36 años".

15-Fiesta es todo el año.

lunes, diciembre 22

Holmes

Probablemente uno de los sucesos literarios más traumáticos en la vida de los hombres haya sido la muerte de Sherlock Holmes. Tanto, que Conan Doyle tuvo que resucitarlo para levantar la moral del Imperio. Resulta imposible leer su carta de despedida al doctor Watson sin evitar un sentimiento profundo, casi entrañable, de tristeza. En ese ejemplo tan british de ir a la muerte concede Holmes un solitario lujo a su más íntimo amigo en la hora final. Tras cientos de páginas viviendo su vida con cierta melancolía, sufriendo sus silencios y sus depresiones, el gran detective deja un gesto que encuentra uno emocionante en su formidable contexto: “Téngame, mi querido compañero, por sinceramente suyo”. Muchos años antes, Watson diría al amigo que le presentó al joven Sherlock Holmes: “Le quedo muy agradecido por habernos puesto en relación. Ya sabe usted que el verdadero tema de estudio para la Humanidad es el hombre”. Y al final, Watson dice de él que es “la persona a quien yo consideraré siempre como el mejor y el más entendido de los hombres a quienes me ha sido dado a conocer”. De tantos versos extraordinarios de Borges hay uno inolvidable: “Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan”.

miércoles, diciembre 17

La divina calva era un martillo


La Tierra se paró un instante a la espera de una solitaria repetición. Millones de personas llevaban casi dos horas viendo la final de la Copa del Mundo de fútbol, el acontecimiento deportivo más seguido del planeta, y el mejor jugador del campeonato, un divino calvo que había anunciado que sería su último partido, salía del campo expulsado con roja directa. Las cámaras ofrecieron una imagen insólita. Zidane, el Nureyev del balón, cruzaba agrias palabras con Materazzi, un leñero italiano que había insultado a su familia. En un momento dado, el francés se dio la vuelta, se dirigió hacia su marcador y le soltó un elegantísimo cabezazo en el pecho. La conmoción fue mundial porque bailaban juntos todos los ingredientes de la vida en aquel partido, en el que Zidane ya había puesto por delante a Francia con un penalti que resumió su carrera de equilibrista: clase a rebosar, una sangre fría de otro planeta y la calidad extraordinaria del jugador que marcó una era. Ganó Italia a los penaltis, pero pocos se acordaron. La épica dejó a un héroe marchito víctima de sus legendarios arrebatos que pudo bajar el telón de su carrera jalonada de éxitos levantando la segunda Copa del Mundo y lo hizo expulsado, dejando sonado a su equipo, tras una brutal agresión. Había allí demasiada literatura para que todo quedase en una anécdota. En días posteriores se sucedieron montajes en internet, videos en telediarios, reacciones de deportistas y hasta un ejército de filósofos se lanzó a discutir en las páginas de opinión de los periódicos sobre el astro. “¿Por qué”, dijo Vidal-Beneyto, “nadie ha elogiado que Zidane haya sacrificado la gloria de su despedida, el punto cenital de su carrera y su imagen de marca a la lealtad a unos principios y a unos afectos para él innegociables?”. En su agónico camino, última imagen de su carrera, se cruzó con la Copa que él mismo, en la cumbre, había levantado ocho años antes en París. Entonces no necesitó un cabezazo para acercarse a ella, sino dos. Gozoso movimiento de la Historia en su perpetuo retorno.

martes, diciembre 16

Nostalgia de Woody

"Vas a ver qué efecto le causo..., un verdadero impacto"

lunes, diciembre 15

Periodismo

Cuando ETA mata, el periodismo ha de exhibir el jabonoso despiece de un hombre que ha volado en pedazos. Y lo último que se espera de un Estado es que se detenga a contar, en la cola de la pescadería, que un etarra se ha meado encima al ser detenido. Más que nada porque a lo mejor Amnistía Internacional ha de investigar el origen de ese pis. Que el periodismo le dé titular en portada es algo ya puramente nostálgico: los españoles han de saber que los etarras son cobardes, algo raro en tipos cuya especialidad es matar por la espalda a hombres desarmados. No es extraño entonces que los compañeros de tute del último asesinado sigan la partida y los fotografíen entre exclamaciones. El mensaje que se debió dar a la foto de la partida fue: "ETA ya no interrumpe ni el tute", pero el periodismo andaba buscando metáforas. Usó para ello una práctica periodística revolucionaria: ir corriendo a por la familia, los amigos y el perro de la víctima para juzgarlos. Hubiera sido interesante saber qué se hacía en la herriko taberna en esos momentos, pero había cuatro señores vascos que llevan cuarenta años viendo morir a gente jugando una partida. El espectáculo aún tuvo un cierre a la altura: el periodismo, imparable, señaló muy morbosamente al nuevo. Ni el Gara.

viernes, diciembre 12

Está escrito que alguien llegará un día hasta tu frente y te llamará fascista

Episodios de la vida de un hombre. El País, 21-12-1999

Empezaba a hablar la otra tarde sobre nacionalismo y periodismo, en un aula de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona, cuando alguien gritó «¡Fascista!» y acto seguido corearon esa voz unos quince. Con discreción miré a un lado y otro de la mesa, pero en la mesa todos mis compañeros me miraban. Como seguían los gritos y aún dudaba de que fuera a mí a quien estaban llamando fascista, tuve la postrera tentación de ir hacia el grupo de muchachos y adherirme para gritar todos juntos contra el cabrón fascista. Pero no podía ser, de ninguna manera, porque el cabrón, ya lo sabía, era yo. Realmente todo era muy, muy confuso. Hacían explotar algunas bombas fétidas -yo las fabricaba de niño con el Cheminova- y luego gritaban «¡Vuestra democracia hiede!» (traducido libremente del catalán), sin atender a la evidencia de que no olía así antes de que ellos entraran. En esa danza estuvieron unos minutos y luego se largaron escupiendo, y yo aproveché para hablar sobre el tema previsto.

Por la noche dormí mal. No creo que fuera por ellos, sino más bien por las copas de un gran Hermitage que mi mujer y yo bebimos para cambiar de trago. Puesto en el insomnio y para hacer algo, y dado que tenía las uñas muy crecidas, me fui rascando el brazo con ritmo cada vez más vivo. Estaba tumbado en la cama, con la oreja pegada al brazo y las uñas arriba y abajo. Las uñas acabaron siendo las botas y mi brazo los adoquines, y lo que escuchaba, un siniestro rac-rac, era el ruido de un batallón fascista desfilando. La noche es el reino de muy tétricas ilusiones, pero si yo era capaz de marchar sobre Roma con mis uñas y mi brazo, algo de razón debían de tener los muchachos.

Pensé en mi vida. La primera vez que le grité fascista a alguien fue a don Florencio Caballero Valladares, se deduce que más que hombre, medieval fortaleza. Nos tuvo seis años formando en el patio del instituto -sin otra dispensa que la lluvia- mientras subía al mástil la bandera roja y gualda, sonaba la Marcha Real y se rezaba la oración de la mañana, a san Fernando, patrón de la juventud española. Todo eso pasó durante seis años y nos pasó por cobardes, pero la lección la aprendí luego y no va con esto. La última vez, coreada, fue en febrero de 1981. Aquella noche llovía y hacía viento y frío, y éramos muy pocos en las calles de Barcelona los que le gritábamos fascista al guardia civil Tejero. El Departamento de Estado norteamericano y el nacionalismo catalán habían coincidido en considerar que el golpe era un asunto interno de los españoles.

Entre esa noche despoblada y la otra tarde pasaron algunos años y mientras tanto aprendí a restringir el uso del apelativo fascista. Se trata de una de esas palabras demasiado grandes. El vulgo cree que las grandes palabras hacen gran daño, y se equivoca. Cuando las palabras no tienen la medida justa del concepto ocultan más que evidencian. Por eso es mucho mejor, para el entendimiento de las cosas, llamar nacionalistas o independentistas a los muchachos antes que radicales, extremistas o -justamente- fascistas: al fin y al cabo, de la bandera catalana que estaban ondeando al compás de sus insultos no prendía ningún fascio.

Pero, bueno, el asunto es que me lo habían llamado a mí. Tal vez no les faltaran razones. De las paredes, en el aula, habían colgado carteles con la siguiente sentencia: «El catalán es un dialecto del castellano. Arcadi Espada». Es verdad que cuando, en otro tiempo, alguien decía esa frase yo creía que estaba delante de un fascista. No podía negar, tampoco, que la frase era cierta: ritualmente la pronuncio ante mis alumnos de la Pompeu Fabra cuando quiero ilustrarlos acerca de la relación entre lengua y poder. Luego les añado: «... 0 el castellano es un dialecto del catalán. Depende de quien mande». Pero ni la frase cabía entera en el cartel, ni se puede ir por el mundo provocando. Sé que esto último es lo que ha querido decir el presidente Jordi Pujol, mirándonos la minifalda: «Es que van provocando... y luego pasa lo que pasa».

Todas esas razones presuntas empalidecen, sin embargo, ante la esencial razón cronológica: está escrito que alguien, en cualquier circunstancia, llegará un día hasta tu frente y te llamará fascista. Te lo llamarán en la oficina, en el aula, o en la cama. Tú quizá estés, como yo, en torno a los cuarenta años, y cuando lo oigas también buscarás al cabrón con la mirada, sin hallarlo. Entonces te sentirás un Villar Palasí o un GarcíaValdecasas. Al reponerte, copiarás estos versos:

Fue un verano feliz.
El último verano de nuestra juventud.

Ahora bien, voy a darte un consejo, ya por viejo: procura siempre que los que te llamen fascista sean un grupo de niñatos subvencionados, que no se pagan la bandera ni las bombas fétidas; unos niñatos eximidos por la autoridad máxima del gobierno: sus lactantes; procura que quien te lo llame sea el poder, aun en su versión de falange y muchachada; fascista serás, pero en la intemperie.

miércoles, diciembre 10

Capuletos e Montescos odiábanse, si, pero con xeito

No pobo non quedaba case ninguén porque os que non morreran na Guerra morreran na fame ou marcharan camiñando a morrer non se sabe onde. Había unha casa a un lado da estrada e outra en fronte. As dúas familias non se falaban por cousas das terras. Vivían a trinta quilómetros da cidade e pola estrada pasaran seis coches dende había vinte anos. Contábaos o avó Capuleto, que vivía sentado nunha cadeira cunha libreta nas mans. “Un”, apuntou o 13 de novembro de 1988. “Dous”, apuntou o 6 de maio de 1994. Como moito tráfico non había as familias dedicaban o tempo ao odio, e con el enriba sachaban a terra. O día que faltara odio faltaría tamén comida, así que se odiaban a conciencia. Ata a tarde que Nena namorou de Neno, os días era longos e tristes e pola estrada pasaba o vento, ao que o avó xamáis lle puido tomar a matrícula. Nena era Capuleto, filla e neta de labradores, e tiña quince anos. Neno tiña dez máis e era Montesco: aprendía o oficio de enxeñeiro na Universidade e o seu pai, coma Xosé o carpinteiro, sempre foi viúvo. Nena arrimábase ao avó e preguntáballe cantos coches pasaran ese día e Neno viña cara a fiestra e alí pousaba os seus ollos de lúa. Murcha o día e murcha a noite e foron murchando os Capuleto o día no que o sétimo coche saíuse da estrada e levouse por diante ao vello. Foi o 3 de novembro de 2008 e Nena colleu a libretiña entre os ferros e apuntou con coidado: “o sétimo”. Namoraron despaciño, a escuras, nas noites sen luz nas que os dous facían odios desde os seus cuartos. Ningún deles cruzara nunca a estrada. Ningún deles bicara nunca a ningúen. Ninguén da súa familia estudiou para conducir, e sen embargo o Concello puxólles unha estrada aos pés das casas non sabían para qué. Capuletos e Montescos odiábanse, si, pero con xeito. Vinte anos atrás apareceran os homes e as máquinas, e colocaran alí unha tira de asfalto que non se sabía onde levaba. Colleu o avó Capuleto unha cadeira e sentou como vira el que se sentaban os vellos nos pobos con estrada, e mirou alí a vida. As familias traballaban as terras e era o odio o que levantaba os brazos. Neno lembraba que cativo xogaba coa pelota e cando a pelota marchaba cara a estrada Neno non ía detrás, por medo aos coches que non había e por medo aos Capuleto, dos que se dicía que hai anos na Guerra aproveitaran para matar Montescos. Daquela non nacera Nena e daquela tampouco coñecía Neno o amor, porque cando se está á pelota non se está a outra cousa. O oitavo coche non chegou cruzar o pobo. Detívose xunto á casa dos Montescos e baixou un pobre homiño do que Nena, que miraba na fiestra, non sabía como chegaba cos pés aos pedais. Saí Neno a porta, porque o pai andaba na terra, e algo lle dixo o homiño que Neno sentouno no coche e mandouno de volta a non se sabe onde. Sorríu Nena na fiestra e sorríu Neno xunto a cadeira baleira do avó, feita ferros. Foi aquel o primeiro sorriso que Capuletos e Montescos cruzaran en séculos e por un momento pensou Neno en poñer un pé na estrada e logo poñer o outro “e así sucesivamente”, dixo en voz moi baixa. Vía aquela liña discontinua (¡podíanse adiantar!), e ela tamén a vía, e os dous sabían que de amarse tería que ser alí, na fronteira mesma, a ollos das familias e dos mortos que tiveran que deixar o lugar, aquela educada xenreira, expostos como as terneiras das carnicerías a que o noveno coche algún día chegase de non se sabe onde e os levase por diante. Morrer por amor!, pensaban os dous boquexando, condenada vaidade a nosa!

lunes, diciembre 8

Hitos modernos

Cuando el Che preguntó eso de “¿una revolución sin tiros?” sólo se estaba divirtiendo con una boutade. Todas las revoluciones exigen muertos no sólo encima de la mesa, como ordenaba Txeroki en tiempos de paz, sino también en las cunetas. De muchos de esos movimientos armados se conserva el vaporoso recuerdo de algo que hizo que el mundo girase la mirada o cambiase la propia Historia. El pueblo francés tomó la Bastilla y los bolcheviques tardaron horas en ocupar el Palacio de Invierno. Hasta Cuba guarda en sepia el hito de su Revolución, que es un hito sedimentado en una romántica derrota: el asalto a la Moncada. Todo ha ido a peor desde entonces, no lo duden. El IRA guarda su Omagh y la enciclopedia dirá de las Brigadas Rojas que secuestraron y mataron a un primer ministro italiano. De ETA se recordará dentro de un siglo, en su épico fracaso, que también secuestró y mató: al hijo de un albañil emigrante. Creyeron rodearse de aura mandando a los aires a Carrero, pero el general sólo era el pellejo del franquismo. Si a tan particular revolución vasca se le añade un causus belli fruto del delirio de un señor que creyó ver una raza superior como creyeron los pastores de Fátima ver a la Virgen, se entiende la raíz del socialismo tan sui generis que defienden. También ellos, como parias oprimidos de la tierra, atacan el poder. De ahí el cobrador del peaje que se cargaron en marzo o el empresario de 71 años aficionado al tute al que metieron unos tiros esta semana. El conflicto vasco, tan complejo.

jueves, diciembre 4

Doblez

"(...) No te avergüences de ninguna pregunta, si es sincera. Generalmente son las respuestas las más acreedoras de vergüenza, porque en ellas es más común que aparezca la doblez: que pienses algo pero digas lo contrario. Ése es otro de nuestros escasos privilegios: creo que los ciegos detectamos mejor la hipocresía. El hipócrita puede disimular su doblez con un gesto, una mirada, un guiño, y así rodearse de un aura falsa de sinceridad frente al interlocutor desvalido. Pero a nosotros sólo nos llega del hipócrita la voz, la voz sin maquillaje, tal como es, con su mentira a la intemperie (...)"

La borra del café
Mario Benedetti

lunes, diciembre 1

Dos presos

Tele 5 y Cuatro eligieron a dos presos de Alhaurín de la Torre para atraer a la audiencia en la noche del viernes. El presidiario de Tele 5 apretó el cilicio: estaba allí por dinero, cumple pena por delitos urbanísticos y no (aún) por saquear la caja y fue un marido de bragueta fácil. No se le echó a las rodillas al presentador para que le azotara en el culo de milagro. Además, los 360.000 euros que cobró de la televisión los puso a disposición del juez. O sea que aún le va a caer una buena por soborno. En Cuatro, Callejeros contó el último día de un hombre en libertad. Hace siete años atropelló a un niño. Dijo que entendía la cárcel, “pero cuando ocurrió todo, no ahora”. Estuvo enganchado a la droga y salió hace tiempo. Buscó trabajo, se casó y tiene dos hijos. Lo contaba mientras la mujer le hacía la maleta. “El chavalín pequeño”, y de pronto se le quebró la voz, “quería venirse conmigo”. En la puerta de la cárcel fumó un cigarro (“vamos allá”) y se abrazó a su mujer (“Sé fuerte que yo te espero”, dijo ella). Él desapareció entre dos guardias con la bolsa al hombro y ella dio unos pasos, pero luego echó a correr hacia la verja: “¡Gordo, te quiero!”. Fueron dos maneras muy sutiles de entender el periodismo. Tele 5 eligió una millonaria penitencia. Cuatro prefirió la vida en crudo, sin cirugía: pura reinserción.