lunes, enero 26
Malkovich
viernes, enero 23
La vida inversa de Maika Bernal
Todo transcurría con normalidad en la serie de la Primera (ya había un fiambre: se veía venir que el carácter de Vilches, fuese en un hospital o en el Pirineo, le iba a traer algún disgusto; un acusado y un guardia civil atormentado por la muerte de su "amigo especial", en expresión insólita), cuando apareció la jueza encargada del caso. Paca Gabaldón, ni más ni menos. Yo no sé a ustedes, pero Paca Galabón será siempre Maika Bernal, la malísima de El Súper. El Súper fueron las tardes de mi juventud eclosionando como una radiante primavera. Julia, aquella cajera amargada que parecía vivir dentro del funeral de una madre. La alborotadora Teté, con la sonrisa estomagante colgada del estólido jeto de aquel personaje suyo, tan insoportable. Ernesto, el hombre a medio afeitar de mandíbula de mamut, que siempre llegaba al súper después de pastorear cabras: ¡se olían las cabras en salón! Maika, acechando como una Channing pasada de vino. El terrible Alfonso; la azucarada Asun con su desquiciado buen rollito. Y por supuesto, Santiago: Chisco Amado. Hay un antes y un después en la interpretación española desde la irrupción de Chisco Amado en nuestras vidas. No diré más.
Aquellos noventa los despachó uno zapeando entre El Súper y Médico de familia, y luego salió lo que salió. Que la jueza de Fago fuese la alcohólica Maika Bernal cerró el círculo que el destino trazó en los últimos diez años: al revés que ella, iba uno para juez y opositó a dipsómano. Una nacionalidad, que dijo Bogart, como otra cualquiera.
jueves, enero 22
El Madrid y otros demonios
miércoles, enero 21
Obama: save the world / save the children
martes, enero 20
Nadie lee el segundo párrafo

La alergia al periodismo del gran psicoanalista no era compartida por Wilder, que dijo muchos años después que aquella había sido su cumbre como reportero, pues consideraba un honor haber sido largado de casa por Sigmund Freud. Cuando rodó Primera Plana, Wilder incluyó un personaje delirante que propicia la huida del condenado a muerte sobre el que gira el filme. Procedente de Viena, el eminente profesor interroga al preso: «Dígame, señorrr Williams: ¿tuvo usted una niñez desgrrraciada?». «Pues no, tuve una niñez perfectamente normal». «¡Ja, deseaba matar a su padrrre y dormir con su madrrre!». A las conclusiones sólo les falta la servilleta anudada al cuello: «Así que su padrrre llevaba uniforrrme. Al igual que el policía al que usted mató. Cuando sacó la pistola, símbolo fálico inequívoco, usted crreyó que era su padrrre, y le disparró». El profesor acabará rodando calle abajo tumbado en una camilla y gritando: «¡Marricas, sois todos unos marricas!».
Primera Plana es una película que reconcilia a cualquiera con el periodismo. Con el periodismo en su versión original e infalible, que es el periodismo de sucesos. Wilder, desde una posición magnífica, imparte las lecciones fundamentales del oficio, representadas en ese Walter Burns / Walter Matthau que entiende su periódico, el Examiner, como una prolongación natural de su cuerpo. Resulta conmovedor verle desenvolviéndose como una anguila feroz en una tarea titánica: la de ir adaptando la realidad al fabuloso prisma de sus titulares, la de ir reajustando la historia salvando principios con el objetivo sagrado de vender periódicos. Walter Burns encarna los vicios y las virtudes de esa profesión que lleva a cualquiera a ocultársela a su madre «porque ella cree, pobre, que soy pianista en un burdel». Y la pasión con la que se mueve ese totémico director con el que no hace mucho se comparaba Pedro J. Ramírez es la misma que obliga a su redactor Hildy Johnson / Jack Lemmon a olvidar que tiene una prometida con la que coger el tren si en sus manos cae una «gran historia». ¿Hay algún reportero que no dejaría todo lo que tuviese entre manos si se topa de repente con el fugitivo más buscado de la ciudad?
Si algo debe mover al periodismo es la verdad, en su razonable pureza. En segundo lugar hay que contarla antes que nadie y después saber hacerlo con cierta calidad (el espectáculo, o sea). Y sin embargo, todo el esqueleto se agrieta ante el primer mandamiento de la profesión que Wilder pone en boca de Walter Burns, dispuesto a dar una nueva lección escandalosa en tributo memorable a las nuevas generaciones: «¿Dónde se cita al Examiner?», pregunta furioso señalando la crónica. «Está aquí, en el segundo párrafo», contesta Johnson. «¡Olvídate del segundo párrafo! ¡Nadie lee el segundo párrafo!».
lunes, enero 19
"Perdone. ¿Come carne de caballo?"
(...)
Arcadi Espada: Perdone. ¿Come carne de caballo?
Fernando Savater: ¿Cómo? ¿Yo voy a comer carne de caballo? Ni me subo a un caballo por respeto, me lo voy a comer... Por Dios: me parecería antropofagia. A veces tengo pesadillas pensando que a lo mejor me han dado alguna vez carne de caballo sin decirme que era de caballo. Vamos, por Dios. Me mareo. ¡Cómo voy a comerme a un pariente! Aquello de ¡Viven!, de los Andes, que se comieron unos a otros, me parece más tolerable.
A. E. Ya sabrá que Dalí creía en la antropofagia como supremo acto de amor.
F. S. Nada, ni hablar. Mire, Levi-Strauss tiene una cosa muy bonita al final de El pensamiento salvaje diciendo por qué en Occidente nunca nos comemos a los animales a los que ponemos nombre.
A. E. Bonito, pero no completamente cierto. A los toros les ponen nombre, los estoquean y luego se los comen.
F. S. Levi-Strauss no debe de conocer el caso. Pero es verdad que los perros, los gatos, es decir, el animal al que tú pones un nombre y de alguna manera lo sientes, lo personalizas... Es muy difícil luego que te lo comas.
A. E. Sí, desde luego. Suele ser cierto.
F. S. Es interesante… Con el nombre ya lo excluyes del rebaño de la muerte.
A. E. ¿Los caballos tienen derechos?
F. S. No. Los animales no tienen derechos, porque no tienen obligaciones. Es así de sencillo. La idea de derechos de los animales es como, por ejemplo, los «derechos de los cuadros». Yo creo que estaría muy mal meterse en el Prado y quemar obras de arte, por ejemplo. Pero eso no quiere decir que piense que Las Meninas tienen derechos.
A. E. ¿De verdad cree que es lo mismo?
F. S. Bueno, siempre se habla de la idea de que hay animales que pueden ser de algún modo conscientes de la vida.
A. E. Sí, así parece en los bonobos y en otros primates.
F. S. Sí, pero digamos que los animales no pueden hablar en subjuntivo. No pueden distanciarse del yo.
A. E. La verdad es que yo he entendido siempre esa proposición de Peter Singer como una llamada de atención sobre la unidad de los seres vivos. Hay mucha gente que jamás se ha planteado esa unidad.
F. S. De acuerdo, pero lo que pasa es que más bárbaro que el que maltrata a un toro es el que no distingue entre los toros y las personas. La gran diferencia entre unos y otros es que nosotros no tenemos un papel totalmente asignado, mientras que los animales no tienen la necesidad de elegir su papel o, por lo menos, la tienen en una forma infinitamente menor. Es bueno recordar esa unidad. El problema es cuando la ética se proyecta exclusivamente sobre la salvaguardia de lo sensorial. En Singer parece que lo importante es que se salvaguarde del dolor, del proceso del dolor, a los seres que pueden descubrirlo. Lo cual yo no creo que sea verdad ni entre los seres humanos. Ni siquiera de los humanos creo que la única ética sea la de evitar sin más el dolor.
(...)A. E. Singer plantea algún asunto ético interesante. Defiende, por ejemplo, la legitimidad del infanticidio en los casos en que se demuestre la absoluta incompatibilidad con la vida del bebé. Lo plantea, creo yo, de una manera provocadora para comparar el acto con los experimentos científicos y médicos que se hacen con algunos animales superiores, experimentos a los que él se opone. Dice que hay más conciencia en cualquiera de esos grandes animales que en un bebé de tres meses, malformado para siempre.
F. S. Sí, Singer critica el especieísmo, que yo sí defiendo. Nosotros, con los animales, no tenemos nada ni personal ni impersonal, ni a favor ni en contra, pero los seres humanos tenemos que tener algo impersonal a favor. La Humanidad no tiene grados. Si la Humanidad dependiera de si uno es negro o es listo... O eres humano o no eres humano. Eso es el especieísmo. Es decir, yo a los seres humanos los trato como humanos porque pueden llegar a serlo, o lo han sido. No los trato como casos especiales que hayan surgido, como el de un nabo que se pusiera a hablar. Los seres humanos están hechos para hablar.
A. E. Sí, pero en todo eso, y como usted sabe, hay muchos y graves problemas contemporáneos. Entre otros, la pregunta que fue la estrella en el World Science Festival, de hace unos meses. ¿Qué es, exactamente, lo que nos hace humanos?
F. S. La capacidad simbólica.
A. E. Y un bebé, ¿qué capacidad simbólica tiene?
F. S. La que va a tener. Aristóteles, cuando hablaba de la potencia, estaba refiriéndose a eso. La Humanidad no es un programa genéticonatural. La Humanidad es una cosa que nos damos unos a otros. Porque el ser humano nace sin nacer. Tú coges un chimpancé bebé y un niño bebé y lo que te asombra es, desde pequeñito, lo listo que es el chimpancé y lo tonto que es el niño. Pero claro, el chimpancé cuando tiene cuatro años se ha acabado, y el niño empieza. ¿Por qué empieza? Porque cada uno nacemos dos veces. Una en el útero materno y otra en el útero social. Y ese útero social es el que nos hace humanos. Hay disposiciones innatas. Incluso el lenguaje, de creer a Chomsky. Pero disposiciones que no se cumplen salvo que las active la sociedad. Es decir, por muy innata que sea la capacidad del lenguaje, nadie se pone a hablar en una lengua solo.
A. E. Eso de la potencia aristotélica... Si lo humano fuese lo que puede ser humano hay serios problemas. El aborto, por ejemplo. No hay plazos que valgan.
F. S. Es verdad que en el terreno del aborto hay gente que piensa que cuando una cosa es legal ya no hay nada moral ni éticamente que discutir sobre ella. Y es completamente absurdo. Una cosa es que uno cumpla las leyes, porque de alguna manera agavilla a personas con morales diferentes y otra cosa es que tú obligatoriamente tengas que renunciar a tu moral y decir que lo que dice la ley está bien. Yo creo que hay que razonar. No hay un código moral. Hay una vocación, un proyecto moral, pero no un código. Sería muy cómodo que nosotros pudiéramos llamar a los cielos y que se abrieran y apareciera un señor que nos dijera lo que tenemos que hacer.
(...)
A. E. La pregunta es si la ciencia nos puede ayudar en esos dilemas morales a la hora de distinguir, o a la hora de objetivar, lo que es malo. Porque puede llegar un momento en que se distinga claramente en el proceso de creación de la vida un instante en el que exista conciencia.
F. S. La ciencia no fundamenta la ética, sino que ayuda a saber las cosas en que tenemos que pensar. Aristóteles basaba sus lecciones morales en la ciencia que él tenía. Porque la ciencia era la descripción del mundo y la moral actúa en el mundo existente, en el mundo real. Entonces Aristóteles no hacía reflexiones de biogenética porque no había biogenética, pero nosotros sí, porque sí la hay.
A. E. La cuestión es cómo ese conocimiento va a cambiar nuestros patrones morales.
F. S. Básicamente, los patrones morales no cambian. Uno puede decir que hay que respetar la vida humana, lo que pasa es que ahora entendemos que vida humana es hasta aquí y no hasta allá. Pero lo que quiero decir es que nunca la ciencia puede decidir un problema moral.
A. E. No lo creo. La ciencia crea y destruye éticas. La relación que uno tenga con los animales, y con los hombres, y con Dios, antes o después de Darwin no es la misma.
F. S. Bueno la verdad es que Cioran tiene un hermoso aforismo que dice: «El gorila es un animal melancólico. Yo desciendo de su mirada». Uno ve al gorila, y esa mirada del gorila, y en efecto uno se dice: «De ahí venimos».
Fernando Savater y Arcadi Espada, ayer en el Magazine de El Mundo
Oh, Presidente!

domingo, enero 18
El comienzo del mundo
Guillermo Altares, hoy en Babelia: 'El crash de Zelda y Scott'
Más:
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No debiste vivir más de treinta años
viernes, enero 16
Lo más suave que le decían era vaca gallega
Ya en la cresta, recuerda uno que Jesús Vázquez se vanaglorió de haberse despojado del acento gallego. Supongo que lo justificaría con el rollito del espectáculo y eso: sólo me ofrecían concursos de a ver quién le hace el nudo al rabo de un burro o papeles de arousano. También ahora alguien de quién no recuerdo el nombre vino a hablar del acento gallego y su diabólica influencia. Uno entiende que un buen actor disimula su acento natural y se adapta a otros, pero no debe ser el caso: aquí todo muy planito y masticado, que nos perdemos.
A la ministra de Fomento se le ha señalado ahora el acento con el mismo asco que se le señalan a los gordos sus gafas de culo de vaso. Fue la diputada Nebrera, del PP, que se ha protegido con la cantinela de los ‘amigos gay’. Que no me acusen de antiandaluza que mi madre es de allí, ha dicho. A mí no me parecen mal los maricones y hasta todos mis amigos lo son, por no hablar de mi padre, pero qué vamos, ¿a acabar casándonos con gatos?, decían aquellos manifestantes de la familia.
jueves, enero 15
A estación violenta (II)
Sigue en Mabalot (Empezar a vivir)
martes, enero 13
O cazador Ángel Santos Touza
O que pasa na obra é un pouco tamén o proceso polo que pasei eu, non? Eu cheguei a casa, escribín a historia tal e como a lembraba, e tiña a historia dun cazador cunha campesiña. Era unha ficción. E dicíame: quen son eu para facer algo cun cazador e cunha campesiña? Se me dixeras sobre dous mozos, ou dous adolescentes...
Un cazador e unha campesiña rusos, por riba.
Claro, que fago aquí? Entón tiña que deixar claro que esto era una ficción, unha construcción, e púxeme a traballar nese senso. Fixen un proceso de adaptación. Collín o texto en bruto, que é un pouco o que está na primeira parte da curta, e logo o traballo que acaba sendo a nosa ficción. Quizás por iso gusta en determinados sitios e non gusta noutros.
Ten clara unha certa idea de cine?
Si que é certo que, non por dogmatismo, penso que o meu xeito de facer as cousas ten que ser un. Non son moi heterodoxo. Póñome moitas limitacións, e funciono moi ben poñéndoas. Non cambio de rexistro, e sempre volvo ao mesmo. Eu fixen tres curtas distintas, pero son historias que se se reducen a un esquema básico son moi similares todas. Tratan sobre o mesmo e hai recurrencias. Si que hai unha forma, agochada nalgún sitio (...)"
Entrevista completa a Ángel Santos, hoxe no Diario
La noticia es el rico que se suicida
Cuando hace menos de un año empezaron las risas en Wall Street la cosa tenía una importancia casi metafórica. La crisis estaba en el salmón y en los ejecutivos de Lehman Brothers y en todos esos financieros que recogían en cajas sus pertenencias para irse a sus áticos de lujo a afilar el colmillo hasta la próxima. Incluso un paisano fue allí a subirse a un taxi a pedir que viviésemos como galegos.
Uno confiesa entonces haber asistido a los telediarios con la secreta esperanza de ver las farolas de Manhattan ocupadas por los cuerpos bamboleantes del 29 y ventanas abiertas por las que saliesen flotando las cortinas viejas de la pensión en la que alguien, un cristiano padre de familia, se acabó tirando. No hubo tal, y sin embargo la amenaza se extendió como una mancha de aceite hasta pringarnos las chancletas con un océano en medio y diferencia horaria al margen. Estaba todo tan lejos y éramos todos tan felices que aquello parecía la guerra de los mundos narrada por Orson Welles con la ventaja de que nosotros ya sabíamos que se trataba de Orson Welles.
Y este cinco de enero Adolf Merckle, el quinto hombre más rico de Alemania y el 94 del mundo (siempre me pareció entrañable el ránking de los ricos y siempre quise saber, y algún día Internet me dará la respuesta, en qué aseada posición aparezco yo) salió de su casa y se fue directamente a las vías del tren a esperar que pasase uno. Cuando lo oyó, en la oscuridad, a seis grados bajo cero, se tiró a su paso. Fue un suicidio tradicional, austero, muy acorde con su modo de vida: un señor de espíritu calvinista que se movía en bicicleta y al que disgustaban las ostentaciones. Que puestos a matarse, prefería echarse a los pies de un tren que calzarse una bala de oro en el cerebro.
Lo extraordinario sin embargo fue que aquello conmoviese al periodismo. En el último crack la noticia era el rico que no se suicidaba. Los tiempos han cambiado, pero más han cambiado los ricos. Que un tipo como Fernando Martín, aquel Evo Morales de Loewe, apenas haya acusado en su rostro (o en su ropa) el golpe de cerrar la primera inmobiliaria europea, ya dice algo. Aunque sólo fuese por decencia, e incluso decencia histórica, de lo que fueron los ricos y de lo que tienen que ser, Martín debería haberse homenajeado con ropa de Zara y un menú en el chino. Se lo debía a la prensa, y se lo debía al ciudadano: se lo debía también al periodismo, y de paso a los madridistas.
Merckle tuvo un sentido del honor acusado y eligió la poesía para morir, el viejo romanticismo de toda la vida: incluso dejó una carta a su familia pidiendo perdón, oh, perdón. Tenía 74 años y su vida fue su imperio, lo que parece suficiente. Uno siempre ha respetado mucho los imperios, sobre todo los que hace uno de la nada, aunque Adolf Merckle heredó de familia ochenta trabajadores y otros heredan, con suerte, ocho hipotecas.
lunes, enero 12
Voces
viernes, enero 9
Sacha
jueves, enero 8
Comer con él
lunes, enero 5
El primer bebé del año
viernes, enero 2
Chandaleros
miércoles, diciembre 31
lunes, diciembre 29
sábado, diciembre 27
martes, diciembre 23
Jingle Bells
2-Eso se nota especialmente en el Facebook: se agrega cualquier cosa.
3-Nunca se odia a nadie sin fisuras: tampoco se acaba por querer a nadie del todo.
4-Amparo, todo lo que me gusta es caro.
5-Qué hace Papa Noel entre niños si él nunca lo fue.
6-El mundo sería un lugar mucho más apacible sin el "gordito bonachón".
7-El hilo musical navideño del Froiz de Cobián Roffignac nos recuerda que vivimos en una película con final feliz si no hay mucha cola en la charcutería.
8-La del 24 es la noche que eligen siempre los abuelos para despedirse: "Éstas ya son las últimas".
9-La vida adquiere siempre un aire nostálgico cuando el Madrid pierde, o está a punto de perder.
10-Bajo la delicada piel de los villancicos se halla, semioculto, el horror.
11-Sólo las semillas tenían ganas al empezar el mundo.
12-Sms de X. para felicitar la Navidad: "Nadie de más de 40 años debería morir naturalmente".
13-Juan Luis Panero: "Yo me siento más familia de Octavio Paz que de mis hermanos". Cuánta pedantería junta en una sola frase.
14-Un consejo para Nochevieja sería lo que le dijo Lord Winter a Joan Fontaine: "No se ponga nunca un vestido negro, ni un collar de perlas, ni tenga nunca 36 años".
15-Fiesta es todo el año.
lunes, diciembre 22
Holmes
miércoles, diciembre 17
La divina calva era un martillo

martes, diciembre 16
lunes, diciembre 15
Periodismo
viernes, diciembre 12
Está escrito que alguien llegará un día hasta tu frente y te llamará fascista
Empezaba a hablar la otra tarde sobre nacionalismo y periodismo, en un aula de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona, cuando alguien gritó «¡Fascista!» y acto seguido corearon esa voz unos quince. Con discreción miré a un lado y otro de la mesa, pero en la mesa todos mis compañeros me miraban. Como seguían los gritos y aún dudaba de que fuera a mí a quien estaban llamando fascista, tuve la postrera tentación de ir hacia el grupo de muchachos y adherirme para gritar todos juntos contra el cabrón fascista. Pero no podía ser, de ninguna manera, porque el cabrón, ya lo sabía, era yo. Realmente todo era muy, muy confuso. Hacían explotar algunas bombas fétidas -yo las fabricaba de niño con el Cheminova- y luego gritaban «¡Vuestra democracia hiede!» (traducido libremente del catalán), sin atender a la evidencia de que no olía así antes de que ellos entraran. En esa danza estuvieron unos minutos y luego se largaron escupiendo, y yo aproveché para hablar sobre el tema previsto.
Por la noche dormí mal. No creo que fuera por ellos, sino más bien por las copas de un gran Hermitage que mi mujer y yo bebimos para cambiar de trago. Puesto en el insomnio y para hacer algo, y dado que tenía las uñas muy crecidas, me fui rascando el brazo con ritmo cada vez más vivo. Estaba tumbado en la cama, con la oreja pegada al brazo y las uñas arriba y abajo. Las uñas acabaron siendo las botas y mi brazo los adoquines, y lo que escuchaba, un siniestro rac-rac, era el ruido de un batallón fascista desfilando. La noche es el reino de muy tétricas ilusiones, pero si yo era capaz de marchar sobre Roma con mis uñas y mi brazo, algo de razón debían de tener los muchachos.
Pensé en mi vida. La primera vez que le grité fascista a alguien fue a don Florencio Caballero Valladares, se deduce que más que hombre, medieval fortaleza. Nos tuvo seis años formando en el patio del instituto -sin otra dispensa que la lluvia- mientras subía al mástil la bandera roja y gualda, sonaba la Marcha Real y se rezaba la oración de la mañana, a san Fernando, patrón de la juventud española. Todo eso pasó durante seis años y nos pasó por cobardes, pero la lección la aprendí luego y no va con esto. La última vez, coreada, fue en febrero de 1981. Aquella noche llovía y hacía viento y frío, y éramos muy pocos en las calles de Barcelona los que le gritábamos fascista al guardia civil Tejero. El Departamento de Estado norteamericano y el nacionalismo catalán habían coincidido en considerar que el golpe era un asunto interno de los españoles.
Entre esa noche despoblada y la otra tarde pasaron algunos años y mientras tanto aprendí a restringir el uso del apelativo fascista. Se trata de una de esas palabras demasiado grandes. El vulgo cree que las grandes palabras hacen gran daño, y se equivoca. Cuando las palabras no tienen la medida justa del concepto ocultan más que evidencian. Por eso es mucho mejor, para el entendimiento de las cosas, llamar nacionalistas o independentistas a los muchachos antes que radicales, extremistas o -justamente- fascistas: al fin y al cabo, de la bandera catalana que estaban ondeando al compás de sus insultos no prendía ningún fascio.
Pero, bueno, el asunto es que me lo habían llamado a mí. Tal vez no les faltaran razones. De las paredes, en el aula, habían colgado carteles con la siguiente sentencia: «El catalán es un dialecto del castellano. Arcadi Espada». Es verdad que cuando, en otro tiempo, alguien decía esa frase yo creía que estaba delante de un fascista. No podía negar, tampoco, que la frase era cierta: ritualmente la pronuncio ante mis alumnos de la Pompeu Fabra cuando quiero ilustrarlos acerca de la relación entre lengua y poder. Luego les añado: «... 0 el castellano es un dialecto del catalán. Depende de quien mande». Pero ni la frase cabía entera en el cartel, ni se puede ir por el mundo provocando. Sé que esto último es lo que ha querido decir el presidente Jordi Pujol, mirándonos la minifalda: «Es que van provocando... y luego pasa lo que pasa».
Todas esas razones presuntas empalidecen, sin embargo, ante la esencial razón cronológica: está escrito que alguien, en cualquier circunstancia, llegará un día hasta tu frente y te llamará fascista. Te lo llamarán en la oficina, en el aula, o en la cama. Tú quizá estés, como yo, en torno a los cuarenta años, y cuando lo oigas también buscarás al cabrón con la mirada, sin hallarlo. Entonces te sentirás un Villar Palasí o un GarcíaValdecasas. Al reponerte, copiarás estos versos:
Fue un verano feliz.
Ahora bien, voy a darte un consejo, ya por viejo: procura siempre que los que te llamen fascista sean un grupo de niñatos subvencionados, que no se pagan la bandera ni las bombas fétidas; unos niñatos eximidos por la autoridad máxima del gobierno: sus lactantes; procura que quien te lo llame sea el poder, aun en su versión de falange y muchachada; fascista serás, pero en la intemperie.
miércoles, diciembre 10
Capuletos e Montescos odiábanse, si, pero con xeito
lunes, diciembre 8
Hitos modernos
jueves, diciembre 4
Doblez
La borra del café
Mario Benedetti
