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miércoles, noviembre 26

Todo era mentira

Antes de morir tiroteado por unos sicarios que habían llegado a Cambados para cerrarle la boca, al capo Manuel Baúlo le dio tiempo a decir las últimas palabras a su mujer Carmen Carballo, que sobreviviría paralítica a la balacera: "Me muero, Morocha..., me muero. Que no se rompa la familia. Estad unidos". Siempre ha creído uno en que ciertos espíritus responden mejor a la improvisación. Cuando el Cela achacoso ingresó en planta sabiendo que iba a morir debía llevarse bien aprendido ese ¡Viva Iria Flavia! que dicen que soltó, porque Cela era hombre metódico en asuntos tan solemnes como los de la posteridad. A Baúlo el plomo le hizo ver la luz y expresó, en el dolor de la certeza, aquello que de verdad le importaba tras su muerte: la unión de la familia, que al fin y al cabo podría interpretarse también como la unión del negocio. Cuando yo era un niño religioso pensé no en lo que iba a decir antes de morir, sino a quien iba a dedicar el último pensamiento: a la Virgen María. Me dije ya entonces que mis tempraneros pecados acabarían absueltos en el último segundo, como un dandy que cae de pie: la Virgen me salvaría. No era el mejor final, pero parecía efectivo: una cobardía en forma de ‘por si acaso’. Con los años pude saber de algún final glorioso, como el del padre de Joaquín Sabina. Cuenta el cantante en sus memorias que, ya en su lecho de muerte, el hombre levantó un poco la cabeza antes de dar el último resuello y dijo: "Me gustaría saber a mí de dónde sacan tanto dinero las diputaciones provinciales". Hablándole a Chile desde su bombardeado Palacio de la Moneda, Salvador Allende dijo: "Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano: tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición". A Kennedy, en aquel descapotable que lo paseaba entre la afición, la mujer del gobernador de Texas le dijo: "No puede decir que Dallas no lo ama". Y antes de que le derribara el primer disparo él comentó: "Eso es obvio". Es famoso el grito del Che ante su verdugo, que temblaba nervioso: "¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!". Y lo que yo no sabía era el final estúpido de Billy el Niño: entró en un cuarto sin luz y preguntó en español: "¿Hay alguien aquí?". Dylan Thomas fue más sugerente. Antes de desplomarse dijo: "Me he bebido 18 vasos de whisky puro. Creo que es todo un récord". Y María Antonieta, dirigiéndose al cadalso, tropezó con su verdugo y susurró: "Pardonnez-moi, monsieur". Mi final preferido cierra el círculo abierto por mi temoroso ‘por si acaso’. Lo contó hace poco un viejo amigo de la infancia. Se sabe que hace muchos años, en Viascón, un párroco se despidió del mundo al grito de "¡Todo es mentira, todo es mentira!".

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Ninguna tan preclara como la del padre de Sabina.

M. dijo...

No se confíe. El cura de Viascón debería estar laicamente beatificado.

Diarios de Rayuela dijo...

Hace unos días le oí decir a Íñigo -sí, sí, a Íñigo- que tenía pensado un epitafio para su lápida -ya sé que no es exactamente de esto de lo que se habla en el post, pero no hay demasiado camino entre el estertor final y el nicho-. Debería decir en su tumba: ¡Conque no era grave!.
Me pareció genial.
Un abrazo.

M. dijo...

Jajaja, seguro que lo es! Ésta sí que no tiene que ver, pero me recuerda a tu historia. Un amigo fue al oculista a que le quitasen las dioptrías con láser. La cosa salió bien, pero los primeros días requieren unos cuidados y los ojos, irritados, lloran constantemente. Este amigo se empezó a deprimir tanto que, al tercer día, desesperado, se plantó en la fachada del edificio de la consulta del oculista y escribió con spray de graffiti: "DEVUÉLVEME MIS OJOS".