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jueves, marzo 15

Las estaciones

A Conde-Duque

(Y a C., donde quiera que vaya)


Y un día de abril se anunció el verano. La lluvia remitió de golpe y el calor llenó de gente las terrazas y derrumbó el húmedo silencio al que se solía abandonar la ciudad en mitad del invierno. Los días de mayo fueron interminables, revueltos, felices. Las estudiantes tenían la piel morena y llevaban gafas de sol y faldas cortas y camisetas de asas apretadas y regresaban en los trenes de última hora de la tarde a sus casas: dejaban de ser mujeres y volvían, por dos meses, a ser hijas de veintiún años moralmente incorrectas. A medida que se acercaba junio había tardes fulgurantes en las que subía al corazón de la ciudad cierta alegría contenida, y se extendían por los parques grandes hileras de árboles amables, cercanos, y un verde eléctrico iluminaba la ciudad, como si estuviese en fiesta. La noche limpia y clara derramaba luz a una hora inconcreta sobre las plazas. Algunas de esas noches el cielo estaba tan claro que se podían alcanzar las estrellas con sólo estirar el brazo. También recuerdo la intensidad de la luz de la luna reflejándose en los vidrios vacíos que se agolpaban en las mesas, y suspiros súbitamente encendidos mezclándose con las conversaciones de madrugada, los ceniceros llenos y sonrisas compartidas viajando sobre las sillas para llegar a menudo a un destino incierto.

Pero afuera la ciudad rumiaba el otoño y empezaron a regresar a cuentagotas las estudiantes cargadas de mochilas y de libros. Un par de días paseé por las calles con aire indolente y perdido para observar las muchachas que se matriculaban en las facultades por primera vez. Me gustaba verlas haciendo un corrillo con sus amigas, riéndose con discreción, temiendo ser juzgadas por las veteranas, con sus grandes bolsones de ropa, subiendo las escaleras de los edificios para conocer sus nuevas casas, su primera independencia, y saludar a sus nuevas compañeras. Me acercaba para escuchar sus grandes carcajadas, su estrepitosa felicidad sin pausa, sus borracheras prolongadas hasta la luz del día. Tras aquellos años impulsivos darían gracias a Dios por su primer trabajo y tratarían de prolongar la belleza de su juventud sin excesivos traumas, mirando aquí y allá, asumiendo con resignación la caída imparable de los años y la lenta separación de algunas amistades, con las que se aleja el tiempo que ellas recordarán años después como el más feliz y el más incierto. Siempre admiré a esas muchachas porque me recordaban intensamente aquellos versos de William Wordsworth ("Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello, que me deslumbraba"): ellas eran el puro destello, lo momentáneo, una suavidad iluminada en sus ojos, la línea perfecta del dibujo del cuerpo y una caída inconsciente de párpados a una hora inconcreta del día, desde una angulo exacto y bajo una luz determinada.

La sobredosis de C. ocurrió a mediados de septiembre, con las calles llenas de hojas secas que volaban de un lado a otro de la acera y crujían si las pisabas con botas de suela dura. Al otoño lo había traído un viento huracanado de la otra esquina del mundo y de un día para otro todos nos pusimos abrigos viejos y largos y bufandas gruesas mientras hacíamos crujir las hojas de los árboles en un crepitar incesante. Volvieron las madrugadas frías y se vaciaron las terrazas. Algún día anterior a aquél también había llovido, pero ya no era la habitual tormenta de verano, sino la pertinaz lluvia de una ciudad súbitamente nublada, la que cala las estaciones y la que llena de charcos alegres los parques. Un gris radiante acunaba la ciudad, hasta adormecerla, y de repente un trueno hacía saltar las piedras de las calles y agitaba con violencia la tierra. El verde de los árboles refulgía tembloroso bajo un estremecimiento repentino, y se diluía entre llantos agotadores.

9 comentarios:

L dijo...

ay,M,cada día me gustan más tus letras...jaboisdicta que me estoy volviendo:)
un besín,L

conde-duque dijo...

Muchas gracias por dedicarme un texto tan bonito, Manuel. Hermosa sonata de preverano y de otoño, germen y preludio (o epílogo) de "La estación violenta".
Siempre queremos saber más, del misterioso C. y de esas chicas que arrastran sus maletas por los soportales de la Rúa Nova (Santiago) o de la Herrería (Pontevedra), que tienen los ojos brillantes y encarnan lo mejor de la vida aunque no se den cuenta.
El alma de las piedras y del musgo, el eco de los pasos por la noche, la humedad, el rumor de las fuentes, las sombras... Si no escribís de eso los gallegos, ¿quién lo va a hacer?
Esperaré con ilusión la publicación esas nuevas "Femeninas" del siglo XXI.
Por esas mismas calles empezó caminando Valle-Inclán, de aquí para allá, de la calle de la Oliva a la biblioteca de Muruais... Y ahí lo tienes ahora, llenando de estatuas barbudas toda la Península.
Un abrazo.

Portorosa dijo...

Qué triste me ha parecido, Manuel, y qué triste me has puesto.
Esas chicas, esas jóvenes, esa edad aprendiendo a salir al mundo; yo ni siquiera puedo añorarlo, yo me lo perdí.

Y no hay segunda oportunidad.

M. dijo...

L, creo (por este asturiano "besín") que eres la chica que hace unas semanas me enviaste un correo. En él me pasabas la dirección de tu página. Tuve un problema hace poco y borré sin quererlo TODOS mis correos (todavía no me he repuesto de la pérdida, se han ido tantas cosas, y no es la primera vez). Me gustaría que me eviases la dirección para visitarte de vez en cuando (si eres tú, claro). Gracias (y este besín a la gallega: bico)

Portorosa, tres frases, una de ellas de orígen desconocido y dos de Gil de Biedma: "Aquí maduró la triste y ardiente juventud", "De todo hace ya veinte años", "Nunca volveremos a ser jóvenes" y este verso, también de él, bellísimo: "Que la vida iba en serio lo supimos más tarde". Una pérdida irreparable, claro: la más dolorosa, quizás. Un saludo, y evita la nostalgia, más aún la melancolía: es muy agresiva.

Mi querido Conde. Me inspiró tu entrada, claro, y aquellos comentarios. Me hizo recordar, y rescaté estos párrafos, que fusioné para la ocasión (efectivamente: germen atmosférico y comienzo del derrumbe, del largo epílogo). Un día te hablaré de la historia, y del curioso destino que podría tener. Evita el sacrilegio: Femeninas es la particular cumbre pontevedresa de nuestro héroe, y esto no es más que un pudoroso ejercicio de estilo.

¿Sabías que la estatua de Valle Inclán en la plaza Méndez Núñez es objetivo nocturno de los gamberros? La toman con su bastón: ellos, que nunca podrán caminar a su altura.

(C. es una chica, una mujer apenas: "No soy tan vieja para morir. Tengo veinticinco años: podría esperar cinco más")

Un fuerte abrazo.

Anónimo dijo...

Corrección:
"Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde"

M. dijo...

Cierto. Es una historia un poco extraña: la primera vez que leí ese verso no fue por medio de Gil de Biedma, sino de Joaquín Sabina. Le preguntaban hace años en una entrevista que dijera sus tres versos favoritos, y recuerdo que dijo al menos estos dos: "Amadas sean las orejas Sánchez", de Vallejo, y "Que la vida iba en serio lo supimos más tarde", de Gil de Biedma.

Busqué el poema (busqué y leí muchos poemas de Gil de Biedma), y me di cuenta de que el verso no era exactamente así. Pero me gustó siempre más la versión que, inintencionadamente, hizo suya Sabina. Lo que no quita que sea un error, porque ese verso jamás lo firmó Gil de Biedma.

M. dijo...

"Le pedían hace años en una entrevista que dijera sus versos favoritos"

aniki dijo...

Que bonito y triste a la vez.NO soy buena escritora ni tampoco ferviente lectora como casi todos tus seguidores pero solo felicitarte. Me ha emocionado y me ha entristecido,la juventud que se fue nunca vuelve y eso duele; que razon tiene "Gil de Sabina" .Un saludo

Portorosa dijo...

Ay, la vida.