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lunes, julio 2

Cape Cod (III)

Subiendo desde Nueva York y pasando por Rhode Island, salvando New Haven y circulando despacio por la tierra de los caminitos que se cruzan y descruzan entre casas de madera de céspedes pulcramente cortados los domingos por la mañana, se llega a una lengua de tierra que sale disparada hacia el mar formando un arco que puede interpretarse fácilmente, a vista de pájaro, como un gancho o un fresco corte de manga. Es Cape Cod, el cabo de pueblos como Sandwich, Truro, Hyannis (el lugar elegido por el patriarca Kennedy para darle a los EE UU su propia dinastia maldita) y, en la punta más alejada, Provincetown. Nos alojamos a medio camino en un motel de carretera regentado por una familia china y en el que se relucían, esplendorosos, dos impactos de bala en la recepción misma. Esa noche apareció sentado junto a la puerta un policía bajo un gorro tejano y agitando una libreta de mano: interrogó a E. alternando malas y buenas maneras, dónde había pasado el día y por qué había parado allí, mientras yo vaciaba las maletas en el cuarto y quemaba pruebas. El último día en Cape Cod partimos para Provincetown con la única esperanza de encontrar buenas playas y un sonido más populoso que el viento trenzando el mar. Nos recibieron calles alegres engalanadas con banderitas portuguesas (se celebraba el festival de música en memoria de los viejos colonos) y señores maduros entrando de la mano en locales presididos por la vigorosa bandera del arcoiris. Digerimos una alegría desconocida: Provincetown es una ciudad pequeña sin rastro de la globalización (McDonalds, Dunkin Donuts, Starbucks, Burguer King están prohibidos en aquella Arcadia) y absolutamente gay. Las tiendas de souvenirs venden camisetas con las frases que han hecho historia de George Bush, de la que elegí con cuidado ésta: “Sé que los seres humanos y los peces podrán coexistir en paz”, sobre todo porque uno de los mayores atractivos de Cape Cod es el paseo marítimo para ver ballenas. Hay constantes reclamos homosexuales y a media tarde mucha gente se refresca en los parques para fumar un cigarrillo, hablar por teléfono o dormir una rápida siesta. Puerto, playa y barcos rematan la estampa de Cape Cod, y nos fuimos días después a ver en Plymouth el Mayflower, la réplica exacta del barco de los peregrinos, y pasear en New Haven por la Universidad de Yale, pequeña pero matona: todos los presidentes de EE UU desde 1989 se graduaron allí. Preferí Harvard: allí nos emborrachamos con licores de veinte dólares y nos codeamos con personajes de novelas que se casaban al día siguiente en un hotel de lujo y partían una semana después para Europa. Nos cambiamos los números de habitación, para seguir la fiesta, pero nos escapamos a la hora exacta. Pasé las horas de desvelo en nuestro cuarto pensando en cómo destrozarle la vida a aquel amigo casual que habría tomado nuestro encuentro como una anécdota en su despedida de soltero: mañana se casaría con la mujer de su vida y seguiría los pasos de su padre, un constructor de pro nacido en Michigan que tenía su volumen de negocio repartido entre Boston y Nueva York. Escuché de pronto mi respiración entrecortada: lo atormentaría hasta el resto de sus días haciéndole víctima de un chantaje atroz. Se trataba de estar, tan sólo, a la altura del argumento: pero a las cuatro de la mañana me dormí y a la noche siguiente los vio E. fumando un cigarro en la puerta del hotel, él de novio rico y feliz y ella delgada y blanca, y una multitud de grandes hombres rodeándoles con el humo de sus puros. Hablaban de Venecia, y de París.

3 comentarios:

lulú dijo...

Como se poden escribir máis de 500 palabras sobre Cape Cod e non mencionar nin unha soa vez a Jessica Fletcher?

Cesare dijo...

Perdoa, estás a confundir Cape Cod con Cabot Cove.

lulú dijo...

E eu que presumía de ser a que máis sabía de televisión do mundo. Grazas, Cesare. Que podo dicir... "ninguén é perfecto". Tardar tanto en volver entrar no blog do 'xefe' para deixar ese comentario... Non teño perdón. Autocastígome con reflexionar durante cinco segundos antes de colgar nada. Ou polo menos, con comprobar as cousas no Google.