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martes, septiembre 23

Parto

A Ramón Rozas. Y a sus muchachas

Saturno comenzó a devorar a sus hijos por miedo a que alguno le arrebatara el poder. Todos tuvieron el destino atroz que le habían guardado los dioses menos uno: Rea, su madre, lo evitó entregando una piedra envuelta en mantos que Saturno engulló inconsciente. Aquel niño era Zeus, fue criado por ninfas y en la hora de la venganza hizo beber a su padre una pócima con la que vomitara a todos los hijos tragados hasta entonces y desatar una guerra feroz de diez años. Atenea, diosa de la sabiduría y la guerra justa, nació de la frente de Zeus, su padre. Hefesto abrió la cabeza del dios con su hacha minoica de doble hoja y Atenea saltó de allí completamente adulta "y llamó al ancho cielo con su claro grito de guerra. Y Urano tembló al oírlo, y la Madre Gea...". En la antigua Grecia, cuando nacía un hijo se colocaba una corona de olivo en la puerta de casa si se quería un guerrero o una corona de laurel si el deseo era que fuese deportista: en el caso de naciese niña, se colgaba una madeja de lana en representación de sus labores domésticas. Luego el padre tenía la última palabra de su destino: aceptarlo o rechazarlo. Si lo rechazaba se exponía en un lugar público para el que quisiera tenerlo: en Esparta al niño se le subía a un monte a dejarlo morir. Al saber Layo, rey de Tebas, que el destino de su hijo era matar al padre y casarse con la madre, ordenó deshacerse de él nada más nacer. Un soldado lo subió a un monte en el que le agujereó los pies y luego lo colgó de un tronco cabeza abajo para que las bestias lo devorasen. Fue un pastor el que le salvó la vida y lo entregó a una reina estéril, que lo adoptó y lo llamó Edipo, que significa "pies hinchados". Que el pezón y la aureola del seno de la madre crezcan durante el embarazo se interpreta como un signo claro para que el bebé se aferre con facilidad a él, como un ciego que ve apenas una luz sobre la que sostener su equilibrio. Las estimulaciones nerviosas del pezón envían señales al cerebro ordenando liberar dos hormonas: prolactina y oxitacina. A causa de la función primordial del cerebro, es común que la bajada de la leche al seno se produzca incluso cuando la madre escuche el llanto de otro bebé. De la misma manera que hay milagros para los que la Historia no tiene respuesta, tampoco la ciencia tiene por qué auscultar en su grandeza el secreto de la emoción humana, aquella más lejana que uno sólo puede compartir consigo en momentos de especial alegría o extraordinario dolor. Hace unos meses alguien escuchó en las calles de Madrid a un padre preguntarle a su hijo de cinco años en qué pensaba cuando aún no podía hablar. "Que te quería mucho y que no podía decírtelo". La vida empieza a ser algo lejano en el momento en que uno abandona el pecho de una madre. Esa separación empieza antes de que el crío sepa andar y son sus padres los que sostienen sus primeros pasos entre la ilusión, la nostalgia y la certeza. Ya en el parto (del verbo partir, marchar) se confunde el dolor y la alegría. Así siempre lo han querido los dioses.

5 comentarios:

SPQR dijo...

Hermoso artículo. Sí señor.

M. dijo...

Hermoso comentario!

Portorosa dijo...

Joder, no sé por qué has escrito esto, pero está de puta madre...

Así, con elegancia te lo digo.

Un abrazo.

M. dijo...

Gracias, Porto. Un amigo ha tenido su segunda niña, y en él pensé al escribirlo. Un abrazo.

filosofo dijo...

Sinceramente Jabo, te acabas de lucir.
Un gran artículo de un gran periodista, pero ante todo de una gran persona.
Un saludo