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martes, marzo 25

Primavera

En un apasionado arranque cursi, en los que de vez en cuando caía el infatigable Neruda, dijo el poeta que podrán cortar las flores pero no detener la primavera. La última vez que leí la frase estaba impresa en Pamplona en un panfleto repartido por los batasunos, un día después del asesinato en Leitza de un concejal de UPN: protestaban contra la dispersión no de la vida, sino de los presos. Como medida de protesta muchos jóvenes dejaron de consumir drogas y el Ayuntamiento suspendió el Ay de mí cuando nunca había de tener el canto mayor sentido. Volvimos a Sanfermines al año siguiente, pero ya no nos acercamos a los toros: los de entonces no éramos los mismos, y tampoco nuestras borracheras. No corría la primavera sino el verano, y además el verano de 2001: el verano de nuestros 23 años. Ahora la primavera lleva varios días detenida en Pontevedra aunque persista, desmayadamente, el blanco florecimiento de los cerezos salvajes en la Verdura. Los azotes del viento, casi sexuales, hacen llover sobre los bancos las hojas como si se celebrasen bodas. Días antes de Semana Santa salió el sol, y bajaba la carretera de Vilagarcía uno de nuestros célebres yonquis al Vao. Me lo crucé yo volviendo de Santiago, en esa lenta caravana de coches que rodea el parque de bomberos. Caminaba al sol el yonqui comiendo un bocadillo y saludando con una enorme sonrisa a los coches. Normalmente la gente va al Vao deshecha, a zancadas sudorosas, y vuelve entera, en su extasiante felicidad ya caducada, por eso ante aquella visión casi mágica a punto estuve de bajar del coche a pegarle un abrazo. Volvía de entrevistar a un científico candidato al Nobel con tratamiento de Sir, y la alegre visión del yonqui, probablemente del único yonqui del mundo que va al Vao más feliz de lo que regresa, me devolvió a la vida: sólo en esos tratamientos de choque, cuando se tocan en el espacio de una hora los dos extremos de la cuerda, descubre uno de qué mundo está más cerca. Por fin uno de estos días me acerqué a Sanxenxo a pasar lista en Festiñanzo: la eterna primavera de la costa. Donde antes había un bosque sembrado de pinos y eucaliptos ahora hay movimientos de tierras porque el Concello está creando un paraje natural accesible al hombre similar al que veníamos de ver en Gijón: monte y césped con vistas extraordinarias y bancos de madera por los que pasear a pocos metros del mar. O eso, o cómo convertir un pueblo en mierda.

5 comentarios:

andresmilleiro dijo...

Convídote a ler o que escribín no blogue dun amigo:
http://breo.blogaliza.org/archives/421

Versión08 dijo...

Me imagino que el vivir en Galicia conlleva la responsabilidad de no poder dejar el estado de ánimo al libre albedrío del tiempo. Ni la planificación urbanística.

Versión08 dijo...

Mi anterior comentario no tiene mucho sentido pero... uf. Miércoles de resaca.

Diarios de Rayuela dijo...

Eso que se ve en la foto aérea de la costa gijonesa fue, antes de convertirse en paseo, en atalaya pública de mares y tempestades, en tránsito de cometas civiles, un enorme campo de tiro. Lo curioso es que no sólo se nos había hurtado ese enorme trozo de costa para hazañas bélicas, sino que a la misma ciudad, a su barrio más playo y canalla, Cimavilla, le arrebataron hasta la llegada de la democracia su cerro, el rompeolas donde hoy está el Elogio al horizonte de Chillida. Antes de la voracidad urbanística, vivimos ese acotamiento albanés de las costas para el desfogue castrense.
Un abrazo.

M. dijo...

Vengo de pasar unos días allí (y tapeé en Cimavilla). No conocía Asturias, mea culpa, pero tampoco conozco Galicia. Imagínate que en lugar de dejar un paseo hubiesen dejado, en esa atalaya pública de mares y tempestades, una urbanización de chalés ocupados por sólo sabe Dios quién. Sanxenxo siempre va un poquito más lejos. Espero que si algún día te acerques no hagas lo que yo, y te pongas en contacto conmigo para compartir un albariño. Alego, en mi descargo, sólo dos días para hacer lo que debería haber hecho en siete. Un abrazo.

Sólo hay algo mejor que la resaca de un miércoles, chica08: la de un martes. Un martes que no sea festivo, por supuesto.

Andrés, me pareció verte estos dias en Pontevedra, sentado con ¿tus padres? en la Verdura. No puede decirse que haya sido la mejor Semana Santa de nuestra vida, pero si te consuela, en Galicia ahora la cosa está aún peor: lluvias y vientos varios. Por cierto, debes a tus lectores aquel texto sobre los olores de la ciudad: te dije que si no lo hacías en breve te lo pisaría yo sin consideración alguna :)