Me he trasladado! Redireccionando...

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martes, octubre 16

Cuando era niño escuché morir a Dios

Lo recordé de la forma más tonta, mientras pensaba en mi primer negro leyendo el blog del periodista Guillermo Pardo. Pardo relata en su bitácora la primera vez que vio a un negro y el curioso impacto que eso supuso en la Galicia de su época para un niño de diez años. Mi primer negro debió ser cualquiera del mercadillo de Sanxenxo, de los que vendían gafas de sol, carteras de piel y pulseras de cuero en el paseo de los Barcos del viejo puerto. Eran negros puros, sin descafeinar, arrancados a mis ojos de la turbulenta selva africana. Pensaba en eso (en la vasta negritud, y sus titubeantes primeros pasos en mi vida) cuando recordé también la primera vez que me temblaron los labios delante del televisor, afinando ya emociones. Pasaban una película del Oeste y yo debía de tener muy pocos años, pero ya era católico e incluso sentimental: feo ni entonces. El argumento llevó a dos vaqueros a una de aquellas inmensas llanuras bajo el sol del desierto. Forcejeaban con una pistola duramente, con ese esfuerzo inhumano y sudoroso que suele pringar las escenas de combate cuando cierran la película. Me recuerdo con esa limpieza natural con la que uno se recuerda de pronto, pasen los años que pasen: sentado en la alfombra de la casa de mis abuelos, atendiendo lleno de razón, sin pesarme los años y el destino. Mucho tiempo después, en la adolescencia, me duché en esa misma casa y me dije: has de recordar siempre este momento. Y todavía lo guardo, incluso las canciones que escuchaba, en algún lugar limpio y bien iluminado. La pelea de los dos vaqueros llevó el cañón de la pistola a apuntar el cielo en ese pulso inequívoco de la Historia con la gloria de la muerte. De pronto uno de los dos apretó el gatillo. Se hizo el silencio y los dos vaqueros dejaron caer la pistola y se cruzaron miradas a los ojos. No se movía una mosca en todo el Far West y yo apenas pestañeaba en aquel salón que se me hizo, como la vida, enorme. Recuerdo haberme paralizado (esa parálisis infantil, llena de estupor) mientras le daba vueltas a conceptos vagos y hasta entonces dichosos que se desmoronaban de golpe. Yo ahora supongo que se había malgastado la última bala, pero entonces pensé que habían matado a Dios

1 comentario:

erasmo dijo...

Me ha encantado su relato, estimado Jabois. No me extraña la experiencia de Guillermo Pardo porque me ocurrió lo mismo cuando tenía 8 años. La primera vez que vi en persona a un negro me acojoné. Estaba solo, fue en Madrid, de noche, y en una calle poco iluminada. Imagínese el soponcio. Hasta entonces, los negros que yo tenía en la cabeza eran casi todos los que salían en las películas. Los había para todos los gustos: malos, como los que se querían comer a Jane en la olla, la novia de Tarzán, o los de King Kong; inocentes, como el de La Cabaña del Tío Tom o el que encarnó el papel del negro enjuiciado en Matar a un ruiseñor (creo que se llamaba Brock Peters), y buenos como Sydney Poitier en Rebelión en las aulas o el magnífico Woody Strode, protagonista de El sargento negro, de John Ford, y el que hizo el excelente papel de Draba en Espartaco. También había otros como el de la canción del Colacao, que cada vez que la escuchaba en la radio me producía el efecto Paulov o el negrito de las huchas del domund que me enternecía tanto que aflojaba parte de la paga del domingo para que no pasaran hambre en Africa. Hoy, como siempre, hay negros de primera y negros de segunda aunque E´too diga que trabaja como un negro para vivir como un blanco. Y si no que se lo pregunten a los de las pateras. Como también hay blancos de primera y blancos de segunda. Yo mismo trabajo como un negro para vivir como un negro. No hago más que hacer de negro escribiendo para otros, como usted. Otros también trabajan como negros para pagar la hipoteca durante el resto de su vida. Le diré que hacer de negro en esto de la pluma viene ya de muy lejos. El culpable fue Alejandro Dumas. El hombre, de origen negro al menos por parte de madre, no hizo más que parir hojas y hojas. Fue un negro conocido y reconocido que amasó una considerable fortuna pero el dinero se le escapaba de las manos como el agua en una cesta, como a Solbes con los presupuestos. Contrataba a escritores menos famosos que él y firmaba sus trabajos con su nombre. De ahí la frase ya archiconocida de "hacer de negro" que tanto se estila en su oficio. Yo lo que quiero es cobrar en negro, pero no puedo. Sólo me pagan en blanco y poco como a los mileuristas. Estoy por pedirle al jefe de la oposición de su ayuntamiento que me contrate en su empresa a ver si me pagan de una puñetera vez en negro. No sabe como lo deseo.

Saludos, E.