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viernes, febrero 1

Cesária Évora

Su música es el quejido, la morna caboverdiana (del mourn inglés: el lamento). Se crió en un orfanato y hoy sale a los escenarios de todo el mundo descalza (la diva aux pieds nus, título del primer disco que publicó hace veinte años) para denunciar la pobreza y acercarse espiritualmente a los pobres de su país, debatiéndose entre el dolor y la nostalgia. Una noche llegamos a un apartamento semiabandonado de Coimbra y en un mueble encontré varias cintas viejas, de las que elegí una grabada al azar. La escuché meses después, y era Cesária Évora. Petit Pays, Sodade, Africa Nossa todas las mañanas, digiriéndola con el entusiasmo de las nuevas sensaciones. Así debe de sonar la pena lenta, masticada dulcemente, que lleva en la frente el estigma de la Historia: la de esta mujer de la isla Mindelo (“allí mi casa tiene siempre sus puertas abiertas para quien quiera venir a verme”) y el continente que la arrastra. Ya vieja, Cesária Évora sigue apoyando sus pies cuarteados en el casete, a la manera de la resistencia. Tuvieron que pasar meses para que yo supiera que aquella habitación de Coimbra había sido abandonada sólo unas semanas antes por un estudiante de diecinueve años que se suicidó tirándose al vacío desde la terraza, despeñando su cuerpo por las rocas. No dejó nada escrito: sólo unas cintas viejas de música y entre ellas un recopilatorio de Cesária Évora. Todos sabemos lo impresionables que son los jóvenes con la cosa del suicidio: hay pocos que no hayan pensado largamente en ello, creyendo palpar el blando destino. Profundizó Évora en la aspereza, y su saudade fue hermosa, de siglos antiguos. La tristeza de su voz expresa, de repente, la humanidad de su belleza. Cabo Verde ha sido siempre un país de esclavos. Este año visitaremos Cabo Verde.

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