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martes, septiembre 4

Castrados

El debate sobre la castración química, que PP y CiU han querido ver con urgencia recogiendo las miguitas que va dejando Sarkozy, ha tenido estos días un protagonista deslumbrante: el hombre que en Salamanca se ha cortado su pija española y la ha arrojado al retrete, donde tanto se vio reflejada. Históricamente la siega de pichas era una cosa muy de mujeres, casi siempre enfadadas por algún motivo y casi siempre bien armadas. Pero este hombre lo hizo para no pecar: hay que apuntársela en la cuenta de la Iglesia. La modernidad ha traído vicios más extraños que los celos: ejercicios de canibalismo y raras autocastraciones. Pero la Iglesia se ha mantenido ahí siempre, surtida de razones morales. Todavía no se ha pronunciado sobre la castración química, pero tampoco es cosa de que vayan ellos ahora a tirar la primera piedra. Hace 13 años, con motivo de aquella legendaria picha de John Bobbit, escribió Umbral: “Todas las ovejas, entonces, eran de la majada de Carrillo o de Mao, pero nunca cogieron el cuchillo del postre para cortarnos nada, porque sabían lo que se perdían. Esto de talar pollas viene de Estados Unidos, que es un matriarcado de mierda. Claro que, después de escrito este panfleto, me la he estado mirando un poco y tampoco es para tanto, la pobre. Casi estoy por echársela a la gata”. Luego a Umbral le enseñaron la viagra y la gata se quedó sin postre. Freud hablaba de la envidia del pene y Lacan, directamente, dijo que “la mujer no existe”. Eso lo sé yo no porque haya andado en la fontanería de Google, sino porque hace unos meses entrevisté a una psiquiatra lacaniana a la que quise llevar por el bravo territorio del falo filosófico (el falocentrismo, la faloterapia y el faloespañolismo) pero no hubo manera humana y nos quedamos en Derrida, que deconstruía: como el señor de Salamanca, pero en plan esnob. También hace poco me llevaron a Youtube a ver el glorioso fragmento en el que Cela dicta aquella carta sobre el cipote de Archidona. El suceso le fue relatado al escritor por Alfonso Canales. A primeros de los setenta, una pareja acudió a un cine de Archidona. “La música o las imágenes debían ser un tanto excitantes, porque a ella, según tiene declarado, le dio el volunto de asirle a él la parte más sensible de su físico. El cateto debía ser consentidor, pues nada opuso a los vehementes deseos de su prójima. Dejóla hacer complacido, sin previsión de las consecuencias que habría de tener su regalada conducta. Según parece, el manipulado llevaba mucho tiempo domeñando sus instintos. El caso es que, en arribando al trance de la meneanza, vomitó por aquel caño tal cantidad de su hombría, y con tanta fuerza, que más parecía botella de champán, sino geiser de Islandia. Los espectadores de la fila trasera, y aun de la más posterior, viéronse sorprendidos con una lluvia jupiterina, no precisamente de oro. Aquel maná caía en pautados chaparrones, sin que pareciera que fuese a escampar nunca”. Eran tiempos de proezas: incluso la de la señora Bobbit alcanzó categoría de tal. Pero el culto al pene es más viejo que la propia palabra, y por él se han hecho grandes sacrificios. Hace dos años la BBC informó de la aparición de un falo de 28.000 años de edad, y de 20 centímetros de largo por tres de ancho. Los científicos incluso sugirieron que podría haber sido, en la época, un instrumento de ayuda sexual, además de una herramienta para cortar piedra: exótico el despliegue para ser la Edad de Hielo. En cuanto a la castración química, la prensa ha acogido con entusiasmo un debate que promete, porque las cosas de la pija siempre han dado muchos lectores y no pocos disgustos. Desde pequeños, con la tradicional capada del paraguas, hemos estado a expensas del destino: pederastas y violadores, claro, con bastante más justicia. Tampoco voy a ser yo quien me arremangue para defenderlos.

5 comentarios:

Mabalot dijo...

Qué risas... Dios, ¿cómo será entrevistar a una lacaniana? ¿Qué miedo? En cuanto hablan despegan y a ver qué le preguntan después; ¡mande!...

Miranda dijo...

Eso de los cuerpos cavernosos siempre me ha parecido un milagro.
Lo más cerca que he estado de la santidad fué cuando fundé la orden de las "Adoratrices del miembro divino".
Somos pocas...pero valemos mucho.

Cosa más penosa que un pobre se cape por la cosa pecosa. Se lo merece, por memo.

Beso.

Jose Portonovo dijo...

lo tengo en cuenta para no asistir al cine en proyecciones subidas de tono. y si así fuere con chubasquero, no vaya a ser...

Josepa dijo...

Que gusto de leer.

Portorosa dijo...

Manuel, qué maravilla de entrada. Es genial de principio a fin.

Un abrazo.