Me he trasladado! Redireccionando...

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lunes, septiembre 10

La madre

El chico debe tener unos veintiqué y está sentado en un banco de una plaza de Pontevedra. Una vieja amiga cruza al paso alegre de la paz caminito a no sé dónde, pero él no la reconoce y ella se sienta en un banco lejano para mirarlo y llorar un poco, porque sabe que todos debemos llorar al menos cinco minutos al día y porque ha compartido con él ocho años en el colegio y cuatro en el instituto y estas cosas siempre las lleva uno dentro: son estos amigos, es esta gente. Junio: el cielo es un plano de mar y el sol seguro que también es algo literario y bonito. Todo tan real. El chico lleva un plumas y unos zapatos grandes y negros. Suda: todos sudamos cuando la vida nos ahoga. “A mí me ahogará en pocos años, pero saldré”, se dice la amiga. El chico tiene fija su mirada en un horizonte blando y de vez en cuando trata de sonreír, haciendo fuerza, los muelles ya podridos, pero se derrota a sí mismo y pestañea. A su lado está sentada una mujer mayor, bien vestida. Aquel olor suyo tan agradable envolviéndolo todo. El muchacho coge otra cerveza del suelo y se echa el pelo para atrás de vez en cuando y aún así esta vida. Están juntos los dos otra vez (“qué pasó”, se pregunta todos los días al levantarse la señora: una tragedia de segunda mano). La amiga está a unos metros haciendo que no mira y prefiriendo no mirar (y dentro de unos meses me lo contará todo, aún triste). No hablan entre ellos pero de vez en cuando ella le agarra la mano y se la aprieta, y él toma aire. Pero no hay viento ni violencia. Todos los recreos. Los coches circulando como sonámbulos sin aparcar. Al despedirse (un beso, cariño) la señora deja en el bolsillo de su cazadora unos billetes limpios y grandes y se marcha a su casa. No mira atrás y él tampoco. Algún día sonará el teléfono y será Dios. En una semana volverán a verse.

1 comentario:

Portorosa dijo...

Qué triste, Manuel. Y qué bien escrito.