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jueves, noviembre 15

Nariz en tierra

Alfredo Landa no merece pasar a la Historia por el landismo, esa contribución salida y calzoncillera con la que el cine español, tan personalísimo, se iba despidiendo de Franco. Todos estamos expuestos al ridículo, y hay además unos privilegiados que con ese ridículo pueden ganarse la vida. Landa fue uno de ellos: usted y yo estamos trabajando duro. Alfredo Landa, su robusta nariz, fue Paco el Bajo en una de las grandes películas españolas de la Historia. Fue la carne sobre la que Delibes y luego Camus expuso la conciencia de aquellos años de señoritos, todavía no depurados por los tiempos (han cambiado las formas, pero sigue la señora marquesa saliendo al balcón a saludar a los criados, y miran mucho de vigilar los herederos el analfabetismo de los que tienen que servir). A Landa, que anunció su salida de los ruedos el año pasado (qué fina vulgaridad, ésa de morir en los tablados), le acaban de conceder el Goya honorífico. Entre otros, por papeles como el de Paco el Bajo o el escritor Blas Otamendi de Historia de un beso, del tan criticado Garci (y sin embargo a mí Tíovivo, y la escena triste del toreo en un salón, me parece una obra de arte: ¡aquella manía de señalar con el dedo a quienes trabajaban en la televisión pública de Aznar!). Pero hablemos de Los santos inocentes. La estructura narrativa de Delibes no fue convencional: tampoco la historia lo era. Camus la recogió en imágenes con el calor que se reparte entre creadores. No quiso colgarse las medallas emborronando de técnicas algo que ya venía primorosamente hecho. Había que ponerle rostro a los personajes y visualizar el animalismo de los criados, la familia que camina tozuda por una vida que no les pertence bajo el yugo moral de las circunstancias de la Historia: su pasividad en crudo, su asentimiento casi aborrecible, los límites del dolor físico que sobrelleva, culpable, el cabeza de familia para no fallar la confianza del amo. En la mirada de Terele Pávez se adivina a veces el resentimiento, un apuro de la conciencia. Y en los hijos, que van perteneciendo a otro mundo, que van contando con los dedos de las manos otras vidas. Pero ahí está Alfredo Landa, Paco el Bajo: se pasa por alto su entusiasmo casi febril y su obediencia ciega, la renuncia perpetua en la que ha convertido sus días y amenaza con convertir los de sus hijos, pero su momento llega cuando se arrodilla en las cacerías, para alegría de los señoritos, y pega la nariz a la tierra olisqueando el rastro de la perdiz mientras se arrastra a cuatro patas. La metáfora se conduce con especial brillantez. La película es inmensa, devastadora y profunda: no deja títere con cabeza. Y Alfredo Landa y Paco Rabal ganaron el premio al mejor actor del Festival de Cannes. Es curioso observar, tantos años después de rodada y tantos años después de escrita, cómo todavía hay quien finge salud para no incomodar al amo y quien hunde su nariz en la tierra para ser recompensado con orgullo y palmas. Como hay quien camina como si pisase oro y nunca mira arriba, con la confianza de que nadie anudará su cuello a una cuerda. Es verdad que las obras maestras no envejecen nunca. Desde Homero hasta hoy hablan, siempre, de la condición humana. Su belleza y sus profundas perversiones.

6 comentarios:

Portorosa dijo...

Completamente de acuerdo: es una obra maestra.
Y Alfredo Landa, como tantos de su época, un gran actor al que en parte le tocó un mediocre cine español.

Anónimo dijo...

"¡aquella manía de señalar con el dedo a quienes trabajaban en la televisión pública de Aznar!"

Esto me recuerda a Dragó, que siendo en mi opinión un escritor bastante malo, además de una desgracia de persona, por lo menos en negro sobre blanco se hablaba, de vez en cuando, de literatura, no así en todos esos sucedáneos que han venido después como el estrafalario y demás, todos ellos poblados casi exclusivamente por los amigos del Babelia.

Lulú dijo...

Alfredo Landa estaba impecable en 'Historia de un beso'. Das últimas películas de Garci é a que máis me gustou, seguro. 'Tiovivo c.1950' pareceume un pastiche longo e aburrido. Segundo eu o vexo, Garci peca bastante diso: gusta en exceso do literario e do impostado, xa sexan voces dobradas ou maquillaxes e perrucas a tutiplén. Todo é mentira no seu cine (mire, Portorosa, como na Familia Real española: todo é unha farsa de cara á galería, de aí a miña indeferenza cara o que transcende da súa vida privada; contrapoño este sentimento meu ao seu, máis piadoso, descúlpeme se o molestei co meu comentario). E, sen embargo, téñolle que recoñecer a Garci o mérito de terlle dado a Alfredo Landa un dos mellores personaxes da súa carreira (xunto co de 'Los santos inocentes', claro): o do detective de 'El crack'.

conde-duque dijo...

Grandísima película (y estupendo artículo, Manuel, aunque ya estamos acostumbrados).
Eso sí es memoria histórica. Y muy dura. El hueso tronchao de Alfredo Landa y y el Milana bonita y los aplausos (cuentan) del público en el ahorcamiento del señorito.
Y los gritos de la Niña Chica, los gritos de la Niña Chica... La conciencia.

M. dijo...

"Memoria histórica". Tienes razón, Conde. Y la conciencia... Qué bueno. Qué alegría estas noticias tan cucas del Goya de Honor. Lo ponen a uno en órbita, y echa mano de la película para verla de nuevo: una excusa perfecta.

Hablando de cine español, les paso una anécdota leída en un blog sobre uno de sus grandìsimos, grandísimos maestros. Es el comentario de una chica a un post:

"Berlanga es uno de mis ídolos.
Hace años que coincidí con él en Sevilla, en un acto de estos encopetados. Antes de presentármelo la persona me dijo que bueno, que el señor Berlanga estaba mayor, y que lo disculpara si se excedía conmigo, le dije que no me importaba. Berlanga estaba sentado, todo regio y elegante, al verme se levantó, todo un caballero, me besó la mano, quiso darme su silla, pero le rogué que no, entonces alguien fue corriendo a buscarme una silla. Él se sentó y como quien no quiere la cosa puso su mano en mi nalga, y me la apretó, entonces alguien corrió hacia mí a disculparse, el otro no soltaba mi nalga. Hice señas al otro que lo dejara, porque total, si en una guagua cubana me han repellado hasta las orejas cualquier hijo de familia como a tantas mujeres cubanas, para mí era un honor que Berlanga me cogiera una nalga. Bueno, ahí estuvo agarrado hasta que apareció la silla. Pero la conversación no fue menos atrevida".

Un abrazo a todos.

Portorosa dijo...

¡Carallo con Berlanga! :D

(Non houbo molestina ningunha, Lulú. Ao contrario, foi un pracer.)