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jueves, octubre 19

Primeros pasos en un mundo sin Borges

La Nación tituló así la historia de amistad entre ellos (Dos amigos implacables), de la que ya hay testimonio literario: Borges. Se trata de las 1.700 páginas de los diarios que Adolfo Bioy Casares escribió en relación a Borges, su amigo desde que ambos se encontraron (Bioy con 17 años, Borges con 32) una tarde de 1931. La editorial Destino puso el libro a la venta ayer. Se trata de un acontecimiento literario de primer nivel: el acercamiento definitivo a la figura del viejo genio. Días antes se espigaron en los periódicos argentinos de más renombre y en el español El País enjundiosos fragmentos de la vasta obra. Además de los cotilleos que se traían entre ellos (refiriéndose al Nobel de Juan Ramón Jiménez dice Borges: “Que vergüenza para Estocolmo..., primero da el premio a Gabriela -Mistral-, ahora a Juan Ramón. Son mejores para inventar la dinamita que para dar premios”. A Mann le considera “un idiota”. También cuenta que “qué puede saber de nada un bruto como Hegel” o que Marinero en Tierra, de Alberti es “una porquería”), lo que realmente parece tener valor, lo que quizás se vaya desprendiendo a gotas espesas de la paginación eterna, además de la poderosa intimidad de ambos escritores deambulando por las jaulas de la literatura y de la vida, es la amistad cristalina que se alimenta entre ellos con los años, que fueron décadas. De lo adelantado se impone una imagen y un sentimiento. La imagen es terrible. Cuenta Bioy: “María -Kodama- es una mujer de idiosincrasia extraña; acusaba a Borges por cualquier motivo; lo castigaba con silencios (recuérdese que estaba ciego); lo celaba (se ponía furiosa ante la devoción de los admiradores). Junto a ella vivía temiendo enojarla”. Esa estampa: la del viejo ciego y enamorado sin pruebas de saberse junto a su amada: cruel destino, horrible castigo. Y la precaución infame: no te enojes, vida. No es un silencio: es el abismo, una soledad incurable de siglos. El sentimiento es la propia muerte de Borgese n el diario de su amigo. Es un testimonio lúcido y triste, pero hermoso hasta llorar: “Decidí ir hasta el quiosco de Ayacucho y Alvear. Un individuo joven, con cara de pájaro, me saludó y me dijo, como excusándose: ‘Hoy es un día muy especial’. Cuando por segunda vez dijo esa frase le pregunté: ‘¿Por qué?’. ‘Porque falleció Borges. Esta tarde murió en Ginebra’, fueron sus exactas palabras. Seguí mi camino. Pasé por el quiosco. Fui a otro de Callao y Quintana, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges. Que a pesar de verlo tan poco últimamente yo no había perdido la costumbre de pensar: ‘Tengo que contarle esto. Esto le va a gustar. Esto le va a parecer una estupidez’. Pensé: ‘Nuestra vida transcurre por corredores entre biombos. Estamos cerca unos de otros, pero incomunicados. Cuando Borges me dijo por teléfono desde Ginebra que no iba a volver y se le quebró la voz y cortó, ¿cómo no entendí que estaba pensando en su muerte? Nunca la creemos tan cercana. La verdad es que actuamos como si fuéramos inmortales. Quizá no pueda uno vivir de otra manera. Irse a morir a una ciudad lejana tal vez no sea tan inexplicable. Cuando me he sentido muy enfermo a veces deseé estar solo: como si la enfermedad y la muerte fueran vergonzosas, algo que uno quiere ocultar".

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