martes, septiembre 4
Castrados
miércoles, agosto 29
Retrato de un duelo
martes, agosto 28
El vino de las uvas doradas
De Cela aprendió la mejor lección: para ser escritor primero que hay hacerse con un personaje. Umbral apañó una bufanda, una melena plateada y una lengua ácida y divina. Así fue a costurear una biografía densa y legendaria, plagada de los lugares comunes que corresponden a un autodidacta en posguerra: unas memorias que escribía como sangraba, empañadas por un aire subterráneo de pérdida (de la juventud, de la vida, de lo que fuese).
Cuando se puso a escribir separó los mares a la manera de Moisés, y tuvo a ambos lados las pasiones despiertas de un país gozosamente acostumbrado a amar y a odiar a partes exactas. Que lo disfrutó, parece fuera de toda duda: su personaje exigía temperaturas extremas.
Pero Umbral, ajeno o no a las tormentas desatadas, lo que hizo toda su vida fue escribir y escribir. Tanto, que un día antes de recibir el Cervantes dijo: "No entiendo cuándo he vivido, habiendo escrito tanto. Pero lo cierto es que he vivido, y mucho, y todo está escrito". Tanto, que se rodeó de una gata y una mujer sacrificada, a la manera del primer Hemingway de París. Tanto, que murió balbuceando a su pareja una columna, quién sabe si a modo de epitafio. Un artículo que iba a llamar Las uvas doradas, y en el que reemprendería el trazo del camino de la juventud y de la nostalgia, pero que no pudo ser porque su mujer ya no le entendía. Uno piensa que aquello pudo ser su particular y fallido ¡Viva Iria Flavia!, mientras que el escritor José Antonio Montano, uno de los más célebres nicks surgidos al calor del blog de Arcadi Espada, se inclinaba por su "estos días azules y este sol de la infancia", en referencia a los versos garabateados que fueron hallados en el bolsillo de la chaqueta del cadáver de Machado.
Saltó a la fama popular, a la fama de la televisión, porque le dijo a la Milá que él no iba engañado a los platós: que él había ido ahí a hablar de su libro, y que ahí no se estaba hablando de su libro. Umbral murió agotado y enfermo aferrado a su personaje como a un hierro candente, seducido por Rajoy (al que dedicó columnas y columnas, forjando una amistad que levantó una vez más la polvareda de la izquierda que antes tanto le quiso) y escribiendo columnas breves que El Mundo disimulaba inflando la tipografía.
Para el viejo debate de la literatura, para el cansino debate que enfrenta a la hojarasca del adjetivo y el rumor del estilo contra la literatura de las ideas o la acción o el reflejo puntilloso y feliz de la realidad, Umbral era uno de los primeros, acaso el más poderoso, con la singularidad de que su Idea era el estilo, y en él palpitaba cualquier realidad y de él mamaban desde los viejos elefantes cansados hasta los verracos adolescentes que luego no tuvieron empacho en picotearle la nariz, como emancipándose blandamente (véase Juan Manuel de Prada).
De entre todos, Umbral leyó a Proust (cuando uno lee a Proust, ya está todo ganado / perdido), y a él homenajeó titulando su columna diaria, su viejo spleen ya en brazos de Pedro J., con el hermoso Los placeres y los días. De entre todos, Umbral bebió de Cela hasta casi absorberlo a violentos tragos, y cuando el maestro murió el discípulo no pudo por menos que hacer lo que se esperaba de él: despellejar un poco el cadáver con cirugía forense de dudoso gusto, pero bellamente ejecutada.
De entre todas, fue de la escuela de Quevedo, de Valle Inclán.
Yo me acerqué a él tontamente, casi arrastrado y muy tarde, tardísimo, porque leer tampoco es una cosa que a mí me vuelva loco. Primero por la prensa y luego por una novela muy olvidada: Madrid 650. Cuando ya criado me enganché al Umbral de los periódicos y de las memorias, y ahí me fui haciendo casi sin quererlo columnista, como uno que ve todos los días parir y se va convirtiendo en matrona. Sí que era maestro (esta vez lo que dicen los obituarios es verdad) y sí que fundó un género propio al que de todas formas nadie tuvo más acceso que él, porque imitarlo (como yo hice más de una vez) era un billete al ridículo.
La historia dirá que Umbral murió dictando una columna, pero que no se le entendió. No es mala leyenda viniendo de quien tanto disfrutó en entierros ajenos y que puso en boca de Raúl del Pozo aquella ilustre frase en el entierro de González-Ruano: "No lo pasaremos tan bien hasta que se muera Azorín".
Padres e hijas
lunes, agosto 27
Despertar
viernes, agosto 24
El efecto michelín

miércoles, agosto 22
Amores salvadores
lunes, agosto 20
Feliz año
Himno
jueves, agosto 16
Elvis
martes, agosto 14
David Cal
viernes, agosto 10
Desconocidos
sábado, agosto 4
Sentencias
jueves, agosto 2
Dylan (y II): la fama
Bob Dylan es como Einstein. Como un disparo divino
Hay una escena en Don´t look back, el documental rodado por D. A. Pennebaker durante la gira inglesa de 1965 (en plena transición del folk al rock, para ira de los puristas, estupor de los admiradores y pasión de sus absolutos incondicionales) en la que se ve a Bob Dylan y Joan Baez corriendo hacia una furgoneta perseguidos por una masa de personas a campo abierto. Dylan consigue meterse en el vehículo y se sienta dando la espalda a los cristales. Alrededor, cientos de personas se agolpan contra la furgoneta y le gritan, le profesan su amor. Dylan mira hacia la cámara con un gesto neutro: tiene un aire turbador de adolescente que desmiente sus veinticuatro años. Es mundialmente famoso y se ha convertido, para su pasmo y desprecio, en la voz de la conciencia de los sesenta: una suerte de pastor comprometido que debe guiar al mundo como un faro de estrepitosa luz y perfectos designios. Cuando ya debía ser un adolescente cogí en la barra de una cafetería una revista en la que estaba, ajado, el rostro de Bob Dylan. El camarero me dijo: “¿Te gusta? Es una leyenda, ¿eh?”. Uno siempre ha tenido cierta sensibilidad para esas cosas, así que me puse a escucharlo: sin pasión, que tampoco amo tanto la música, pero con un interés romántico (aquel chico forever young, tan guapo y tan poeta). El flechazo final se produjo mucho más tarde, cuando me pasé una semana entera viendo el relato de Martin Scorsese en Historias de Nueva York (la nómina de la película la completan Francis Ford Coppola y Woody Allen) protagonizado por Nick Nolte y Rosanna Arquette: una de las historias de amor con las que uno más se identificó en su momento entre los fríos efluvios de la soledad y bajo el desamparo de horas malditas. La historia finaliza con dos planos: el pintor arrebatado dibujando un mural y la rubita aprendiz destrozacorazones haciendo las maletas, esa preciosidad diabólica. Junto a ellos, Like a Rolling Stone (pero cantada por Jagger y los suyos a todo trapo). La letra de la canción se enroscó como una serpiente hasta las cejas de veneno, y desde entonces hasta ahora navego sin motor entre los clásicos: Just Like a Woman, Mr Tambourine, Blowin in the Wind, Hard Rain y Paca te Clavé la Estaca. Un ramillete sin pretensiones, pero obsesivo, casi enfermizo: treinta y nueve de fiebre en momentos puntuales, tampoco más. En el documental de Scorsese Dylan reconoce que ha vivido desde los veinte años rodeado de gente: “Hubo un momento en que dejé de notarlo, dejas de verla y ya apenas la notas”. Llegado a un punto, a uno casi le interesa más el acercamiento científico al mito: al tipo que vive desde la veintena instalado en la leyenda, pero no la leyenda que emana cochina de la cama de un torero, sino la que surge entre la sangre y el barro de la música: como trovador, ni siquiera como profeta. Hay momentos de No Direction Home en los que se ve a Dylan sentado al piano, tocando a veces con una mano y extendiendo la otra en un movimiento espasmódico, y es tan crío, tan frágil, que evoca a Rimbaud, pero con el reconocimiento y la pasión que le fue negada al adolescente francés: portadas de revistas y periódicos, deseos sexuales irrefrenables y un áspero sentido del humor que vomitaba delante de los periodistas más absurdos. Patti Smith dijo de él que es sexo en el cerebro, y Leonard Cohen que es uno de esos hombres que nacen cada tres o cuatro siglos. “¿Puedes chuparte las gafas?”, le pidió un periodista en una rueda de prensa para obtener una foto. Se levantó y se las extendió: “Toma, chúpalas tú mismo”.
Dylan (I): a la intemperie
“Unos 136”
“¿Unos 136? ¿136 más o menos? ¿136 exactamente?”
“Bueno, entre 136 y 142”
Bob Dylan, en esencia, durante una rueda de prensa
John Cordwell es el autor del grito más famoso de la historia del rock. En su gira por Inglaterra, Bob Dylan enchufó la guitarra y dejó pasmados a todos los puristas del folk, que lo intentaron todo: desde cortarle los cables eléctricos hasta llamarle traidor, pedirle que se callara (“hemos venido a ver a un cantante folk y nos encontramos a un grupo de pop”) y marcharse a su casa (“Go home”, le gritaban: “no direction home”, les cantó Dylan en Like a rolling stone”). En un concierto en Manchester de aquella célebre gira, el documental de Martin Scorsese sobre Dylan (‘No direction home’, precisamente) muestra al músico minutos antes de salir al escenario, fumando un pitillo y finalmente enfilando la salida al concierto. En ese momento, alguien (Cordwell, según las averiguaciones de un periodista obsesionado con encontrarlo) le grita “Judas!”. Dylan se acerca al micrófono y espeta: “I don't believe you”. Toca unos acordes más con la guitarra y explota: “You're a liar!”. Y dándose la vuelta, le grita a un miembro de su banda: “Play it fucking loud”. Y viene encima la descarga de Like a rolling stone. Al salir de alguno de esos conciertos, las cámaras graban al veinteañero Dylan parapetado en sus gafas de sol y entrando en un coche abriéndose paso entre una multitud que lo quiere aplastar. “¿Por qué me abuchean? No me gusta que me abucheen. Casi no puedo afinar”. Cuando no lo grababan no era tan gracioso, y se dijo en su momento que en ocasiones los insultos eran tan fuertes que se retiraba a llorar amargamente. Lo que Dylan quería decir con su música es que él estaba por encima de las etiquetas, incluso de las consideraciones morales, políticas. Estas palabras de Javier Ortiz lo ilustran: “Dylan no era ni mucho menos tan izquierdista como se le pintaba (y no lo era) pero, a cambio, era un perfecto inconformista, alérgico a los encasillamientos, muy capaz de hacer justo lo contrario de lo que se esperaba de él, caso de parecerle buena idea”. Y esta anécdota que relata Xavier Valiño acerca de él, de su milagrosa conducta. Cuando Van Morrison y Dylan compartían contable, éste los invitó a comer y conocerse en un restaurante de Londres. Aparecieron, y empezó a desfilar un plato tras otro: no hablaron entre ellos una sola palabra. Al acabar el postre, Dylan se levantó y se fue. Van Morrison le dijo a su contable: “Estaba en muy buena forma hoy, ¿no?”. Hacer justo lo contrario de lo que uno espera de ti: no es una mala filosofía, pero hace falta tener carácter. Como darle la mano al Papa. Como permitir una versión de hip hop de una de sus canciones: Most likely you go your way (And I' ll go mine). Como enchufar, después de ser investido Dios con menos de 25 años, una guitarra y ser escupido como un Judas. Primera parte del concierto, folk: la segunda... ¡rock! Del Newport Folk Festival, escribe Enrique Martínez: “Cuando Dylan es casi obligado a volver a escena en su formato cantautor, en lo que parece un acto de arrepentimiento, la cuela doblada. Entona no una de sus canciones protesta, sino una amarga canción de separación amorosa dedicada a Joan Baez, It's All Over Now, Baby Blue, que él transforma en ese mismo momento en otra cosa. En su penúltima línea, Dylan grita con rabia más que canta: ‘Go strike another match/ And start anew/ It's all over now, Baby Blue’. Y deja atrás a aquella asamblea de justos, para seguir buscándose a sí mismo lejos del abrigo del rebaño y al frío de la intemperie”.
miércoles, agosto 1
Praceres
Aí van os meus pequenos praceres do verán: comer espido no borde da piscina, afogar topos, masturbarme ao sol, quedar durmido moi paseniño, a cámara lenta, ver o Tour en diferido, ler unha e outra vez calquera páxina de William Faulkner, facer o morto durante horas na praia, soprarlle aos barcos de vela, non escoitar música, non viaxar, non falar con estraños, ver o Tomate e despois Yo soy Bea cando hai mal tempo, darlle poucas caladas a un cigarro, sentarme no ordenador a escribir e acabar xogando ao solitario (¡ler as crónicas do Solitario!), saudar a todo o mundo e, se son coñecidos, darlles unha palmada moi forte na espalda, chorar cando durmo só e espertar con dor de cabeza, como de resaca, calar cando non debo, botar unha sesta monumental despois de comer churrasco (e fartarme de orella de porco nas prazas de Pontevedra), esperar ao meu cumpreanos, durmir ata a unha da tarde e marchar directamente a praia, sair de noite sen ducharme coa pel de salitre, beber desde moi temprano e ata moi temprano, non tomar drogas, ligar só con descoñecidas, deixar moita propina, quedarme ata o amencer vendo El Padrino e chorar co ‘I know it was you Fredo. You broke my heart’. Son os únicos momentos onde vexo posíbel un futuro. Pero o tempo cambia despois do verán. Malditas estacións. Condenáronnos ao frío.
sábado, julio 21
Sangre azul
El jueves es una revista que sale los miércoles y que esta semana permanece secuestrada en el zulo de la libertad de expresión sexual porque hay cosas que el juez Del Olmo y el fiscal general prefieren no ver. La portada de la revista muestra un dibujo de los príncipes de Asturias en pos de un suculento botín que les aliviaría el fin de mes: 2.500 euros. Hacen, para ello, lo que mejor han sabido hacer los Borbones por España: multiplican los panes y los peces para luego sacarse una foto en cualquier jardín y alimentar las sobremesas de la clase media con comentarios del tipo ‘qué revoltosa es Leonor’ o ‘qué gracia tiene Froilán’. La postura de los Príncipes, que tantos problemas da en tantos trabajos (los periodistas nos encorvamos frente al teclado, pero se ve que no somos los únicos), ha sido tachada de irreverente. Se prefiere para estos casos el misionero funcionarial y tedioso, en oscuridad y bajo el crucifijo de la misericordia: probablemente así el Abc hubiera reproducido la portada. Sin embargo el dibujante encendió las luces y los puso mirando al mismo punto: sacro error. El escándalo ha revoloteado cuando el Tomate lo puso en órbita. El Jueves es una de esas revistas queridas pero poco leídas: y cuanto menos leídas, más queridas. Se hojea en las estanterías la tira de Clara de noche y luego el personal compra la Interviú o se va directamente a la Hustler. A veces, como esta semana, no hace falta ni llegar a Clara. El caso es que el juez Del Olmo seguía con emocionada devoción los últimos pasos de Paquirrín en su particular via crucis y se topó de bruces con un dibujo. Al juez no le importan lo que los medios le hagan a las personas, sino que se les dibuje adecuadamente, con un mínimo de pudor. Si tienen, por supuesto, sangre azul.
Pajaritos
Marabillas modernas
Parto de Gobierno
Bocados
Especial y atípico
Ahora, en el ‘postelmismo’, según afortunada acepción acuñada por Adrián Rodríguez, Sanxenxo ha pasado a tener una necesidad de gestión comparable a la de Galicia entera: Touriño cobra 81.000 euros y Catalina 78.000. De ahí su sello “especial y atípico” que le han buscado para justificar sueldos tan lucidos que a los propios militantes del PP (no digamos ya sus votantes) se les está cayendo a cara de vergüenza, recordando aquello que contó en su día Portorosa, un maravillloso blogger de la tierra: “En un municipio próximo a Copenhague el ayuntamiento contrajo una deuda que no pudo justificar. Desde entonces, y hasta que liquiden el endeudamiento público, los vecinos pagan un 2,5% más de impuestos. Se considera que quienes actuaron mal eran sus representantes; y los vecinos entienden (es de suponer) que la próxima vez deberán pensarse mejor a quién votan”. Además de esa receta, no sujeta a comparaciones pero graciosamente sintomática, en Pontevedra el jefe de la oposición Telmo Martín pide “mesura” y dice, con razón, que deberían fijarse por ley los sueldos de las cargos públicos en relación a sus poblaciones. Martín habla no tanto desde su posición política como profesional: qué carallo le importará el sueldo a un constructor.
Nosotros nos preguntamos, desde nuestras asfixiadas nónimas y nuestras vidas sin gastos de representación (porque bien representados estamos, pero en Adolfo Domínguez sacamos nuestras flacas visas, y nadie quiere pagar nuestros viajes): si un municipio de 17.000 habitantes necesita estar gobernado por una persona que cobre 78.400 euros, ¿cuánto debe cobrar la persona que gobierne una ciudad de 300.000 habitantes? Pero no se vayan a creer que les tembló a los concejales el brazo a la hora de votar sus propios sueldos, alimentados por el contribuyente, con toda la oposición en contra y la prensa detrás, entre el estupor y la indignación: qué va, qué les fue a temblar. Derechito y firme, como felices alumnos que se saben la lección de memoria. No la van a saber.
Touros
Dáme un pouco de pena a historia dese pai que botou a correr Pamplona abaixo nos Sanfermíns co seu fillo de dez anos da man. Colleuno a prensa, e a prensa regaloulle a imaxe ao mundo e ao xuíz, que ordeou que o fillo pase á custodia da nai. O pai do rapaz é un deses aficionados aos touros que non perden festa. Un señor dos arredores de Madrid que foi no 11-M un heroe anónimo máis descargando feridos e mortos coa delicadeza e dignidade que esixía o momento. E levou ao rapaz aos Sanfermíns, pasaron los toritos bravos e logo os mansos: saíron dos dous da man, xa sen perigo. Home, a imaxe impacta: por iso é boa. Pero nunca tiven moi claro iso dos límites da idade, nin cando empeza a responsabilidade dun. A maioría da xente que corre alí non é moito máis madura que ese rapaz. Ademais, é moi difícil atopar no encerro máis de cen persoas que non consumiran unha gota de alcol. Aí, menos os veteranos e os expertos que recollen o espírito do rito, baixa todo Deus cunha borracheira como un piano, cando non directamente drogados, e algúns paran na metade para botar a pota e seguir a trompicóns: xa me dirán vostedes. Probablemente nos últimos Sanfermíns o rapaz era a persoa máis sensata da festa. E ía nos últimos, afastado de borrachos e de cornos perigosos. Nada máis coñecer a decisión xudicial o pai apareceu na porta da casa da nai co fillo da man: cornadas te da la vida.
lunes, julio 9
El pesimismo histórico
domingo, julio 8
Yo lo valgo
martes, julio 3
La primera vez (y IV)

lunes, julio 2
Cape Cod (III)
jueves, junio 28
El despertar (II)
Nueva York es el amanecer temprano y limpio del 11-S con las calles hirviendo y esa sorprendente paz que siempre antecede a la tragedia, como el mar que se recogió en silencio en las playas de Thailandia para volver con la fuerza destructora de un volcán. Los alrededores del viejo World Trade Center son un ir y venir de máquinas y grúas rodeadas por el espíritu de la pérdida, inmóvil y acechante: un mural de fotografías de la catástrofe y cientos de dibujos escolares hechos por los huérfanos de las víctimas y en los que se lee un perturbador “Dónde estás, papá?”. Nueva York de mañana es una procesión de Lincolns, limusinas y taxis que ya no conduce Al Pacino. Es también el rugido sordo de Wall Street: el latido primigenio del capitalismo encarnado en yuppies que se acercan a las doce y media a Central Park, se sientan en un banco, se descalzan y abren un envase de ensalada para picotearla junto al maletín mientras su mirada deambula de un lado a otro en perfecta soledad. Pero Nueva York es, sobre todo, el paseo caluroso a Staten Island para contemplar la Estatua de la Libertad y, al remontar, toparse con la vista innmortal del sky-line de Manhattan: la poderosa emoción de la primera vez, con el sol centelleando en las cristaleras de los rascacielos y, detrás, el Empire State. El sobrecogimiento no se reduce ni siquiera desde las alturas del gran Padrino de los rascacielos, con el recital de piscinas, helipuertos y pequeños paraísos que se contemplan en los tejados de los edificios más lujosos: los supermillonarios de Nueva York apenas bajan a la tierra a contaminarse de la polución de los taxis y el curry de los paquistaníes. Y tampoco Times Square, y su ominoso despliegue publicitario que uno recorre impactado la primera vez, con el alma en vilo bajo la deslumbrante luz de los estrenos de Broadway y el cegador bombardeo publicitario de M&M, Sony y el estreno de la Paramount. De todas las postales, incluyendo la carrera alocada de tres modelos rubias de veinte años saliendo cargadas de bolsas de Cartier en la Quinta Avenida para subirse a una limusina blanca de cinco puertas que recorre diez metros y las deja en Louis Vuitton, no hay ninguna que se perpetue con tanta fuerza como el asombroso acercamiento a Manhattan desde las aguas mansas del río Hudson. La impresión es brutal, pero de una belleza tan inalcanzable que al cine no le ha quedado más remedio que bañarla de leyenda y al mundo recibirla como tal. Es el símbolo de Nueva York: una metáfora que describe como nadie sus placeres y también sus horrores, señalados con el dedo por los miserables que vagan hablando solos en algún rincón de Riverside Park, los hispanos que regresan a última hora de la miseria de sus trabajos, los negros que agitan como campanillas de Navidad los vasos llenos de peniques y todos aquellos que pasean de noche cargados de bolsas de basura buceando entre los despojos de la clase media a pocos metros del Walford Astoria (donde te prohíben la entrada si vas en camiseta, gorra o vaqueros rotos), del Warwick Hotel (en el que paraban Elvis Presley, los Beatles y vivió, en la suite que rodea el edificio, Cary Grant) o el Four Seasons (11.000 dólares una noche en una suite). He ahí los opulentos contrastes de Nueva York, y su frondoso jardín del que surgen los judíos ultraortodoxos leyendo la Torá en el metro, los negros del hip-hop cantando en las estaciones, un tierno ramillete de pijas hablando por teléfono mientras salen y entran de las tiendas del Soho, compañeros de trabajo comiendo en una terraza del Lower East Side, famosos haciendo la compra en algún lugar de Greenwich Village, los africanos acercándose en el mercado ambulante de Canal Street para ofrecerte la réplica exacta de un Rolex, aquella negra enorme como una montaña improvisando un concierto de gospel en la Penn Station, fanáticos de Lennon peregrinando al Dakota y al Strawberry Fields de Central Park, los espectaculares oficios religiosos de los negros en el Harlem, gente hablando sola por la calle y maldiciendo el minuto en que nacieron o los muchachos esculturales de Chelsea paseando de la mano al salir del gimnasio, en dirección al último restaurante de moda del que se ha hecho eco el Times.