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martes, septiembre 4

Castrados

El debate sobre la castración química, que PP y CiU han querido ver con urgencia recogiendo las miguitas que va dejando Sarkozy, ha tenido estos días un protagonista deslumbrante: el hombre que en Salamanca se ha cortado su pija española y la ha arrojado al retrete, donde tanto se vio reflejada. Históricamente la siega de pichas era una cosa muy de mujeres, casi siempre enfadadas por algún motivo y casi siempre bien armadas. Pero este hombre lo hizo para no pecar: hay que apuntársela en la cuenta de la Iglesia. La modernidad ha traído vicios más extraños que los celos: ejercicios de canibalismo y raras autocastraciones. Pero la Iglesia se ha mantenido ahí siempre, surtida de razones morales. Todavía no se ha pronunciado sobre la castración química, pero tampoco es cosa de que vayan ellos ahora a tirar la primera piedra. Hace 13 años, con motivo de aquella legendaria picha de John Bobbit, escribió Umbral: “Todas las ovejas, entonces, eran de la majada de Carrillo o de Mao, pero nunca cogieron el cuchillo del postre para cortarnos nada, porque sabían lo que se perdían. Esto de talar pollas viene de Estados Unidos, que es un matriarcado de mierda. Claro que, después de escrito este panfleto, me la he estado mirando un poco y tampoco es para tanto, la pobre. Casi estoy por echársela a la gata”. Luego a Umbral le enseñaron la viagra y la gata se quedó sin postre. Freud hablaba de la envidia del pene y Lacan, directamente, dijo que “la mujer no existe”. Eso lo sé yo no porque haya andado en la fontanería de Google, sino porque hace unos meses entrevisté a una psiquiatra lacaniana a la que quise llevar por el bravo territorio del falo filosófico (el falocentrismo, la faloterapia y el faloespañolismo) pero no hubo manera humana y nos quedamos en Derrida, que deconstruía: como el señor de Salamanca, pero en plan esnob. También hace poco me llevaron a Youtube a ver el glorioso fragmento en el que Cela dicta aquella carta sobre el cipote de Archidona. El suceso le fue relatado al escritor por Alfonso Canales. A primeros de los setenta, una pareja acudió a un cine de Archidona. “La música o las imágenes debían ser un tanto excitantes, porque a ella, según tiene declarado, le dio el volunto de asirle a él la parte más sensible de su físico. El cateto debía ser consentidor, pues nada opuso a los vehementes deseos de su prójima. Dejóla hacer complacido, sin previsión de las consecuencias que habría de tener su regalada conducta. Según parece, el manipulado llevaba mucho tiempo domeñando sus instintos. El caso es que, en arribando al trance de la meneanza, vomitó por aquel caño tal cantidad de su hombría, y con tanta fuerza, que más parecía botella de champán, sino geiser de Islandia. Los espectadores de la fila trasera, y aun de la más posterior, viéronse sorprendidos con una lluvia jupiterina, no precisamente de oro. Aquel maná caía en pautados chaparrones, sin que pareciera que fuese a escampar nunca”. Eran tiempos de proezas: incluso la de la señora Bobbit alcanzó categoría de tal. Pero el culto al pene es más viejo que la propia palabra, y por él se han hecho grandes sacrificios. Hace dos años la BBC informó de la aparición de un falo de 28.000 años de edad, y de 20 centímetros de largo por tres de ancho. Los científicos incluso sugirieron que podría haber sido, en la época, un instrumento de ayuda sexual, además de una herramienta para cortar piedra: exótico el despliegue para ser la Edad de Hielo. En cuanto a la castración química, la prensa ha acogido con entusiasmo un debate que promete, porque las cosas de la pija siempre han dado muchos lectores y no pocos disgustos. Desde pequeños, con la tradicional capada del paraguas, hemos estado a expensas del destino: pederastas y violadores, claro, con bastante más justicia. Tampoco voy a ser yo quien me arremangue para defenderlos.

miércoles, agosto 29

Retrato de un duelo

Desde la lejanía soy incapaz de respirar ese duelo tremendista que se ha montado por la muerte del futbolista joven, pero le estoy echando un ojo muy sutil al periodismo. El periodismo popular, se entiende: el que empuja a la gente a la calle y saca los gritos por la ventana. El periodismo de las emociones, que con tanto brío inauguró aquella noche Nieves Herrero a propósito de Alcasser. Claro que eran otros tiempos y otros crímenes. Su último gol, su última mirada a cámara, el último suspiro, el bebé que nacerá huérfano. No me sitúo en contra: yo mismo me he sorprendido exigiendo las imágenes de la viuda embarazada para intentar un último acercamiento, para violentar un poco el corazón y reclamarle un dolor que se alejase del simple impacto. Y aunque apenas he leído sobre el tema, sí he visto el desfile funerario y la presencia simbólica de testigos de lustre que han ido a empellones de lo que exigía el vulgo. Por ejemplo el Madrid y su fastuosa corte. Allí estaba Guti detrás de unas gafas de diseño, y a la derecha, como separado del grupo y mirando fijamente el suelo, Pedja Mijatovic. Si hay algún lugar en el que uno debe encontrarse con Mijatovic para dar de lleno con su verdadero perfil ése es un entierro. Su aire mafioso alcanza entonces un viento legendario. Pulcramente negro, Mijatovic se mira sus relucientes zapatos mientras parece rumiar una fría venganza. Uno no sabe si le está llorando a Antonio Puerta o a Totò Riina: realmente uno no sabe nada cuando tiene delante a Mijatovic en un entierro. Pero entre las imágenes reluce el abrazo entre José María del Nido y Ruíz de Lopera. Dos enemigos irreconciliables a los que la muerte puso a los pies de un ataúd. El mensaje que nos brindan es tan hermoso como falso, y refuerza una teoría en la que hace años que no trabajo: los entierros son las Navidades, pero en bruto. Que no se alarmen los ultras, que no se van a quedar sin trabajo. Dentro de un par de meses el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Si pasó con el espíritu de Ermua, que aquello era terrorismo, qué no va a pasar con esto, que es mero fútbol. Hubo sin embargo, entre el dolor, algo curioso: la sonrisilla. Se le escapa en una foto a una seguidora del Sevilla arrimada a un balcón. No es una sonrisilla malvada ni cínica, por Dios. Es la sonrisilla nerviosa, uno diría que perra, que se le escapa a uno en ciertos momentos de tormento colectivo. Es la sonrisilla inocente de qué sé yo: de ver a tanta gente junta, a los periodistas, a los famosos. Uno siempre ha sido un defensor de esas sonrisas que no salen de la cabeza ni del corazón, y que aunque las carga el diablo son compatibles con el dolor, quién sabe si incluso producto del dolor mismo. Me alegró haberla encontrado allí, en aquel entierro televisado. Me hizo sentirme menos solo, y lo que no pudo hacer la histeria lo hizo la sonrisa: sentir como propia, al menos por un segundo, la desgracia.

martes, agosto 28

El vino de las uvas doradas

De él dijo Arturo Pérez Reverte, en la última gran disputa literaria del patio español, obviando la ensalada de hostias repartidas entre García Viñó y Molina Foix al acabar el programa de Sánchez Dragó, que tenía "cáncer de alma".

De Cela aprendió la mejor lección: para ser escritor primero que hay hacerse con un personaje. Umbral apañó una bufanda, una melena plateada y una lengua ácida y divina. Así fue a costurear una biografía densa y legendaria, plagada de los lugares comunes que corresponden a un autodidacta en posguerra: unas memorias que escribía como sangraba, empañadas por un aire subterráneo de pérdida (de la juventud, de la vida, de lo que fuese).

Cuando se puso a escribir separó los mares a la manera de Moisés, y tuvo a ambos lados las pasiones despiertas de un país gozosamente acostumbrado a amar y a odiar a partes exactas. Que lo disfrutó, parece fuera de toda duda: su personaje exigía temperaturas extremas.

Pero Umbral, ajeno o no a las tormentas desatadas, lo que hizo toda su vida fue escribir y escribir. Tanto, que un día antes de recibir el Cervantes dijo: "No entiendo cuándo he vivido, habiendo escrito tanto. Pero lo cierto es que he vivido, y mucho, y todo está escrito". Tanto, que se rodeó de una gata y una mujer sacrificada, a la manera del primer Hemingway de París. Tanto, que murió balbuceando a su pareja una columna, quién sabe si a modo de epitafio. Un artículo que iba a llamar Las uvas doradas, y en el que reemprendería el trazo del camino de la juventud y de la nostalgia, pero que no pudo ser porque su mujer ya no le entendía. Uno piensa que aquello pudo ser su particular y fallido ¡Viva Iria Flavia!, mientras que el escritor José Antonio Montano, uno de los más célebres nicks surgidos al calor del blog de Arcadi Espada, se inclinaba por su "estos días azules y este sol de la infancia", en referencia a los versos garabateados que fueron hallados en el bolsillo de la chaqueta del cadáver de Machado.

Saltó a la fama popular, a la fama de la televisión, porque le dijo a la Milá que él no iba engañado a los platós: que él había ido ahí a hablar de su libro, y que ahí no se estaba hablando de su libro. Umbral murió agotado y enfermo aferrado a su personaje como a un hierro candente, seducido por Rajoy (al que dedicó columnas y columnas, forjando una amistad que levantó una vez más la polvareda de la izquierda que antes tanto le quiso) y escribiendo columnas breves que El Mundo disimulaba inflando la tipografía.

Para el viejo debate de la literatura, para el cansino debate que enfrenta a la hojarasca del adjetivo y el rumor del estilo contra la literatura de las ideas o la acción o el reflejo puntilloso y feliz de la realidad, Umbral era uno de los primeros, acaso el más poderoso, con la singularidad de que su Idea era el estilo, y en él palpitaba cualquier realidad y de él mamaban desde los viejos elefantes cansados hasta los verracos adolescentes que luego no tuvieron empacho en picotearle la nariz, como emancipándose blandamente (véase Juan Manuel de Prada).

De entre todos, Umbral leyó a Proust (cuando uno lee a Proust, ya está todo ganado / perdido), y a él homenajeó titulando su columna diaria, su viejo spleen ya en brazos de Pedro J., con el hermoso Los placeres y los días. De entre todos, Umbral bebió de Cela hasta casi absorberlo a violentos tragos, y cuando el maestro murió el discípulo no pudo por menos que hacer lo que se esperaba de él: despellejar un poco el cadáver con cirugía forense de dudoso gusto, pero bellamente ejecutada.

De entre todas, fue de la escuela de Quevedo, de Valle Inclán.

Yo me acerqué a él tontamente, casi arrastrado y muy tarde, tardísimo, porque leer tampoco es una cosa que a mí me vuelva loco. Primero por la prensa y luego por una novela muy olvidada: Madrid 650. Cuando ya criado me enganché al Umbral de los periódicos y de las memorias, y ahí me fui haciendo casi sin quererlo columnista, como uno que ve todos los días parir y se va convirtiendo en matrona. Sí que era maestro (esta vez lo que dicen los obituarios es verdad) y sí que fundó un género propio al que de todas formas nadie tuvo más acceso que él, porque imitarlo (como yo hice más de una vez) era un billete al ridículo.

La historia dirá que Umbral murió dictando una columna, pero que no se le entendió. No es mala leyenda viniendo de quien tanto disfrutó en entierros ajenos y que puso en boca de Raúl del Pozo aquella ilustre frase en el entierro de González-Ruano: "No lo pasaremos tan bien hasta que se muera Azorín".

Padres e hijas

Para los morbosos, aquella vecina cotilla y malencarada que interpretaba una señora querida por todos era, ni más ni menos, que el fruto de un árbol enterrado por las tinieblas de la Historia: Ramón Ruiz Alonso, el presunto verdugo de Federico García Lorca. Nunca pude evitar recordarlo, porque me parecía un hecho muy curioso digno de un retro Aquí hay tomate. A veces, si me fijaba mucho, hasta me parecía ver un oscuro estigma cruzando por su frente, por la frente de la gran Emma Penella. La última vez que la tuve en la cabeza fue, precisamente, hace sólo una semana. Ian Gibson promocionaba su último libro en un reportaje en la revista de El País. El verdugo de Lorca era un matón derechista (¡zafio y todo!) que con el asesinato del poeta protegido por Luis Rosales mataba dos versos de un tiro. Cargar con semejante peso debe ser una brutalidad: el hombre debió vivir sus últimos años con la espalda encorvada, atizada por los vientos del remordimiento. Lorca era el ruiseñor de aquellos años dorados: un genio de la literatura universal. Y lo fueron a matar por maricón, por ser amigo de unos y por ser amigo de otros, y porque toda guerra necesita un mártir legendario (he leído por ahí que tenía buena relación con Primo de Rivera, y buscando algo encontré hoy mismo esto que escribió Gabriel Celaya sobre él: “José Antonio es otro buen chico. ¿Sabes que todos los viernes ceno con él? Solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me conviene que me vean con él”. Sobre el fusilamiento de José Antonio, ya acabando, recuerdo una frase muy expresiva y sorprendente de Forges en alguna de sus maravillosas historias de los Forrenta Años: “Fue un hombre que quiso lo mejor para España”, o algo muy parecido). Pero no me interesa ahora Primo de Rivera ni tampoco Lorca, ni su posible relación (que juzgo, eso sí, estimulante: quizás en otro momento). Lo que me interesa es la relación familiar de esas tres mujeres (Penella, Terele Pávez y Elisa Montes) con el hombre que había matado a Lorca. “Algunos días después cogimos al canalla de García Lorca y lo fusilamos en la Vega, junto a una acequia. ¡Qué cara ponía! Alzaba los brazos al cielo. Pedía clemencia. ¡Cómo nos reíamos viendo sus gestos y sus muecas!”, le escribe uno de los criminales a un amigo. Fue mucho más gráfico un tal Juan Luis Trescastro, que entró en una taberna de Granada y dijo: “Acabamos de matar a García Lorca. Yo le metí dos tiros en el culo, por maricón”. La familia de Ruiz Alonso siempre se ocultó bajo un largo silencio que resultaba, conocida la popularidad del poeta y las evidencias que apuntaban a su verdugo, ensordecedor. Y aunque uno imagina que nadie tiene el deber de heredar los pecados de su padre, sí se puede levantar la cabeza y dar luz al sótano para revolver entre las bicicletas pinchadas y los trapos del pasado. Las tres muchachas salieron adelante y de qué manera. Desde luego, ni pensaban igual que su padre ni gastaban sus modales. Se metieron en el cine: fueron valientes. He buscado por internet y, a primera vista, ninguna pisó las tablas para interpretar obra alguna de Lorca. Tampoco usan el apellido de su padre. Pero en algún momento, y quizás aún ahora, le quisieron. Descanse en paz Emma Penella, mi estanquera de Vallecas.

lunes, agosto 27

Despertar

En los últimos años me ha sucedido algo extraordinario: olvidar lo más inmediato y recordar aquello más lejano. Lo primero es casi un proceso natural al que ya no presto atención y asumo como parte de una deficiencia muy bien pulida con el tiempo: puedo estar horas buscando unas llaves que me acabo de meter en el bolsillo o unos zapatos que ya llevo puestos. Antes llegaba a llorar de desesperación, pero ahora hasta le encuentro cierto encanto, y cuando recuerdo algo demasiado rápido lo olvido para seguir chapoteando un poco más en la memoria, como el niño que juega en la bañera. Lo segundo es una especie de milagro que estoy tratando con mucha delicadeza: una sucesión de recuerdos cada vez más lejanos que aspiro a que me lleve algún día directamente al paritorio, y aún más atrás. Oficialmente el primer recuerdo de mi vida siempre fue éste: subido a hombros de mi padre en algún gol del 12-1 (el de Malta, probablemente). Hasta que hace un par de años, de repente, me asaltó otro aún más lejano y ya sin fecha: jugando con la hija de unos amigos de mis padres en Sanxenxo. Es ya un recuerdo muy vago que supuse el límite hasta hace sólo unos días, cuando descubrí que la primera cosa (la palabra cosa, tan tierna para estos momentos) de la que tengo recuerdo es un domingo lejanísimo, despierto en alguna parte, esperando los ruidos de la casa para emprender el día. Esa quietud blanca y lenta, y el silencio casi original en todas las habitaciones de la casa mientras los padres duermen y el niño espera con los ojos abiertos esperando una señal o una luz o una voz que le empuje a levantarse, o a tratar de levantarse, es la primera cosa de la que tengo recuerdo y probablemente será ya también la última.

viernes, agosto 24

El efecto michelín


Probablemente no hay casualidades en Nicolas Sarkozy. Durante los primeros días de agosto fue fotografiado por Reuters subido a una barcaza en sus lánguidas vacaciones americanas. Paris Match publicó la foto: se ve a Sarko hundiendo con brío la pala en las aguas oscuras del lago y su torso firme y macho a punto de reventar. Ayer se descubrió algo insólito: el Photoshop. En la foto original a Sarkozy le cae sobre el bañador un reluciente michelín. Lo hace blandamente, a la manera de esas carnes esponjosas que se reúnen en la cintura para luego caer viscosas. Lo ha descubierto una publicación francesa ajena al círculo privado del presidente, y lo ha hecho unos días después de que Sarkozy blandiera el corazón (sus ajados ventrilocuos) para gobernar: en respuesta al caso de un pederasta reincidente, castración química. A la prensa ni siquiera le dio tiempo a pasarle el Photoshop a las declaraciones: salieron limpias, perfectamente higienizadas, y tampoco consta que Sarkozy tirase de agenda para impedirlo. Hace varios años, con motivo de la violación múltiple de una muchacha a manos de una cuadrilla de salvajes que se paseaba borracha en coche por Galicia, el histórico delegado del Gobierno Arsenio Fernández de Mesa dijo que había sido algo así como una gran farra "que se les había ido de las manos". Casi obedeciéndole, escribí una columna presentándole mis respetos que finalmente no se publicó: a última hora la estrella del Prestige hizo una eficaz ronda por los diarios gallegos para decir que él no quiso decir eso, que fue una expresión desacertada y que, por favor, por favor, por favor, no se publicase nada al día siguiente. Los amigos de Sarkozy dirigen sus medios, así que de él ni siquiera se espera un "por favor": ni para echar de una patada al irresponsable que publicó la foto de su mujer puliéndole la cornamenta con un amante, ni para borrar esa carne traidora que se viene precipicio abajo, aun siendo el gran símbolo francés de nuestro tiempo. Hasta ahora el presidente francés ha hecho un despliegue violento de su figura napoleónica, empapando de personalismo un Gobierno para el que ha nombrado a varios ministros socialistas, entre ellos a la fundadora del movimiento Ni Putas Ni Sumisas. Y una de sus primeras medidas fue obligar a los alumnos franceses a repetir en voz alta las últimas palabras de un joven comunista francés antes de ser fusilado por los nazis. Desconocemos si todo esto le sale de dento o es una simple maniobra del Photoshop para ocultarle a Europa los michelines que le han llevado al Elíseo con los votantes del magnífico Le Pen. Los gallegos no somos ajenos a la polémica: Manuel Fraga siempre se presentaba a las elecciones de la Xunta cuatro años más joven que la vez anterior. Aquel milagro fue reproducido temerariamente hasta que la propia militancia del PP se asustó: a ese ritmo Fraga pronto empezaría a tener el mismo rostro que el que lucía en la dictadura. Pero no hizo falta que moderaran el Photoshop: las urnas no soportaron aquella súbita adolescencia. De momento, y en Francia, ayer a primera hora de la tarde, el Gobierno emitió un comunicado oficial para desmentir la manipulación fotográfica. El hecho no tiene precedentes: El Elíseo acababa de desmentir un michelín.

miércoles, agosto 22

Amores salvadores

Documentos TV emitió ayer un reportaje sobre el amor. Lo presentó como una contradicción habitual de las líneas maestras que marca la cultura y la sociedad. También como contradicción del propio amor, pero eso ya no se dijo. Lo empecé a ver sin ánimo, consumido por una dieta infame de cigarros y abstinencia. Esperaba algo más relacionado con la química, pero se abordaron testimonios: esperaba que se hablase de la oxitocina, pero salió José Luis Sampedro proclamando su salvación agarrado a una mujer treinta años más joven que él. "Eso es una salvación", pensé, "y no la de los cristianos". Cuando se quedó viudo, Sampedro pensó algo muy lógico: dejarse morir. "Viví cuarenta años con esa mujer. Era mi interlocutor, la mitad de mi vida", cuenta mientras compra el diario (el diario El País, por cierto: TVE lo enfoca con euforia). Tras la tristeza, la redención: en la Alhama de Granada conoce a Olga. Los dos relatan con cariño en el sofá de su casa el encuentro, y el documental cae ahí en un pozo infame: la reconstrucción de los hechos. La ficción-realidad, e incluso con los mismos actores de la vida. Se acerca Olga con un vestido azul y un sombrero muy mono del mismo color, y Sampedro se levanta y le da dos besos. Luego comienzan a charlar, y ella dice algo así como "estoy un poco nerviosa, es que estar aquí con usted, con José Luis Sampedro...". Ahí empecé a desfallecer. No podía dejar de pensar en la reconstrucción del crimen de los marqueses de Urquijo o en la de aquellas golfas apandadoras que asaltaban a un pobre señor que juraba haber sido drogado con el colacao. Me di cuenta además de que por allí rondaba el amor, incluso en la cabeza del pobre Escobedo: los crímenes, las 'prespiputas', la feliz salvación de Sampedro. Y ayer despabilé la cabeza leyendo aquí y allá aquello que alguna vez me había contado Punset. El cerebro suelta las sustancias, y el resto se va cocinando solo: incluso los asesinatos, aunque el CIS diga que a los españoles nos preocupa más ETA que el amor. Desde oxitacina (sexo) hasta la epinefrina (superación), pasando por la dopamina (ternura: la mujer que va a parir genera una cantidad ingente), la finilananina (entusiasmo) y la endorfina (energía y plenitud). Quiere decirse que si le practicasen la autopsia, los forenses hubiesen hecho de Romeo el Sid Vicius de la época. Todas esas drogas extasiantes y producidas de forma natural se diluyen al cabo de dos o tres años: se deshace el hechizo, del que nadie dijo que fuera eterno, y comienza el amor de la vida real. El mono, y después la metadona. Por supuesto, engordamos como globos y surge de vez en cuando algo insólito, el mal rollito: el deterioro del amor es muy visible en los gorrillas. Tampoco a esto se ciñe el documental, que a cambio nos muestra dos amores sorprendentes: el de dos primos y el de una mujer de cierto retraso con un hombre que no besó a nadie hasta los cincuenta y dos años. En estos casos sí conviene prestar atención al tono y apartar la biología. En los dos casos hubo oposición familiar. La oposición familiar es la principal causa de producción de epinefrina y oxitacina: a mayor oposición, mayores orgasmos. Dejé de ver el documental casi sin darme cuenta, como una abuela chocha que deja de calcetar pero sigue con las agujas en la mano. Rescato sin embargo el testimonio de Olga, la novia (simpática y guapa, por cierto) de Sampedro: "Tiene todas las cosas que yo nunca deseé en un hombre. Es escritor, y yo no quería nada con los escritores. Yo nunca pensé en un académico, y él es de la Real Academia de Española. No quería un político, y fue senador por designación real. Y es mucho mayor que yo, algo que yo no deseaba". Pensé, en mi desaliento, que ya es mala suerte no haber querido nunca amores con un académico, que deben ser 40 en España, y enamorarte de uno.

lunes, agosto 20

Feliz año

Heredé de la infancia el ciclo del nuevo curso: los años empiezan en septiembre, con la caída de las hojas y la muda del campo. Por eso la lista que se hace en enero con las grandes esperanzas yo la hago durante la segunda quincena de agosto tratando de no perder los nervios: suelen ser las mismas grandes esperanzas de los últimos diez años. Es una lista compleja y trabajosa que luego suele reducirse a unas cuantas valoraciones sobre mi aspecto físico y unas pocas de orden moral: que todo cambie para que todo siga igual, pero no mucho. Como una gran familia de valores derruidos que trata de mantener en pie su dignidad ante las mansiones vecinas, suelo virar el rumbo del buque entre la compasión y el delirio cuando el viento rola a septiembre. Y me hago a unas nuevas costumbres sin perder parte de las viejas: aprender meteorología para saber navegar y apurar mejor las metáforas, levantarse con el gallo y, finalmente, completar cualquier álbum de cromos como ejercicio mecánico y hacerse así a una rutina, por muy insólita que sea. También valoro llamar dulcemente a las puertas del catolicismo (el regreso del hijo marchito) para hacerme perdonar la falta sagrada de un matrimonio sin Dios y un largo capítulo de tentaciones satisfechas a plenitud, incluido el agravante de las relaciones contra natura. He subrayado sin embargo dos objetivos prioritarios: aprender a tocar la armónica en las noches de insomnio y habituarme al pescado, que es la única cosa que se puede comer manteniendo cierta elegancia. Y mientras ya preparo mi particular Nochevieja, el año termina con un par de esperanzas inesperadas: haberle puesto rostro y vino a dos amigos y descubrir As túas balas, mi nueva obsesión literaria de la que leo pasado y presente como una revelación divina. ¿El resto? Entre el misterio y el perjurio, pero siempre a la intemperie.

Himno

A mí el himno de Galicia es un himno que me gusta mucho y que aprendí hace años en las cenas cuando el albariño se ponía patriota o lo agitábamos tiernamente en algún viaje al extranjero: concesiones a la morriña. Por gustarme, me gusta más La Marsellesa, pero no paso del Allez enfants de la patrie y no le echo el mismo sentimiento. Ahora Anxo Quintana propone que los niños gallegos se sepan el himno: el suyo, se entiende, no el de los otros, que no tiene letra. Es una medida muy sarkoziana, pero ya desde hace algunos meses a mí Sarkozy me está poniendo cachondo y es hora de hacerlo público. Uno, sin embargo, cree que este tipo de cuestiones sentimentales se resuelven con el tiempo y con el ímpetu: te pueden dar ganas de llorar con el himno recordando a los muertos que lucharon por la libertad arrebatada, de colgarte de una bandera o de echarte a los salvajes brazos de Dios y convertirte en monje cisterciense. La de patriota es una vocación como otra cualquiera: hay quien la tiene, y la lleva muy dignamente, y hay quien prefiere pensar que la patria es una botella de ribeiro y unos pimientos de Padrón. Incluso el poeta dijo que la patria era la infancia, y tampoco le debía faltar mucha razón: Oliver Twist debió ser un patriota muy sentido. Pero Quintana dice que “mentras haxa himno, haberá país”, y le ha pasado la responsabilidad histórica a los chavales: demasiado peso en sus espalditas colegiales. Con eso también se consigue algo asombroso: institucionalizar la patria y convertirla en una asignatura obligatoria. La propuesta entra directamente en uno de los puestos de salida de la celebrada identidad nacional: imagen corporativa, mandilones y demás. Uno siempre esperaba de un gobierno de izquierdas (¡el aclamado gobierno del cambio!) una educación laica y progresista, y no que los pongan a cantar a todos un himno envueltos en una bandera para levantar una nación. Vano destino.

jueves, agosto 16

Elvis

Dicen que al final terminó sudando su propio talento y que sus pies sólo se agitaban en los charcos iluminados por la luna cachonda de Las Vegas. De un golpe de cadera se cargó la vieja moral y luego fundó el rock&roll de un modo pasional y enternecedor: Elvis Presley fue la mayor estrella que dieron los tiempos. Terminó sus días disparando a los televisores y tragando crema de cacahuete y kilos de pastillas mientras enloquecía desplegando una estética imposible. Pero hay decadencias: la suya fue tan cruda que hasta sus canciones cobraron otro sentido y ya poco nos importó que su cuerpo fuese el de un autobús venido a menos. Tipos como él conservan en alcohol un sentido especial que les hace recoger los susurros del mundo para convertirlos en ritmo. Y Elvis le dio ritmo al mundo: le dio rock&roll y todo empezó a fluir de manera diferente, a cobrar un nuevo sentido. “Antes de Elvis no había nada”, dijo Lennon. Y Dylan agachó el esqueleto para besar el primer estudio que pisó el Rey. Elvis fue Jesús sin sandalias que naufragó en las tentaciones: un Dios negro de piel blanca arrojado a la luz con la misma violencia con la que él se arrojó a la caldera del infierno. Tuvimos a Elvis elevando el tupé hasta el cielo para que el faro de Hound Dog fuese visible en cualquier punto y tuvimos al Elvis hinchado como un balón, technicolor, aullando como un lobo viejo al que está despellejando el tiempo con antiguas obsesiones y sueños incumplidos. Tuvimos los chillidos de las muchachas y la visita de los Beatles a su mansión: “Mirad, tíos, si lo único que vais a hacer es estar ahí sentados mirándome, me voy a la cama”. Todo eso pasó y no estuvimos allí para vivirlo ni para contarlo: pero sabemos gracias a él que la pelvis no es un hueso, sino una forma de vida.

martes, agosto 14

David Cal

David Cal fue invitado esta primavera a Fitur por el pabellón de Turismo Rías Baixas. Cal sufre esos peajes que hay que pagar por practicar un deporte tan exigente como desconocido: dejarse manosear por los políticos, sonreír sin muchas ganas y atender a la prensa para proyectar una imagen que atraiga a un patrocinador. En aquella ocasión, cuando las grabadoras se dirigieron hacia él, un pobre diablo que no había visto en mi vida se dio la vuelta hacia mí con una sonrisa y me dijo algo así como que “éste no tiene ni puta idea”. Ni siquiera fue pionero: ya en Marca hace tres años hubo un genio que se refirió a Cal como “Forrest Gump”. El debate es muy viejo: se le exige al deportista que tenga soltura delante del micrófono y regale titulares a tanto el kilo. En 2004 dio igual que la fama le estallara a David Cal en las manos. Se le pedía estar preparado para dar el pego y exhibir una locuacidad argentina: ocho horas en la piragua y tres, por si acaso, ensayando ruedas de prensa. Como a Cal aquello le pilló con el pie cambiado, se confundió rápidamente timidez o aturdimiento con torpeza o, incluso, cierto retraso. Es la clásica presunción idiota de unos pocos periodistas que no entienden que hablar con los medios no es una asignatura obligatoria de la vida. Quien haya conversado con David Cal sin la presión de un micrófono sabrá que es una persona perfectamente normal (o sea, perfectamente divertida) con una cualidad extraordinaria: ser un deportista de élite. Como han pasado ya tres años de su doble medalla olímpico, le ha salido callo y asume su popularidad sin rubores y sordas estridencias. La experiencia le ha desentumecido el músculo mediático, pero no abusa, porque sabe cuál es su sitio: en la piragua, David Cal es de oro.

viernes, agosto 10

Desconocidos

Algunas de las pequeñas tragedias del verano (no han sido pocas: a Letizia le sobraron dos trapos y le faltó un principito para que el juez secuestrase el Fortuna) se derriten al calor de esta exclusiva propuesta por Libertad Digital, el más fino de nuestros confidenciales: “La madre de El Solitario fue en las listas de IU en Las Rozas”. Se le supone a la mujer (y a su ideología, por supuesto) consciente de las andanzas de su hijo: de sus atracos y sus fríos asesinatos, de su tortura social ensombrecida por la barba. El mensaje subliminal es tan evidente que da pereza repetirlo: “Detrás del mal siempre hay algún rojo”. Pero cuando pienso en recuperarme (ando con fiebres, como el ganado inglés) sale por la pantalla un abogado de rostro vagamente familiar que compara al Solitario con Curro Jiménez, dice de él varias veces que tiene un “par de huevos” y que atracaba para “liberar España” de los bancos. Los apellidos del abogado justifican el uso indiscriminado de los “huevos”: es Trillo-Figueroa. A los Trillo-Figueroa los criaron en una pollería, eso es evidente. Pero Libertad Digital aclara: “Lleva veinte años sin hablarse con su hermano”. Al alba y con viento de levante, pienso: El Solitario liberando España y el pobre diablo de mi hermano sacando a empujones a unos moros descalzos de Perejil. Ahí las tienen de nuevo: las tragedias familiares suelen ser las mayores de las tragedias. No es que uno no elija a sus hermanos, sino que no elige nada. Uno llega al mundo solo y desnudo e ignorante, y a la mayoría le dan la teta (pronto, para que no desesperen) y a los pocos los dejan abrigados en alguna calle para que los recoja el destino. Son reflexiones que conducen no sólo al coño (porque al coño conduce todo: incluso al origen mismo de otros coños, y aquí volvemos a Trillo-Figueroa: ¿el huevo o la gallina?) sino a Lucía Bosé. “Cada vez que tenía un hijo el doctor me decía: ‘¿Te das cuenta de que estás metiendo a un desconocido en tu casa?’”, dijo la dama. Entre esta blanda actualidad (agosto es un mes de menudencias, incluso jurídicas: campa El Solitario y el Madrid no lleva tres partidos y ya juega peor que con Capello) al menos Raúl Rivero glosó a un bello desconocido, apátrida y seco como el olmo herido, en las páginas de El Mundo: César Vallejo. Estas cosas, estas mínimas alegrías, salvan un verano entero. Vallejo escribió: “Madre, voy mañana a Santiago / a mojarme en tu bendición y en tu llanto”. Y después este verso, más adelante, doblando la esquina al final del pasillo: “Madre, estoy cribando mis cariños más puros”.

sábado, agosto 4

Sentencias

En un momento de Trainspotting, no adaptado en la película, juzgan a Mark Renton y su coleguita Spud por alguno de sus pequeños problemas. Después de una perorata del señor juez, nuestro gran Begbie, el adorable psicópata que siempre veremos en el rostro de Robert Carlyle (haga de fulmonty o haga de lo que sea siempre late el bigotillo ultraviolento de su Begbie) asiente en silencio sentado en uno de los últimos asientos y se dirige en voz baja al que tiene al lado: “La verdad es que hace falta seso para ser un puto juez”. Siempre me hizo mucha gracia ese pasaje, irrelevante en el conjunto de la novela, por la divertida y ceremoniosa sumisión de una panda de yonquis tirados de Edimburgo a un tipo que les aparece con una toga y que se ha pasado media vida estudiando. “Hace falta seso para ser un puto juez”, concede Begbie como símbolo de respeto. No siempre habría tenido razón: a veces lo único que hace falta son muchos codos, como cualquiera de tantos oficios esplendorosos, y una inteligencia o bien menor o bien coaccionada por puritanismos medievales. Al juez que impidió la adopción a dos lesbianas en España le salió ahora en Brasil uno mucho más divertido: dejó escrita en una sentencia que el fútbol es un “juego viril, varonil, no homosexual”. El magistrado afirma que nadie concebiría a algún campeón mundial brasileño del 70 homosexual: “no es que un homosexual no pueda jugar al balompié, que juegue si quiere, pero forme su equipo e inicie una federación". Una federación de maricones, se entiende. Lo curioso es que Begbie estaría de acuerdo con él. Y le partiría la jarra de cerveza en la cara a cualquiera, como declaración de intenciones. O sea, que no hace falta tanto seso. Y que hasta el propio Begbie podría redactar sentencias tan respetables como las de este santo varón.

jueves, agosto 2

Dylan (y II): la fama

En la música, Sinatra puso la voz, Elvis el cuerpo y Dylan el cerebro
Bruce Springsteen

Bob Dylan es como Einstein. Como un disparo divino
Kris Kristofferson

Hay una escena en Don´t look back, el documental rodado por D. A. Pennebaker durante la gira inglesa de 1965 (en plena transición del folk al rock, para ira de los puristas, estupor de los admiradores y pasión de sus absolutos incondicionales) en la que se ve a Bob Dylan y Joan Baez corriendo hacia una furgoneta perseguidos por una masa de personas a campo abierto. Dylan consigue meterse en el vehículo y se sienta dando la espalda a los cristales. Alrededor, cientos de personas se agolpan contra la furgoneta y le gritan, le profesan su amor. Dylan mira hacia la cámara con un gesto neutro: tiene un aire turbador de adolescente que desmiente sus veinticuatro años. Es mundialmente famoso y se ha convertido, para su pasmo y desprecio, en la voz de la conciencia de los sesenta: una suerte de pastor comprometido que debe guiar al mundo como un faro de estrepitosa luz y perfectos designios. Cuando ya debía ser un adolescente cogí en la barra de una cafetería una revista en la que estaba, ajado, el rostro de Bob Dylan. El camarero me dijo: “¿Te gusta? Es una leyenda, ¿eh?”. Uno siempre ha tenido cierta sensibilidad para esas cosas, así que me puse a escucharlo: sin pasión, que tampoco amo tanto la música, pero con un interés romántico (aquel chico forever young, tan guapo y tan poeta). El flechazo final se produjo mucho más tarde, cuando me pasé una semana entera viendo el relato de Martin Scorsese en Historias de Nueva York (la nómina de la película la completan Francis Ford Coppola y Woody Allen) protagonizado por Nick Nolte y Rosanna Arquette: una de las historias de amor con las que uno más se identificó en su momento entre los fríos efluvios de la soledad y bajo el desamparo de horas malditas. La historia finaliza con dos planos: el pintor arrebatado dibujando un mural y la rubita aprendiz destrozacorazones haciendo las maletas, esa preciosidad diabólica. Junto a ellos, Like a Rolling Stone (pero cantada por Jagger y los suyos a todo trapo). La letra de la canción se enroscó como una serpiente hasta las cejas de veneno, y desde entonces hasta ahora navego sin motor entre los clásicos: Just Like a Woman, Mr Tambourine, Blowin in the Wind, Hard Rain y Paca te Clavé la Estaca. Un ramillete sin pretensiones, pero obsesivo, casi enfermizo: treinta y nueve de fiebre en momentos puntuales, tampoco más. En el documental de Scorsese Dylan reconoce que ha vivido desde los veinte años rodeado de gente: “Hubo un momento en que dejé de notarlo, dejas de verla y ya apenas la notas”. Llegado a un punto, a uno casi le interesa más el acercamiento científico al mito: al tipo que vive desde la veintena instalado en la leyenda, pero no la leyenda que emana cochina de la cama de un torero, sino la que surge entre la sangre y el barro de la música: como trovador, ni siquiera como profeta. Hay momentos de No Direction Home en los que se ve a Dylan sentado al piano, tocando a veces con una mano y extendiendo la otra en un movimiento espasmódico, y es tan crío, tan frágil, que evoca a Rimbaud, pero con el reconocimiento y la pasión que le fue negada al adolescente francés: portadas de revistas y periódicos, deseos sexuales irrefrenables y un áspero sentido del humor que vomitaba delante de los periodistas más absurdos. Patti Smith dijo de él que es sexo en el cerebro, y Leonard Cohen que es uno de esos hombres que nacen cada tres o cuatro siglos. “¿Puedes chuparte las gafas?”, le pidió un periodista en una rueda de prensa para obtener una foto. Se levantó y se las extendió: “Toma, chúpalas tú mismo”.

Dylan (I): a la intemperie

“¿Cuántos cantantes de protesta hay hoy en día”
“Unos 136”
“¿Unos 136? ¿136 más o menos?
¿136 exactamente?”
“Bueno, entre 136 y 142”
Bob Dylan, en esencia, durante una rueda de prensa



John Cordwell es el autor del grito más famoso de la historia del rock. En su gira por Inglaterra, Bob Dylan enchufó la guitarra y dejó pasmados a todos los puristas del folk, que lo intentaron todo: desde cortarle los cables eléctricos hasta llamarle traidor, pedirle que se callara (“hemos venido a ver a un cantante folk y nos encontramos a un grupo de pop”) y marcharse a su casa (“Go home”, le gritaban: “no direction home”, les cantó Dylan en Like a rolling stone”). En un concierto en Manchester de aquella célebre gira, el documental de Martin Scorsese sobre Dylan (‘No direction home’, precisamente) muestra al músico minutos antes de salir al escenario, fumando un pitillo y finalmente enfilando la salida al concierto. En ese momento, alguien (Cordwell, según las averiguaciones de un periodista obsesionado con encontrarlo) le grita “Judas!”. Dylan se acerca al micrófono y espeta: “I don't believe you”. Toca unos acordes más con la guitarra y explota: “You're a liar!”. Y dándose la vuelta, le grita a un miembro de su banda: “Play it fucking loud”. Y viene encima la descarga de Like a rolling stone. Al salir de alguno de esos conciertos, las cámaras graban al veinteañero Dylan parapetado en sus gafas de sol y entrando en un coche abriéndose paso entre una multitud que lo quiere aplastar. “¿Por qué me abuchean? No me gusta que me abucheen. Casi no puedo afinar”. Cuando no lo grababan no era tan gracioso, y se dijo en su momento que en ocasiones los insultos eran tan fuertes que se retiraba a llorar amargamente. Lo que Dylan quería decir con su música es que él estaba por encima de las etiquetas, incluso de las consideraciones morales, políticas. Estas palabras de Javier Ortiz lo ilustran: “Dylan no era ni mucho menos tan izquierdista como se le pintaba (y no lo era) pero, a cambio, era un perfecto inconformista, alérgico a los encasillamientos, muy capaz de hacer justo lo contrario de lo que se esperaba de él, caso de parecerle buena idea”. Y esta anécdota que relata Xavier Valiño acerca de él, de su milagrosa conducta. Cuando Van Morrison y Dylan compartían contable, éste los invitó a comer y conocerse en un restaurante de Londres. Aparecieron, y empezó a desfilar un plato tras otro: no hablaron entre ellos una sola palabra. Al acabar el postre, Dylan se levantó y se fue. Van Morrison le dijo a su contable: “Estaba en muy buena forma hoy, ¿no?”. Hacer justo lo contrario de lo que uno espera de ti: no es una mala filosofía, pero hace falta tener carácter. Como darle la mano al Papa. Como permitir una versión de hip hop de una de sus canciones: Most likely you go your way (And I' ll go mine). Como enchufar, después de ser investido Dios con menos de 25 años, una guitarra y ser escupido como un Judas. Primera parte del concierto, folk: la segunda... ¡rock! Del Newport Folk Festival, escribe Enrique Martínez: “Cuando Dylan es casi obligado a volver a escena en su formato cantautor, en lo que parece un acto de arrepentimiento, la cuela doblada. Entona no una de sus canciones protesta, sino una amarga canción de separación amorosa dedicada a Joan Baez, It's All Over Now, Baby Blue, que él transforma en ese mismo momento en otra cosa. En su penúltima línea, Dylan grita con rabia más que canta: ‘Go strike another match/ And start anew/ It's all over now, Baby Blue’. Y deja atrás a aquella asamblea de justos, para seguir buscándose a sí mismo lejos del abrigo del rebaño y al frío de la intemperie”.

miércoles, agosto 1

Praceres

A X. e as súas cinco primeiras frases

Aí van os meus pequenos praceres do verán: comer espido no borde da piscina, afogar topos, masturbarme ao sol, quedar durmido moi paseniño, a cámara lenta, ver o Tour en diferido, ler unha e outra vez calquera páxina de William Faulkner, facer o morto durante horas na praia, soprarlle aos barcos de vela, non escoitar música, non viaxar, non falar con estraños, ver o Tomate e despois Yo soy Bea cando hai mal tempo, darlle poucas caladas a un cigarro, sentarme no ordenador a escribir e acabar xogando ao solitario (¡ler as crónicas do Solitario!), saudar a todo o mundo e, se son coñecidos, darlles unha palmada moi forte na espalda, chorar cando durmo só e espertar con dor de cabeza, como de resaca, calar cando non debo, botar unha sesta monumental despois de comer churrasco (e fartarme de orella de porco nas prazas de Pontevedra), esperar ao meu cumpreanos, durmir ata a unha da tarde e marchar directamente a praia, sair de noite sen ducharme coa pel de salitre, beber desde moi temprano e ata moi temprano, non tomar drogas, ligar só con descoñecidas, deixar moita propina, quedarme ata o amencer vendo El Padrino e chorar co ‘I know it was you Fredo. You broke my heart’. Son os únicos momentos onde vexo posíbel un futuro. Pero o tempo cambia despois do verán. Malditas estacións. Condenáronnos ao frío.

sábado, julio 21

Sangre azul

El jueves es una revista que sale los miércoles y que esta semana permanece secuestrada en el zulo de la libertad de expresión sexual porque hay cosas que el juez Del Olmo y el fiscal general prefieren no ver. La portada de la revista muestra un dibujo de los príncipes de Asturias en pos de un suculento botín que les aliviaría el fin de mes: 2.500 euros. Hacen, para ello, lo que mejor han sabido hacer los Borbones por España: multiplican los panes y los peces para luego sacarse una foto en cualquier jardín y alimentar las sobremesas de la clase media con comentarios del tipo ‘qué revoltosa es Leonor’ o ‘qué gracia tiene Froilán’. La postura de los Príncipes, que tantos problemas da en tantos trabajos (los periodistas nos encorvamos frente al teclado, pero se ve que no somos los únicos), ha sido tachada de irreverente. Se prefiere para estos casos el misionero funcionarial y tedioso, en oscuridad y bajo el crucifijo de la misericordia: probablemente así el Abc hubiera reproducido la portada. Sin embargo el dibujante encendió las luces y los puso mirando al mismo punto: sacro error. El escándalo ha revoloteado cuando el Tomate lo puso en órbita. El Jueves es una de esas revistas queridas pero poco leídas: y cuanto menos leídas, más queridas. Se hojea en las estanterías la tira de Clara de noche y luego el personal compra la Interviú o se va directamente a la Hustler. A veces, como esta semana, no hace falta ni llegar a Clara. El caso es que el juez Del Olmo seguía con emocionada devoción los últimos pasos de Paquirrín en su particular via crucis y se topó de bruces con un dibujo. Al juez no le importan lo que los medios le hagan a las personas, sino que se les dibuje adecuadamente, con un mínimo de pudor. Si tienen, por supuesto, sangre azul.

Pajaritos

Mediado el concierto de Sabina&Serrat se acercó a la plaza de toros un furgón de la Policía Nacional se suponía que para levantar atestado y detener, de paso, a los responsables de la organización que dejó a mil personas con entrada a las puertas: como el matrimonio de Ferrol que pidió el día libre y consiguió dos entradas en la reventa por 170 euros. Pero no: la ‘lechera’ venía cargada de antidisturbios dispuestos a proteger el orden público y garantizar el éxito (ya enturbiado) de Sabina y su soci en el negosi. Pasaron ya muchos años desde que el “mucha mucha policía” se convertía, producto del éxtasis colectivo, en un directo y eficaz “puta puta policía”: la canción sonó en el concierto, y ni siquiera entre el público hubo quien se atrevió a arrimarse al toro, visto lo que había montado fuera. La pestañí se desplegó protegiendo la plaza de un atentado con coche bomba, y los más animosos fueron a la Comisaría a denunciar el ultraje, la estafa y el engaño mientras por las ventanas de la plaza se deslizaban las notas de Y sin embargo. Dentro, Gabilondo se arrancaba desde una pantalla quejándose de la organización: las burlas del destino. Y Sabina&Serrat, apestados fuera, dentro lucían divinos: lo devoraron todo atizando la memoria sentimental y regalos inéditos, como Pastillas para no soñar y un final escalofriante: Para la libertad (Porque donde unas cuencas vacías amanezcan, / ella pondrá dos piedras de futura mirada / y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan / en la carne talada). También pidieron disculpas, que llegaron muy tarde. De ellos no dependía, pero era su espectáculo, y su imagen: hay que estar a todo, pájaros. Salieron de Galicia, sino jodidos, sí jodiditos. Que vuelvan.

Marabillas modernas

O Concello de Caldas viuse envolto nos últimos meses nunha cuestión de Estado. Unha rapaza dispuxo dun teléfono para chamar unha e outra vez ao 905411541:66.342 chamadas, a unha media de dúas chamadas por minuto, mañá e tarde, para o cal se abría o Concello. Ao outro lado da liña, cobrando 0,95 euros por trinta segundos, o programa Son de estrelas. E un obxectivo manifesto, da rapaza e do Goberno local: salvar o soldado Ryan, que viña sendo María Chenlo, a cantante de Caldas que chegou ata a final. O apoio, xustificado polo tirón que lle daba a Caldas publicitariamente a moza, saíu nuns sete mil euros. Os Independentes de Caldas falan dun auténtico escándalo que ten que ter responsabilidades políticas e incluso penais.Desde logo que o é: con sete mil euros non se pode ir a ningún sitio. Pódese facer máis, e o que queda agora é un exercicio de autocrítica para preguntarse por que non había disposta unha partida millonaria: paga o Madrid trinta quilos por Pepe e non imos nós rebentar as accións de Telefónica poñendo a un exército chamando a Son de estrelas. Pero non perdan de vista á rapaza: para estar soa, e cuns medios pobres e un orzamento de coña, solventou ben a papeleta. Que lle poñan unha cláusula de rescisión, a ver se con ela metemos as augas termais nas marabillas do mundo.

Parto de Gobierno

Con un acuerdo roto en el último momento por algo tan ridículo como una llamada que se sospecha de Lugo, un vodevil público en prensa, tirones de orejas, broncas y la reprimenda paternal y ridícula del presidente Touriño pidiendo tiempo muerto para que se serenen los ánimos. Así anda ahora la izquierda pontevedresa: moribunda, deambulando por los titulares como un fantasma sin cadenas, arrastrando el pesado estertor de la derrota sin saber siquiera gestionarla para pasmo de sus votantes. Las elecciones dejaron descolgadas tres conclusiones internas digeridas con dificultad. El ‘tomo nota’ de Telmo Martín al comprobar que el PP subía como la espuma en todas las mesas del municipio y no lo hacía en las mesas de la burguesía tradicional: el PTV al que Martín atribuye caspa y rencor. El ‘quise y no pude’ de los socialistas, enfangados en una victoria pírrica subrayada por el batacazo del BNG: un 7-6 que es como un 10-9. Y la convicción de Fernández Lores de no haber sabido hacer llegar al pueblo sus logros, teñido todo ello de esa sensación inquietante de compartir diagnóstico con el PP, que siempre achaca sus derrotas a problemas de comunicación: lo hacemos de puta madre, pero no lo decimos mucho. Tras las sensaciones, la realidad: Martín ganó las elecciones, pero la mayoría social salió raspadita de izquierdas y sus votantes merecen una coalición de gobierno, sino modélica, sí al menos digna y solvente. Pero en Pontevedra se está gestando ya no un pacto, sino un parto repleto de desconfianzas, sospechas y tutelajes que no parece tener destino. S i este panorama se prolonga más allá de lo prudente, mejor será que BNG y PSOE apaguen los teléfonos, apoyen los papeles sobre la mesa y dejen gobernar de una vez al PP.

Bocados

Un agricultor chino rodou durante dez minutos pelexando cun can que atacaba á súa mascota: acabou con el dunha chachada no pescozo, e liscou ao hospital curar as feridas. Foi unha loita a morte, limpa e dura: e longa, coma unha matanza. Cando acabei de ler a nova tomei un respiro e sorrín. Estas son as noticias que lle fan crer a un no xornalismo, e mesmo na Humanidade: esta conxunción natural de primitivismo e progreso, ben entendido como tal. A evolución, entre algunhas cousas boas e outras malas, púxonos cubertos nas mesas, pistolas nas mans e escrúpulos na cama.Pero o pracer moitas veces atópase por animal, non por pracer. Ese agricultor encarna a virtude exacta dunha civilización camiño de perderse: poñerse á altura do opoñente, e utilizar as súas armas en defensa propia. Alguén con menos sensibilidade cargaría de cartuchos a escopeta. Son os mesmos que prefiren baterse coa nimiedade de Adriá seleccionando os cubertos que coa carne asada da Feira Franca enchendo as mans de graxa os que prefiren foder cunha canción que foder a monte. Miren vostedes, cando foi o concurso ese da túa palabra favorita eu apunteime a ‘perro’. É unha verba que desfalece ao traducirse ao galego, pero mantén a esencia. É suxa, forte: é unha palabra ‘perra’. Agora hai unha modelo por aí que se fai chamar así: ‘la perra’. Xa lles gustaría a moitos pelexar con ela dez minutos a bocados.

Especial y atípico

Corto y pego del tierno teletipo de Europa Press que apareció, reluciendo como el Niñito Jesús, a última hora de la tarde de ayer a Redacción: “El Partido Popular justificó hoy la asignación de este sueldo Catalina González alegando que Sanxenxo es un ‘ayuntamiento especial y atípico’ porque su ‘dinamismo’ necesita que cada uno de los concejales y alcaldes ‘se dediquen al 100% a trabajar por los vecinos”. Se descuelgan varias lecturas de la información. La primera, y más evidente, es que hasta su marcha Telmo Martín, y sus concejales, no trabajaron al 100% por los vecinos de Sanxenxo. La concejala de Servicios Sociais, Catalina González, tampoco. En proporción a los actuales sueldos, trabajaban aproximadamente la mitad. Cuando uno correteaba por Sanxenxo allí te encontrabas a Rodríguez Lorenzo y a Pepe Aguín despachando la actualidad y cobrando en pesetas. Entonces Sanxenxo no era un ayuntamiento especial ni atípico, sino algo más parecido a una aldea en la que, como Macondo, algunas cosas ni siquiera tenían nombre, y un día mi padre me llevó a conocer el hielo a una montaña de Dorrón.

Ahora, en el ‘postelmismo’, según afortunada acepción acuñada por Adrián Rodríguez, Sanxenxo ha pasado a tener una necesidad de gestión comparable a la de Galicia entera: Touriño cobra 81.000 euros y Catalina 78.000. De ahí su sello “especial y atípico” que le han buscado para justificar sueldos tan lucidos que a los propios militantes del PP (no digamos ya sus votantes) se les está cayendo a cara de vergüenza, recordando aquello que contó en su día Portorosa, un maravillloso blogger de la tierra: “En un municipio próximo a Copenhague el ayuntamiento contrajo una deuda que no pudo justificar. Desde entonces, y hasta que liquiden el endeudamiento público, los vecinos pagan un 2,5% más de impuestos. Se considera que quienes actuaron mal eran sus representantes; y los vecinos entienden (es de suponer) que la próxima vez deberán pensarse mejor a quién votan”. Además de esa receta, no sujeta a comparaciones pero graciosamente sintomática, en Pontevedra el jefe de la oposición Telmo Martín pide “mesura” y dice, con razón, que deberían fijarse por ley los sueldos de las cargos públicos en relación a sus poblaciones. Martín habla no tanto desde su posición política como profesional: qué carallo le importará el sueldo a un constructor.

Nosotros nos preguntamos, desde nuestras asfixiadas nónimas y nuestras vidas sin gastos de representación (porque bien representados estamos, pero en Adolfo Domínguez sacamos nuestras flacas visas, y nadie quiere pagar nuestros viajes): si un municipio de 17.000 habitantes necesita estar gobernado por una persona que cobre 78.400 euros, ¿cuánto debe cobrar la persona que gobierne una ciudad de 300.000 habitantes? Pero no se vayan a creer que les tembló a los concejales el brazo a la hora de votar sus propios sueldos, alimentados por el contribuyente, con toda la oposición en contra y la prensa detrás, entre el estupor y la indignación: qué va, qué les fue a temblar. Derechito y firme, como felices alumnos que se saben la lección de memoria. No la van a saber.

Touros

Dáme un pouco de pena a historia dese pai que botou a correr Pamplona abaixo nos Sanfermíns co seu fillo de dez anos da man. Colleuno a prensa, e a prensa regaloulle a imaxe ao mundo e ao xuíz, que ordeou que o fillo pase á custodia da nai. O pai do rapaz é un deses aficionados aos touros que non perden festa. Un señor dos arredores de Madrid que foi no 11-M un heroe anónimo máis descargando feridos e mortos coa delicadeza e dignidade que esixía o momento. E levou ao rapaz aos Sanfermíns, pasaron los toritos bravos e logo os mansos: saíron dos dous da man, xa sen perigo. Home, a imaxe impacta: por iso é boa. Pero nunca tiven moi claro iso dos límites da idade, nin cando empeza a responsabilidade dun. A maioría da xente que corre alí non é moito máis madura que ese rapaz. Ademais, é moi difícil atopar no encerro máis de cen persoas que non consumiran unha gota de alcol. Aí, menos os veteranos e os expertos que recollen o espírito do rito, baixa todo Deus cunha borracheira como un piano, cando non directamente drogados, e algúns paran na metade para botar a pota e seguir a trompicóns: xa me dirán vostedes. Probablemente nos últimos Sanfermíns o rapaz era a persoa máis sensata da festa. E ía nos últimos, afastado de borrachos e de cornos perigosos. Nada máis coñecer a decisión xudicial o pai apareceu na porta da casa da nai co fillo da man: cornadas te da la vida.

lunes, julio 9

El pesimismo histórico

Hace ya unos meses, en una entrevista en El País, Pere Navarro dijo que él no conducía: para qué, si es director general de Tráfico. Su gobierno de las carreteras se ha traducido en el carné por puntos y una sensibilidad muy atenta en la publicidad televisiva, en cuyos anuncios siempre ha predominado una fusión de Candy Candy y La aldea del arce en tonos pastel. A Navarro le pusieron el otro día en la Ser un micrófono delante, y su estupor debió ser el mismo que si le hubiesen puesto un volante. Pero ya puestos, debió pensar, se arremangó y se acercó al toro con destreza palpando a ciegas una fibra sensible. El carácter del gallego: teoría y praxis, o sea. Desconocíamos la formación psicológica de Navarro y sus veleidades antropológicas, aunque sí su gusto por los charcos, así que a pocos sorprendió que dijese que los gallegos están instalados en el “pesimismo crónico, histórico”: “me dicen que llueve demasiado, que si la dispersión, si el estado de las carreteras”. Y acerca del carné por puntos y su escasa influencia en Galicia, Navarro lo achaca al “problema psicológico” de los gallegos: los accidentes se están reduciendo pero Galicia no lo ve, porque está instalada “en el pesimismo”. El carácter del gallego es uno de los temas más aburridos y artificiales a los que nos enfrentamos los gallegos en las sobremesas. Lo elegante ahora es evitarlo y hablar de sexo, preferiblemente duro, que para eso estamos en verano. Como a veces en la mesa se cuela algún turista, o algún retornado, sale aquello de “es que los gallegos”. Yo siempre pienso en aquel artista que aterrizó en Londres y le preguntaron qué le parecían los ingleses y respondió, impasible: “No los conozco a todos”. La frase no exige ni siquiera un rastro de desprecio. Que luego haya un subterráneo denominador común, o alguna graciosa pirueta diferencial, es normal. Hemos soportado más de medio siglo a dos ilustres cuñas de nuestra madera: Franco y Fraga. Pero, volviendo al querido Navarro y su espíritu boludo de psicoanalista latinoché, están luego las sensibilidades de quienes se toman demasiado en serio a sí mismos. Es decir: el colectivo de gallegos orgullosos de serlo, como si no hubiese existido más destino que el haber nacido a este lado de los Ancares, y no en Damasco o en Moscú. Y ahí los encontró el director general de Tráfico: rompiéndole los huevos con idéntico entusiasmo, con pesimista fragor.

domingo, julio 8

Yo lo valgo

En la portada del Diario sale la alcaldesa de Sanxenxo agarrando la bandera azul con las dos manos, como si sujetase la nómina, mientras la chica de Protección Civil la mira flipada: la señora se acaba de duplicar el sueldo, y cobrará casi 80.000 euros. Qué hacía ella sujetando la bandera en vez del mayordomo no lo explicaba la noticia: una lástima. Pero estamos ante la primera medida de impacto del nuevo Gobierno local, y ha habido sorpresa: no lo llevaban en el programa. Con lo fabuloso que hubiera sido empezar con el punto primero: “Queridos vecinos, si me dais vuestra confianza y resulto elegida alcaldesa de Sanxenxo prometo subirme el sueldo 30.000 euros así me siente en el sillón”. Pero nada. Quince días de campaña y tres meses de precampaña explicando las grandes promesas, desmenuzando la rimbombante “acción de gobierno”, decenas de entrevistas con los medios y ni rastro: algo pasó, que no lo dijeron. Debía de ser la baza sorpresa de Catalina González Bea y con el estrés se le olvidó anunciarlo. De ahí la mayoría raspada: si lo anuncia en el mitin de cierre la llevan esa noche a hombros al Ayuntamiento. La pasta que se levantan sus compañeros no está mal, pero en fin: entre 54.600 y 40.600 euros, que es más o menos lo que ando cobrando yo por columna, depende de cómo me salga. Claro que hablamos de Sanxenxo, la metrópolis del nuevo siglo: aquí un concejal de Deportes necesita días de 30 horas para gestionar las pachangas de los jueves. Por lo menos ya ha prometido la alcaldesa que tendrá siempre abiertas las puertas de su despacho para que los vecinos hablen con ella y la toquen, si quieren. Se trata de imprimir un nuevo estilo, diferente al ocultismo de Amancio Ortega o la frialdad de Alicia Koplowitz. Cati: forrada, pero muy cercana.

martes, julio 3

La primera vez (y IV)



Nueva York era su ciudad, y siempre lo sería
Woody Allen

En último caso, Nueva York era la ciudad automática: “El momento presente íntegro, puro, total, aislado, desconectado. Sólo Nueva York ha acertado a encarnar nuestra época”, según Camba. La ciudad desde la que se desangraron a dos tiempos Lorca (“¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!”) y Hierro (“La mano es la que recuerda”). Y un escenario sentimental, nada lírico, distinto cuanto más familiar. En último caso Nueva York ya no sólo era Long Island y el gran Gatsby, sino Paul Auster, Holden Caulfield, Martin Scorsese, Dos Passos y Coppola y los muchachos Corleone. Nueva York era Frank Sinatra, Cary Grant, y en último caso Nueva York era Woody Allen: “Tras sus gafas de montura negra se agazapaba el vibrante poder sexual de un jaguar. Nueva York era su ciudad y siempre lo sería”. Pudimos haber ido un año después, y pudimos haber nacido allí. La sensación de familiaridad era por momentos abrasante, y el poder de absorción temerario. Después de más de una semana rondando los alrededores, cuando el metro nos devolvió al Upper West Side sentimos una ridiculez: “Ya estamos en casa”. Y eso que habíamos cambiado de hotel (pero seguimos desayunando el brioche en el mismo lugar). El primer día lo dedicamos a deambular casi románticamente para llegar sin quererlo a Chinatown y toparnos de frente, calles más allá, con Little Italy. Cuando se hizo de noche llovió: en mitad de la película, a la manera de Cortázar. Y no hubo manera de parar a un taxi hasta que a la carrera, y con la mano levantada, conseguí que uno se arrimara a nuestra vera un toro manso y amarillo. En último caso, cualquier taxista podría lucir la cresta de De Niro, y ya sabíamos porque lo habíamos visto y lo habíamos repetido que Nueva York era la ciudad de Woody Allen, y que siempre lo sería. Y luego estaba la sombra de Duke Ellington, corazón también vibrante de la era del jazz. Todas las primeras miradas salen del taxi: el paseo inaugural y cercano y maravillado, con las luces de la noche parpadeando en los rascacielos como mariposas agónicas, y el sofoco de la noche lluviosa bajo un estupor anestésico y adolescente. La ciudad automática, vista tiernamente en la primera cita como una casta adolescente de bragas usadas a punto de ser arrojadas al Hudson. Y aquella expresión de Faulkner: “Una tragedia de segunda mano”. En último caso Nueva York era la ciudad a la que queríamos ir: por motivos diferentes y cercanos. Y porque en último caso podríamos pasear en calesa por Central Park, o alquilar un bote allí mismo y remar antes de sentarnos como una pareja de extraños a punto de enamorarse bajo el puente de Queensboro, participando de aquellas emociones, de aquel murmullo continuo que cita Muñoz Molina y de la marea de gente que circula por sus calles como extraterrestres siguiendo un código secreto. Participando en silencio, perdidos y asombrados, como niños que no esperan al amanecer para desenvolver los regalos del seis de enero, del recuerdo intenso, aromado y feliz de la primera vez que estuvimos en Nueva York.

lunes, julio 2

Cape Cod (III)

Subiendo desde Nueva York y pasando por Rhode Island, salvando New Haven y circulando despacio por la tierra de los caminitos que se cruzan y descruzan entre casas de madera de céspedes pulcramente cortados los domingos por la mañana, se llega a una lengua de tierra que sale disparada hacia el mar formando un arco que puede interpretarse fácilmente, a vista de pájaro, como un gancho o un fresco corte de manga. Es Cape Cod, el cabo de pueblos como Sandwich, Truro, Hyannis (el lugar elegido por el patriarca Kennedy para darle a los EE UU su propia dinastia maldita) y, en la punta más alejada, Provincetown. Nos alojamos a medio camino en un motel de carretera regentado por una familia china y en el que se relucían, esplendorosos, dos impactos de bala en la recepción misma. Esa noche apareció sentado junto a la puerta un policía bajo un gorro tejano y agitando una libreta de mano: interrogó a E. alternando malas y buenas maneras, dónde había pasado el día y por qué había parado allí, mientras yo vaciaba las maletas en el cuarto y quemaba pruebas. El último día en Cape Cod partimos para Provincetown con la única esperanza de encontrar buenas playas y un sonido más populoso que el viento trenzando el mar. Nos recibieron calles alegres engalanadas con banderitas portuguesas (se celebraba el festival de música en memoria de los viejos colonos) y señores maduros entrando de la mano en locales presididos por la vigorosa bandera del arcoiris. Digerimos una alegría desconocida: Provincetown es una ciudad pequeña sin rastro de la globalización (McDonalds, Dunkin Donuts, Starbucks, Burguer King están prohibidos en aquella Arcadia) y absolutamente gay. Las tiendas de souvenirs venden camisetas con las frases que han hecho historia de George Bush, de la que elegí con cuidado ésta: “Sé que los seres humanos y los peces podrán coexistir en paz”, sobre todo porque uno de los mayores atractivos de Cape Cod es el paseo marítimo para ver ballenas. Hay constantes reclamos homosexuales y a media tarde mucha gente se refresca en los parques para fumar un cigarrillo, hablar por teléfono o dormir una rápida siesta. Puerto, playa y barcos rematan la estampa de Cape Cod, y nos fuimos días después a ver en Plymouth el Mayflower, la réplica exacta del barco de los peregrinos, y pasear en New Haven por la Universidad de Yale, pequeña pero matona: todos los presidentes de EE UU desde 1989 se graduaron allí. Preferí Harvard: allí nos emborrachamos con licores de veinte dólares y nos codeamos con personajes de novelas que se casaban al día siguiente en un hotel de lujo y partían una semana después para Europa. Nos cambiamos los números de habitación, para seguir la fiesta, pero nos escapamos a la hora exacta. Pasé las horas de desvelo en nuestro cuarto pensando en cómo destrozarle la vida a aquel amigo casual que habría tomado nuestro encuentro como una anécdota en su despedida de soltero: mañana se casaría con la mujer de su vida y seguiría los pasos de su padre, un constructor de pro nacido en Michigan que tenía su volumen de negocio repartido entre Boston y Nueva York. Escuché de pronto mi respiración entrecortada: lo atormentaría hasta el resto de sus días haciéndole víctima de un chantaje atroz. Se trataba de estar, tan sólo, a la altura del argumento: pero a las cuatro de la mañana me dormí y a la noche siguiente los vio E. fumando un cigarro en la puerta del hotel, él de novio rico y feliz y ella delgada y blanca, y una multitud de grandes hombres rodeándoles con el humo de sus puros. Hablaban de Venecia, y de París.

jueves, junio 28

El despertar (II)

New York, New York
Frank Sinatra

Nueva York es el amanecer temprano y limpio del 11-S con las calles hirviendo y esa sorprendente paz que siempre antecede a la tragedia, como el mar que se recogió en silencio en las playas de Thailandia para volver con la fuerza destructora de un volcán. Los alrededores del viejo World Trade Center son un ir y venir de máquinas y grúas rodeadas por el espíritu de la pérdida, inmóvil y acechante: un mural de fotografías de la catástrofe y cientos de dibujos escolares hechos por los huérfanos de las víctimas y en los que se lee un perturbador “Dónde estás, papá?”. Nueva York de mañana es una procesión de Lincolns, limusinas y taxis que ya no conduce Al Pacino. Es también el rugido sordo de Wall Street: el latido primigenio del capitalismo encarnado en yuppies que se acercan a las doce y media a Central Park, se sientan en un banco, se descalzan y abren un envase de ensalada para picotearla junto al maletín mientras su mirada deambula de un lado a otro en perfecta soledad. Pero Nueva York es, sobre todo, el paseo caluroso a Staten Island para contemplar la Estatua de la Libertad y, al remontar, toparse con la vista innmortal del sky-line de Manhattan: la poderosa emoción de la primera vez, con el sol centelleando en las cristaleras de los rascacielos y, detrás, el Empire State. El sobrecogimiento no se reduce ni siquiera desde las alturas del gran Padrino de los rascacielos, con el recital de piscinas, helipuertos y pequeños paraísos que se contemplan en los tejados de los edificios más lujosos: los supermillonarios de Nueva York apenas bajan a la tierra a contaminarse de la polución de los taxis y el curry de los paquistaníes. Y tampoco Times Square, y su ominoso despliegue publicitario que uno recorre impactado la primera vez, con el alma en vilo bajo la deslumbrante luz de los estrenos de Broadway y el cegador bombardeo publicitario de M&M, Sony y el estreno de la Paramount. De todas las postales, incluyendo la carrera alocada de tres modelos rubias de veinte años saliendo cargadas de bolsas de Cartier en la Quinta Avenida para subirse a una limusina blanca de cinco puertas que recorre diez metros y las deja en Louis Vuitton, no hay ninguna que se perpetue con tanta fuerza como el asombroso acercamiento a Manhattan desde las aguas mansas del río Hudson. La impresión es brutal, pero de una belleza tan inalcanzable que al cine no le ha quedado más remedio que bañarla de leyenda y al mundo recibirla como tal. Es el símbolo de Nueva York: una metáfora que describe como nadie sus placeres y también sus horrores, señalados con el dedo por los miserables que vagan hablando solos en algún rincón de Riverside Park, los hispanos que regresan a última hora de la miseria de sus trabajos, los negros que agitan como campanillas de Navidad los vasos llenos de peniques y todos aquellos que pasean de noche cargados de bolsas de basura buceando entre los despojos de la clase media a pocos metros del Walford Astoria (donde te prohíben la entrada si vas en camiseta, gorra o vaqueros rotos), del Warwick Hotel (en el que paraban Elvis Presley, los Beatles y vivió, en la suite que rodea el edificio, Cary Grant) o el Four Seasons (11.000 dólares una noche en una suite). He ahí los opulentos contrastes de Nueva York, y su frondoso jardín del que surgen los judíos ultraortodoxos leyendo la Torá en el metro, los negros del hip-hop cantando en las estaciones, un tierno ramillete de pijas hablando por teléfono mientras salen y entran de las tiendas del Soho, compañeros de trabajo comiendo en una terraza del Lower East Side, famosos haciendo la compra en algún lugar de Greenwich Village, los africanos acercándose en el mercado ambulante de Canal Street para ofrecerte la réplica exacta de un Rolex, aquella negra enorme como una montaña improvisando un concierto de gospel en la Penn Station, fanáticos de Lennon peregrinando al Dakota y al Strawberry Fields de Central Park, los espectaculares oficios religiosos de los negros en el Harlem, gente hablando sola por la calle y maldiciendo el minuto en que nacieron o los muchachos esculturales de Chelsea paseando de la mano al salir del gimnasio, en dirección al último restaurante de moda del que se ha hecho eco el Times.

martes, junio 26

El gran Gatsby (I)

Habíamos visto a Hillary Clinton a apenas diez metros de nosotros montándose en una berlina rodeada por cuatro guardaespaldas tan livianos que parecían invisibles, y treinta más hacían guardia desde las esquinas más insospechadas del Capitolio poniendo nuestras cabezas en el centro de sus dianas a larga distancia, o así lo imaginamos durante un instante en un arrebato sentimental. Fue una coincidencia tan extraña (estábamos solos, y los pocos turistas que subieron hasta allí aquel martes soleado se entretenían fotografiando la vista inmensa de la cúpula desde la parte trasera) que a punto estuvimos de tropezar con una ligera flota de negros delgados y altos, también con auriculares y gafas de sol, que se dirigía caminando al Senado: Barack Obama y sus muchachos. Del estupor, pronuncié su nombre en alto mientras E., como una paparazzi avisada, retiraba el objetivo de la Clinton y lo apoyaba en él con tanta suavidad que Obama, pegadito a nosotros, nos sonrió elevando su flaco pulgar afroamericano. Eso había sido ya hace diez días, y la última semana, antes de regresar a Nueva York, decidí hacer algo mucho más romántico: encontrar a Jay Gatsby, el protagonista de la más luminosa novela de Francis Scott Fitzgerald. Esa noche dormimos a cuarenta millas de Nueva York en el peor motel de la costa Este, y habíamos repasado ya alguno, purgando la culpa de haber pasado un fin de semana en el edificio más elegante de Cambridge, la estilosa cunita de Harvard en las afueras de Boston. Pero se había cerrado la noche con violencia y teníamos sueño y habíamos escuchado tantas veces Brilliant Disguise que de repente empecé a cantarla de memoria en inglés: yo, que al llegar al taxi del JFK le di los buenos días al conductor con un "good shopping" tan entusiasta que casi nos lleva a los dos para su casa. En el motel un viejo preguntó por cuántas horas quería alquilar el cuarto sin despegar su mirada de la mía, como inquiriendo: "¿Cuánto tiempo necesitas, blanquito?". En la habitación, que estaba tan pegada a la carretera que de madrugada un par de coches frenaron junto a la ventana y dejaron caer varios dólares, un aire recargado y seco se abrió paso a recibirnos. Husmeamos aquí y allá, descorrimos las cortinas y abrimos la cama, ausculté la alfombra y al final, en una improvisada rueda de prensa a pie de campo, anuncié la amarga nueva: "Aquí huele a puta. Y no de las caras". Por la mañana desplegué el inmenso mapa de Nueva York con las maneras de un general, y rodeé con un círculo un saliente concreto, el más cercano a Brooklyn, de Long Island: Great Neck. Allí, en el West y el East Egg, se despliega la historia de amor, ascenso y caída del gran Gatsby. Al llegar no estaba Jordan Baker caminando de un sitio a otro "la mitad por las aceras, la mitad por el césped". Pero llovía, y después de recorrer sin mucho ánimo un manojo de calles principales, atestadas de tiendas baratas de letreros agresivos, llegamos a una zona residencial de casas limpias y ordenadas y discretas, de pequeños y largos jardines, con banderas mojadas y tráfico lento. Salí del coche sabiendo ya que no estaba en West Egg y que nunca llegaría, pero entendí que por pequeña que fuera la oportunidad de revivir aquella emoción de la primera lectura había que intentarlo. Paseé tratando de imaginar siquiera por un momento a Daisy Fay y Jay Gatsby uniendo sus manos en el porche en aquel verano de 1917, y buscando en el aire algún atisbo de la ambiciosa felicidad y el ofuscante amor, vibrante como la barriga caliente de un gato, de mi protagonista. Pero lo único que encontré fue el eco de las palabras de Gatsby, teñidas de insolencia infantil y enamorada: "¿El pasado no puede volver? ¡Claro que sí!". Y arrancamos hacia Manhattan a sepultar los últimos días entre los almacenes industriales del Soho reconvertidos en tiendas y el lánguido despertar de los rascacielos más deslumbrantes del Midtown.

martes, junio 12

Messi

Primero fue el gol, y ahora la mano. Sorprendentemente, las portadas y los comentarios de la prensa adicta apenas han reducido su entusiasmo. La trampa fue un motivo de fiesta: definitivamente, es la reencarnación. Lo lógico es que la euforia se desborde en cuanto llegue la cocaína. La droga es lo que tiene.