Me he trasladado! Redireccionando...

Deberías ser trasladado en unos segundos. De no ser así, visita http://www.manueljabois.com y actualiza tus enlaces, gracias.

viernes, marzo 6

¿Dónde estabas entonces, Superman?

Hace dos semanas, a propósito de Lazkao y Emilio Gutiérrez, ese chico que fue impasible como un cordero a destrozar la casa de ETA, colgué en mi blog el texto implacable de Ernst Jünger que rescató José Antonio Montano. La comparación no es inocente ni justa, ni la reacción de Gutiérrez lo fue, pero alivia el dolor, como William Munny cuando prometió que regresaría para matar a todo el pueblo si alguien volvía a ponerle la mano encima «a alguna puta». El párrafo procede de La emboscadura, y Jünger relata entre aguas oscuras la matanza de seis policías a manos de un joven en el Berlín de 1933, y la posibilidad de que las cosas fueran de otro modo si en cada barrio se diese un caso así: «Los períodos prolongados de calma favorecen ciertas ilusiones ópticas. Una de ellas es la suposición de que la inviolabilidad del domicilio se funda en la Constitución, se encuentra asegurada por ella. En realidad la inviolabilidad del domicilio se basa en el padre de familia que aparece en la puerta de la casa acompañado de sus hijos y empuñando un hacha en la mano». La vida de este chico es el ejemplo sociológico, casi determinista, del segmento que ETA convierte en pretérito con la dulzura paternalista de quien está ungido para conducir al pueblo. Un operario de taller que llevaba cuatro años arreglando la casa para irse a vivir allí con su novia se la encuentra en pedazos por el efecto de una bomba vecina. La culpa la tiene el amor, que es algo tremendo también en Euskadi, y de quien monta pisos cerca de las sedes socialistas, el Ence vasco. Pero la maza está bien escogida. Pudo haber sido una recortada y tener la de Puerto Hurraco, que sería el acabose: la España profunda allí, en el fibroso corazoncito de Guipúzcoa, encarnada en su sangre torera. El desahogo de Emilio Gutiérrez, homeless y amenazado (un partidazo), tuvo más de simbólico que de real: por un día que no se tiren las cañas no se para la vida en un pueblo, aunque habría que ver el pueblo. Y tampoco ETA se vio muy golpeada en su infraestructura: mientras no les aparezca en Francia con la maza igual hasta lo dejan tranquilo. Todo iba bien según lo previsto (el chaval huido, concentraciones de repulsa contra la violencia y banderas a media asta por la luna rota, que Dios la tenga en su gloria) hasta que un locutor de la Cope montó en cólera. De todos los pecados capitales el de la cólera ha sido acogido en el seno de la Cope como si fuese un hijo. Desde luego, debe de ser el segundo pecado capital favorito de César Vidal, que atacó ayer a Emilio Gutiérrez. «Cuando a alguno le volaban los sesos con un tiro en la nuca no fue a destrozar con un mazo una herriko taberna», dijo. No le tembló ni un labio, porque si históricamente alguien se ha cargado herriko tabernas en el País Vasco a la luz del día ha sido él, un tío que ya pueden caer muertos en cualquier parte de España que no levantará la cabeza del plato, pero ay de quien le robe una patata.

3 comentarios:

satisgüera dijo...

Lo de la COPE clama al cielo, nunca mejor dicho. La cantidad de terroristas verbales que la puebla es increíble, tantas como estrellitas son publicitadas en Popular TV, su otro medio de referencia.

Por cierto, ayer tuve problemas para comentar tu post pero hoy resumo: ¡qué te voy a contar yo de la sabiduría de la Galicia rural si me paso el día currando en ella! A mí lo del señorito riéndose de los pueblerinos me suena tan anacrónico como si fuera un pasaje de Los Santos Inocentes pero soy consciente de que existen todavía. Pena.
Saludos y buen fin de semana tenga usted.

M. dijo...

Jajaja, bueno, no sé yo si aún más anacrónica es la figura del aldeano riéndose del señorito :) Saludos!

satisgüera dijo...

Eso me suena a Castelao en su parte más amable, la de los chistes del Blanco y Negro de finales de los 20, por cierto, hace muchos años me compré en una librería coruñesa dos volúmenes anuales de esa revista, uno de 1929 y otro del 35, auténticas joyas, ahí fue donde descubrí a Castelao como foráneo que soy. Uy, se nota que me afecta el cansancio porque ya hago como los viejos, me vienen los recuerdos sin aviso previo y sin pedir permiso.