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viernes, septiembre 1

El Padrino Provenzano

Leí hace ya algunos meses en el blog de Arcadi Espada una frase sugerente de uno de sus (escasos) nicks socialdemócratas: "El hoy aclamado Amenábar ya dijo que Centauros del desierto de Ford es una película racista. El plano de la puerta de la casa abriéndose al horizonte del desierto que da comienzo a Centauros del desierto vale más que todo lo rodado por Amenábar hasta ahora. Supongo que eso es lo que al joven cineasta le parece intolerable". No diría uno tanto. Pero el plano al que se refiere está a la altura del final de esa misma película, y uno añadiría una de ellas pertenecientes a El Padrino: el derrumbe físico de Don Vito al saber de la muerte de Sonny por boca de Hagen (Duvall, veinte años después, contaría en un largo reportaje que no había visto a nadie interpretar así con el cuerpo). Guardo dos más entre mis elegidas: el célebre beso de Michael a su hermano en la fiesta de fin de año en La Habana: "Sé que has sido tú, Fredo. Me destrozaste el corazón", y la escena de Michael en el casino de Las Vegas después de sentenciar a Mo Greene y asistir a la insólita defensa de éste por su hermano: "Fredo, eres mi hermano y te respeto. Pero nunca te pongas del lado de quien está en contra de la Familia". Lo dijo así, con mayúscula, evidentemente.

He estado divagando acerca del concepto de la Familia unos pocos segundos después de ver, por fin, el rostro de Bernardo Provenzano, el gran capo de la Cosa Nostra siciliana que me tenía fascinado desde que supe de su existencia hace ya un buen tiempo y al que los carabineri llevaban tratando de echarle el guante (desconozco si con mucho o poco celo: más bien poco) en los últimos cuarenta años. Cuatro décadas son muchas décadas: en ese tiempo cualquier ferrolano puede empaparlo todo de cadáveres, caspa, rencor y beatería. Provenzano sin embargo las aprovechó para labrarse un mito de hombre invisible ajeno a las directrices impuestas en los últimos tiempos por otro inalcanzable: Bin Laden. Que al jefe supremo de la mafia siciliana lo hayan encontrado en una casita de campo de Corleone, el pueblo donde nació y de donde apenas se ha movido en cuarenta años, dibuja las transparencias de la mafia y la vigencia casi perpetua de la omertà. Que hubiese huido (¡a dónde!) con treinta años, que Corleone fuese el pueblo del que escapó Don Vito en El Padrino y diese ese apellido a la saga criminal más famosa del mundo (Puzo y Coppola mediante) y que se moviese con naturalidad utilizando papelillos (¡pizzos!) para comunicarse con sus soldati hicieron de Provenzano prácticamente un mito más cercano a la ficción que a la realidad.

Y sin embargo en Sicilia los únicos que ven una y otra vez El Padrino son los propios mafiosos: los sometidos, las víctimas, la detestan. Uno lo entiende, lo disculpa. En la novela de El Padrino hay un discurso de Don Vito que Coppola sólo utiliza en parte y que estremece: la necesidad de crear una justicia paralela, un universo tangencial al estadounidense integrado por sicilianos, con el que salvaguardar el honor de la familia y protegerse de la corrupción de un Estado sujeto a intereses mayores: "una cosa nuestra, una cosa nostra", le hace decir Puzo a Don Vito. No en vano la primera escena de la película aborda a un pobre funerario italiano al que su confianza en la justicia americana le había salido muy cara. "I believe in America" eran sus primeras palabras. Y la escena finaliza con el simbólico beso en la mano del Don, acuclillado el hombre: la mafia ajustará las cuentas que los tribunales no pudieron ajustar. La interpretación de Brando, Pacino, De Niro y Duval hace el resto. A donde no llegaba la sangre en Sicilia llegaba la magia del cine, por eso uno veía en Provenzano más una gesta que un asesino. Y sin embargo lo es: un asesino.

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